Europa blindada: Inmigrantes de la desesperación

Viajan desde Africa en cayucos, endebles barcas de pesca. Intentan entrar a Europa por las Islas Canarias. Pocos sobreviven. Los que llegan van a la cárcel. Los niños son internados hasta los 18 años.

Viajan desde Africa en cayucos, endebles barcas de pesca. Intentan entrar a Europa por las Islas Canarias. Pocos sobreviven. Los que llegan van a la cárcel. Los niños son internados hasta los 18 años.

Los ojos blanquísimos se expanden hasta el extremo. La sorpresa para esta carita alargada y negra no podía ser más grande. Su boca de dibujo animado se abre y aparece una sonrisa leve que deja ver unos dientes perfectos. Adji Geuye tiene 10 años y mira con ojos vírgenes a toda esa gente que se encuentra a su alrededor después de once días en los que sólo vio un horizonte de mar. Es una de los 84 inmigrantes sin papeles que llega esta mañana al puerto de Los Cristianos en el sur de la isla de Tenerife, en las Canarias españolas. Es raro que lleguen chicas. En general mandan a los varones para que trabajen y envíen el dinero a casa. Una sorpresa también para todos los que estábamos ahí. Entre medio de enormes hombres senegaleses, mauritanos, guineanos y de otros países subsaharianos apareció el cuerpito pequeño de Adji con unas trencitas perfectas que le hizo su madre Ndeye en el último tramo del viaje de 1.400 kilómetros entre el puerto de Nuadibú en Mauritania y el punto más cercano de Europa, las Canarias. Se salvaron después de once días de viaje gracias al rescate del barco "Conde de Godomor" del servicio de Salvamento Marítimo español cuando el "cayuco" que las traía, una embarcación pesquera de madera y muy endeble para ese cruce del Atlántico, se había quedado sin combustible a 135 kilómetros de la costa. Finalmente, llegaron a tierra firme donde los voluntarios de la Cruz Roja las atendieron como princesas. Habían cumplido su sueño, ahora comienza la pesadilla.

En los días siguientes logro reconstruir una parte de la historia de Adji y su madre. Vinieron solas. Es probable que en España u otro país europeo esté el padre de la niña esperándolas. Pero nunca lo dirán. Si se llega a probar que son de un país que tiene convenio de extradición, serían deportadas en 40 días. La madre, de todos modos no pudo probar que Adji es su hija y las separaron. Es probable que a Ndeye la envíen de regreso a su país y que Adji quede internada en un instituto de acogida para menores no acompañados hasta que cumpla la mayoría de edad. En ese momento se registrará otro absurdo de la ley, la dejarán libre con una orden pendiente de deportación y sin permiso de trabajo.

Adji y su madre viajaron desde su aldea a Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal. Allí comenzó el periplo marino. Esta es una ciudad de unos 200.000 habitantes famosa por su torre de La Poste, el lugar donde bajaban obligatoriamente todos los aviones que cruzaban el Atlántico en los 40, 50 y 60 para cargar combustible en la ruta de Europa hacia Sudamérica. Mucho antes, desde allí también partieron miles de barcos negreros llevando esclavos para Estados Unidos. Desde el barrio de pescadores de Guet Ndar salen desde mayo del 2006 los cayucos que intentan el recorrido para entrar por el sur de las Canarias y llegar a Fuenteventura y hasta Tenerife.

En el puerto de Los Cristianos la llegada de "los moros" sigue causando una gran polémica y ciertos brotes xenófobos. Me detengo en el Kiosco Bahía, donde se arremolinan los pescadores que se están tomando una cerveza con unas tapitas de tortilla y pimientos de piquillo. El que sirve las copas es un muchacho joven que grita de una punta a la otra a uno de sus clientes. "Oye Paco ¿y tú no tienes una habitación de más en casa? Porque si la tuvieras te podrías llevar un ‘pata negra’ y cobrar el subsidio", dice el muchacho entre las risas de los parroquianos. Se refiere a una iniciativa del gobierno local de dar a los niños que llegan solos en los cayucos al cuidado de familias canarias a quienes se les pagaría un salario para el mantenimiento.

