Matilde Rusticucci, directora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos en la UBA, analiza por qué hay pocos meteorólogos, pese a ser una salida laboral.
Matilde Rusticucci, directora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos en la UBA, analiza por qué hay pocos meteorólogos, pese a ser una salida laboral.
Matilde Rusticucci, doctora en Ciencias de la Atmósfera, afirma que estudiar Meteorología no se trata simplemente de “mirar las nubes”, sino que implica muchos años de estudio de los que, luego, la sociedad se verá beneficiada.
“Para saber por qué un día hace tanto calor y, a las pocas horas, bajarán 20 grados se necesita un meteorólogo. Es muy interesante, porque, además, la gente puede entender por qué, en esta zona, el clima varía mucho”, puntualiza la investigadora del CONICET, quien además es directora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera y los Océanos en la UBA..
Por otro lado, Rusticucci cuenta que si tiene que ver el pronóstico antes de salir de su casa, son pocos los que realmente pueden tornarse confiables.
¿Qué visión cree que tiene la sociedad sobre los meteorólogos?
La investigadora dice que la gente los ve más como simples pronosticadores.
“Es la visión típica del meteorólogo: es el que aparece en los noticieros y dice si va a hacer frío o calor. Tal vez, la gente piense que es algo hecho por computadoras y la verdad es que no es tan sencillo. Poder pronosticar el tiempo requiere de mucha preparación y esfuerzo. Por ejemplo, para poder alertar si la tormenta que viene tiene granizo, el meteorólogo tiene que estudiar algo que se conoce como microfísica de la nube. Implica años de estudio y especialización, además de contar con la tecnología necesaria. Y es, apenas, una de las ramas de la meteorología.
–¿Y en cuáles otras áreas pueden hacer su aporte?
–En la agricultura, por ejemplo. Que ese sector sepa cuánta lluvia puede llegar a caer en determinado lugar o cuánto nivel de humedad habrá en determinado período. Hay toda un área relativa a la contaminación atmosférica, que estudia dónde se produce, cómo se disipa y a quiénes afecta. También está la rama que estudia la relación entre clima y salud, y se encarga de analizar cómo una ola de calor puede aumentar los niveles de mortalidad en la población. Y, luego, están los que se dedican a la investigación sobre los efectos del cambio climático. Cada una implica muchos años de especialización.
–¿Cómo se explica la poca cantidad de alumnos que hay en esta carrera?
–En general, son pocos los que estudian esta carrera en el mundo, no es puramente un fenómeno local. Primero, la gente no sabe que es una carrera que está en el área de Exactas, por lo que implica muchos conocimientos sobre matemática y física para, luego, poder entender qué le pasa a la atmósfera. No es simplemente una carrera en la que uno mira nubes. Además, hay cierto desconocimiento, relacionado a lo que hablábamos antes: la gente piensa “¿Para qué voy a estudiar algo si lo único que voy a hacer después es anunciar por la tele si llueve o no?”, se piensa.
–Pero en realidad la oferta laboral es muy buena…
–Totalmente. Todos los que se reciben tienen trabajo. Por ejemplo, todos los aeropuertos del país deberían tener un licenciado en Ciencias Meteorológicas, para poder operar. El mayor empleador sigue siendo el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), pero el meteorólogo está presente en otras instituciones como el INTA; el INA, el programa nacional del manejo del fuego, etc. La pauta de lo importante que resulta que el país cuente con meteorólogos es que el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, el SMN y la Universidad de Buenos Aires crearon un plan de becas para fomentar el estudio de los últimos tres años de la carrera. Y se pagan alrededor de nueve mil pesos por mes.
–Teniendo en cuenta la percepción de la carrera, ¿considera que hace falta más divulgación?
–Claro. Lo que pasa es que en la escuela no se estudian estos temas, salvo en casos muy puntuales e insertos en Geografía. (La Nueva)
29/03/16
