Escepticismo en Bolivia: “Uruguay, entre los deseos y la realidad”

Hace una semana, cuando el presidente de Uruguay, José Mujica, visitó nuestro país, dejó a su paso la mejor de las impresiones y avivó algunas de las más antiguas esperanzas del pueblo boliviano, de esas que nunca se extinguen pese a todas las adversidades que las condenan a pertenecer siempre al plano de las ilusiones.

Hace una semana, cuando el presidente de Uruguay, José Mujica, visitó nuestro país, dejó a su paso la mejor de las impresiones y avivó algunas de las más antiguas esperanzas del pueblo boliviano, de esas que nunca se extinguen pese a todas las adversidades que las condenan a pertenecer siempre al plano de las ilusiones.

La posibilidad de que Uruguay compre gas boliviano para satisfacer su demanda de energía y de paso así contribuir a la “diversificación de los mercados”, por una parte, y la oferta de una salida al océano Atlántico a través de los puertos de Nueva Palmira y Montevideo, por otra, son dos ejemplos de lo dicho.

Que tales señales de acercamiento entre ambos países hayan sido dadas por un mandatario como “Pepe” Mujica, fue suficiente para que sean muy bien acogidas por nuestros gobernantes y por la ciudadanía. Es que su simpatía, sus antecedentes personales, la franqueza de sus palabras y la indudable buena fe que inspira sus intenciones, bastaron para dar la impresión de que un gran paso estaba siendo dado hacia la integración económica y geográfica entre ambos países.

Y como si dos noticias aparentemente tan buenas fueran pocas, se volvió a sacar del olvido –una vez más— al proyecto Urupabol, (Uruguay, Paraguay, Bolivia) una de las quimeras integracionistas que con sus 50 años de existencia sólo en los papeles es una de las más antiguas de nuestro continente. Lamentablemente, en este como en muchos otros casos, los datos de la realidad no parecen respaldar los buenos deseos.

Es que, por un lado, la demanda uruguaya de gas es muy pequeña y su proyección hacia el futuro es aún menos alentadora, pues Uruguay –como ninguna otra nación- no tiene ninguna intención de depender a mediano y largo plazo del gas boliviano, y si lo necesita hoy es sólo como un paliativo momentáneo mientras concluye muchos proyectos energéticos que están tan bien encaminados que Uruguay será pronto un competidor de Bolivia en el mercado energético regional, más que un comprador. A ello se suma que por la las dimensiones de la demanda y sus exigencias de infraestructura, cualquier contrato con Uruguay terminará siendo sólo un apéndice del vigente con Argentina, y ya se sabe que éste no está nada bien encaminado.

Por otra parte, la oferta de dar a Bolivia un puerto en el Atlántico está en forma directa condicionada a mejorar sustancialmente la navegabilidad de la Hidrovía Paraguay-Paraná, lo que implicaría un costo medio ambiental tan alto que nadie está dispuesto a pagar. Mucho menos en tiempos en los que del ecologismo se hace un dogma. Esa, entre otras, es la causa de que el proyecto Urupabol se mantenga desde que fue concebido en 1963 –hace ya casi 50 años— en condición de proyecto inviable.

A pesar de esos datos de la dura realidad, cabe esperar que esta vez las intenciones sean pronto respaldadas por algo más que buenos deseos y en ese marco pueden inscribirse, además, las negociaciones sobre comercio de medicamente a costos accesibles y encarar proyectos de investigación en forma mancomunada.

Más allá de las buenas intenciones, el acercamiento entre Uruguay y Bolivia necesita bases más sólidas que las que por ahora se ven. Fuente: Diario Correo del Sur – Bolivia

26/03/10
VISIÓN MARÍTIMA

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