Cayuco en Los Cristianos. Llega en una hora", es el escueto mensaje que recibo en mi celular, y casi en un grito, de parte de la asesora de prensa de la Delegación del Gobierno español en Canarias. Hay que recorrer 80 kilómetros, salir de Santa Cruz y entrar a Los Cristianos por una ruta magnífica que bordea el mar y que en esta época está en reparaciones y atestada de turistas ingleses y alemanes. El contraste no puede ser más grande. A cada lado de los muelles hay unas de las mejores playas de Europa, barcitos, restaurantes y apartamentos de lujo colgados en la ladera de las sierras. Las británicas no logran brocearse, siguen tan blancas como siempre. En el medio, en el puerto, lo que llega en la embarcación de salvamento es una nube negra. En el último mes llegó prácticamente un cayuco por día. En una semana fueron 335 inmigrantes ilegales. Ya son 4.681 en lo que va del año. Y a pesar de los barcos de vigilancia, los radares, los centros de detención en los países de origen y el hecho de que sólo logren cruzar el Atlántico algo más de la mitad de los que lo intentan, las pateras y cayucos siguen llegando. Hoy son 67 inmigrantes de caras redondas y renegridas en las que ese sol sin justicia de las tres de la tarde sólo deja ver claramente unos ojos enormes, enrojecidos y sumamente cansados.

En el barco ya les dieron ropa limpia. Son unos equipos de gimnasia con una camiseta caliente y buenas zapatillas. A pesar de los 35 grados de calor, ellos tienen frío por los días que estuvieron en el mar. Apenas bajan, los voluntarios de la Cruz Roja comienzan a examinarlos. Hay uno que tiene fiebre alta y otro con una fractura en un brazo. Se golpeó contra la baranda del cayuco en uno de los tantos barquinazos producidos por las olas de cinco o seis metros que los acompañaron en toda la travesía. La Policía comienza a interrogarlos. Se sabe que no van a decir mucho. No traen documentos para que nadie sepa exactamente de dónde vienen. Los agentes buscan por sobre todo al patrón del cayuco, la persona que sabe navegar y que pertenece a la banda de traficantes que organizó el viaje. Eso es un delito y el responsable va directo a la cárcel. Pero a menos que alguien lo delate no sabrán nada. Dejaron a sus familias de garantía. Si alguien abre la boca, las consecuencias las pagarán su madre o una hermana en el país de origen.

Una vez que se van los policías de civil, dejan a los periodistas acercarnos al grupo. Hay hombres en muy mal estado. Se los nota deshidratados y extenuados. Todavía tienen arena y sal pegada a la cara. Uno tiene heridas en los brazos y le cuenta a una voluntaria que se las hizo con una soga de la que se agarraba para no caer al mar. Logro entablar una pequeña conversación con un tipo de casi dos metros y contextura amplia. Dice llamarse Babagadne y ser de Guinea Conakry. Lanzo el "Argentina-Maradona" y Babagadne sonríe. "No juego bien al fútbol. Pero antes de salir de Boluminé (el puerto de la bahía de Conakry) jugamos un rato en la playa con la pelota de unos de ahí", dice en un francés muy atravesado. Babagadne comienza a temblar. Tiene su labio inferior muy hinchado, seguramente por la deshidratación o alguna enfermedad infecciosa más grave. Una voluntaria le pone una manta roja sobre los hombros. Un rato más tarde se calma. Me mira y me dice que estuvo "muchos días en el mar". "No se cuántos exactamente. Perdí la noción. Había poca comida. Tenía unas galletas, pero me las robaron… Bueno, ya está. Estoy en España. Lo logré. En unos días estaré mejor". ¿Sabes que va a pasar ahora?, le pregunto. "No, no tengo idea. No sabemos nada. ¿Vamos a ir a la cárcel?", repregunta. La respuesta es sí. Primero pasarán una noche al menos en un centro de detención para inmigrantes ilegales que fue levantado de emergencia al lado de la comisaría de Las Américas, a unos 15 minutos del puerto. Luego, los llevarán al centro de internamiento temporario de Hoya Fría, sobre la autopista Sur, a unos 10 kilómetros de Santa Cruz, la capital de Tenerife.

En toda Europa hay 224 centros de detención de indocumentados con una capacidad para 30.000 personas en los que los inmigrantes permanecen entre 30 días y hasta un año y medio esperando la orden de expulsión. En el caso de España, si el inmigrante pertenece a un país con el que no haya convenio de extradición a los 40 días queda en libertad –en general en alguna ciudad de la España continental– pero con una orden pendiente de expulsión y sin permiso de trabajo. El proceso es una verdadera fábrica de trabajadores ilegales. "Te largan y te dicen ‘búscate la vida’. Y tú te la buscas. Después nos critican porque vendemos cosas en las calles o alguno roba algo. Ellos nos obligan a hacerlo", explica Najib Ahdannaji, un marroquí que llegó en una patera (barco de pescadores más pequeño que los cayucos) hace ya nueve años y que ahora ayuda a otros inmigrantes en una filial local de la organización católica Cáritas. A los centros de detención no permiten el acceso ni siquiera a los diputados españoles y mucho menos a la prensa. Sólo logró entrar una comisión de la Unión Europea y algunas ONGs y los informes son altamente negativos.

En España hay diez Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) conocidos. Los más grandes están junto a los aeropuertos internacionales de Barcelona y Madrid, por allí pasaron en el 2001 varios argentinos. Aquí en las Canarias existen al menos tres. Los dos primeros fueron habilitados en antiguos cuarteles franquistas. El tercero, el de Hoya Fría está al lado de otro cuartel militar junto a la autopista sur, en Tenerife. "No es una residencia de lujo, pero tampoco nada inhumano. Se trata del mismo tipo de contenedores en los que se alojan los soldados españoles que están en misiones en el extranjero", aclara el teniente coronel Ricardo Arranz Vicario, el comandante de la Guardia Civil, que tiene a cargo estos centros. Pero la periodista Sara Prestianni que logró entrar junto a la comisión europea por pertenecer a una ONG humanitaria describió otra realidad: "A muchos emigrantes los encontramos en fila ante la sala médica, con el cuerpo torturado por las heridas infectadas que se han causado durante los 15 días de la travesía en las carretas del mar, quemaduras de carburante o picaduras de insectos. Sólo una monja voluntaria cuya presencia en el centro es intermitente, desinfecta momentáneamente las heridas, pero su contribución resulta limitada frente al número de la población presente. Al médico, dicen, no lo ven desde hace al menos una semana. No nos sorprende en consecuencia saber que a uno de los jóvenes subsaharianos llegados a Barcelona tras 40 días de internamiento en las Canarias le tuvieran que amputar una pierna". Puedo ver Hoya Fría desde una colina cercana. Tengo apenas unos minutos para tomar unas fotos. Si me ven los guardias que están en las casetas de vigilancia, seguramente me arrestarán. Lo que se ve no es nada más que una cárcel.

Al sureste de la isla canaria de Fuerteventura, en lo alto de una montaña del pueblo de Las playitas, se levanta el faro de La Entallada. Esta luz es la que guió a los primeros inmigrantes subsaharianos que llegaron a las Canarias jugándose la vida. Era el 28 de agosto de 1994 y en las Salinas del Carmen desembarcaron dos saharauis de 22 y 24 años, los primeros que fueron fichados. En el 2006, cuando la marina española desplegó un sistema de radares por todo el Mediterráneo, cortando las rutas de los marroquíes hacia las costas continentales y se enviaron barcos a vigilar directamente en Mauritania y Senegal, los cayucos comenzaron a llegar en masa por el sur a las Canarias. Ese año fueron 22.776 en 308 embarcaciones. La mitad sólo en los meses de agosto y setiembre. Muchos de ellos menores.

Uno de los primeros en llegar en esas pateras fue Steven David que hace ya 11 años que vive en Tenerife. "En aquel entonces era fácil. Uno estaba unos días en la comisaría y después nos largaban. Conseguí trabajo muy pronto en la construcción y todavía sigo trabajando en los andamios", cuenta David que ya tiene 40 años pero que no formó acá ninguna familia porque dice que en lo único que piensa es en regresar a Ghana con unos cuantos euros para explotar una pequeña plantación de cacao que acaba de heredar de su abuelo en el pueblo de Akara. "Somos todos unos inocentes tontos. Creemos que acá va a estar el paraíso y lo único que encontramos es el trabajo duro. La diferencia es que acá trabajando se puede ahorrar. En Ghana sólo se consigue algo para comer", cuenta en un bar del barrio de Taco en el que varios parroquianos bajaron la voz y dejaron de beber sus cañitas de cerveza para escuchar nuestra conversación.

Una vez más recibo el mensaje: "cayuco-cristianos-está llegando". Nuevamente hay que correr para ver otro desembarco. Los que llevan la cuenta dicen que en agosto fueron 680 los inmigrantes que llegaron a estas islas. Pocos si se los compara con los 1.700 que llegaron en cinco días a la isla italiana de Lampedusa, a las decenas de miles que entran desde los países del Este o los que pasan por los aeropuertos, que siguen siendo la gran mayoría. Llegan a una Europa en crisis. Tras una notable expansión, la Unión se chocó con la recesión que viene desde Estados Unidos. En el medio de este tórrido verano desde Berlín se anunció que la economía de la eurozona cayó un 0,2% en el segundo trimestre. Alemania es la más perjudicada con un retroceso del 0,5% y Francia e Italia van con un 0,3%. España está un poquito mejor pero estancada. Creció apenas el 0,1%, lo que le permitió al presidente Rodríguez Zapatero decir que "estamos mejor que nuestros socios europeos". Pero lo cierto es que el gobierno ha tenido que lanzar un programa anticrisis y la gente no deja de hablar del 5% de inflación anual que ya está golpeando los bolsillos acá. "El petróleo y las materias primas empiezan a relajarse y eso empuja la inflación. Y el dólar parece haber terminado con un largo período de debilidad y empieza a ganarle terreno al euro", explica Antonio Villarroya, del banco Merrill Lynch.

Ante esta situación, Europa se está blindando. Desde que en julio el duro y pequeño mandatario francés Nicolas Sarkozy asumió la presidencia de la Unión Europea, se plantean penas cada vez más duras contra la inmigración ilegal. En Francia se habla de exámenes de ADN para probar que pertenecen a una misma familia si es que uno de sus miembros logró un permiso de residencia. En Italia, el presidente Silvio Berlusconi directamente ordenó la militarización para combatir "el crimen y la inmigración". En España quieren pagarles a los inmigrantes que están sin trabajo para que regresen a sus países. En Gran Bretaña los expulsan como si enviaran galletas por correo y ya no saben qué hacer con los polacos que arriban de a miles y en forma legal. En varios países del Este los jóvenes esperan que les abran las puertas de entrada a la Unión Europea para mudarse a París o Roma.

En tanto, Adji Geuye, la niña senegalesa que llegó a Tenerife, sigue perdida en el laberinto burocrático de esta Europa que quiere ser blindada. Permanece en un centro de acogida para niñas en uno de los pueblitos de la zona oeste de Tenerife y aislada de su madre a quien es muy probable que no vuelva a ver por mucho tiempo. Si se cumple lo que hasta ahora fue una regla, ella permanecerá en el asilo donde vive y asistirá a clases en una de las escuelas públicas del mismo pueblo. A los 15 pasará a otro asilo para adolescentes. Dentro de ocho años, cuando cumpla 18, un juez le dará una orden pendiente de expulsión y le anunciará que está libre. Un maestro de algunos de los 1.200 niños que hay hoy en esta situación encontró una fórmula perfecta para explicar el sistema: "Recibimos niños africanos, los convertimos en jóvenes españoles y luego los echamos a la calle como adultos sin futuro".

A Adji se la ve fuerte. El cruce en cayuco es una selección natural. Llegan sólo los mejores, los más fuertes. Tiene posibilidades de convertirse en una adulta exitosa en esta Europa blindada de agujeros.

Por Gustavo Sierra. TENERIFE, CANARIAS. ENVIADO ESPECIAL
gsierra@clarin.com

31/08/08
CLARIN

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