Trabajo duro. En la zona que eligen los millonarios, decenas de familias viven del mar. En lo que podría ser un próspero pueblo artesanal del Mediterráneo, en prolijos quinchos instalados por la Intendencia, durante el verano viven unas decenas de dedicadas a la pesca. En un buen día, pueden salvar la temporada, pero la historia es muy distinta en meses duros de invierno, cuando persiguen la corvina por el Plata.
Trabajo duro. En la zona que eligen los millonarios, decenas de familias viven del mar. En lo que podría ser un próspero pueblo artesanal del Mediterráneo, en prolijos quinchos instalados por la Intendencia, durante el verano viven unas decenas de dedicadas a la pesca. En un buen día, pueden salvar la temporada, pero la historia es muy distinta en meses duros de invierno, cuando persiguen la corvina por el Plata.
Arte. Los pescadores persiguen la corvina y la localizan por su sonido, como un enjambre de abejas desde el fondo del mar.
Ajetreo. Las mujeres trabajan con las redes, sin cesar, en los quinchos instalados por la comuna. Solo los pescadores artesanales saben que las corvinas hacen un tamborileo melódico con las branquias, como un sonido muy lejano de una cuerda de tambores. Cuando estiman que se han acercado al cardumen, pegan la oreja contra el piso de la lancha para buscar el repique."A veces también escuchamos un zumbido muy intenso, igual al de un enjambre de abejas que llega del fondo del mar", explica, "y ahí echamos la red. Nunca falla".
Quien lo dice es uno de los pescadores artesanales del puertito de la playa Mansa de José Ignacio, que el domingo, bien entrada la mañana, también es un enjambre, pero de gente, turistas y pescadores. Alrededor de una docena de lanchas se apostan en enero en esta segura bahía, formada por la punta de José Ignacio y la línea de la playa en dirección a Punta del Este. La Intendencia construyó para los pescadores unos prolijos quinchos abiertos, donde se amparan del sol alrededor de unas 20 personas, mayoritariamente mujeres, esmeradas en zurcir y desenredar las redes de pesca, y dejar listos los demás atavíos.
La tanda de pescadores que zarpó en la madrugada ya regresó hace un par de horas. Buena parte de la pesca ya marchó hacia la planta procesadora que les compra el producto, y el resto se destina para la venta "en fresco" para los visitantes de José Ignacio. La disponen en unas bandejas sobre una mesa improvisada, con algo de hielo, protegida del sol por unos toldos. Todo está en su lugar: pescado, lanchas sobre la arena, pescadores atléticos, turistas con aspecto satisfecho, jóvenes alborotadas trabajando con las redes bajo los quinchos. Podría ser una escena de un próspero y pequeño puerto artesanal en cualquier lugar del Mediterráneo. Lo único que la ubica en Maldonado es el acento de las mujeres: "che Canario" para aquí, "no te hagas el vivo" y "traeme esto otro" por allá.
Lo que se pesca en verano es la brótola y el lenguado, que salen a buscar a una distancia no mayor de tres kilómetros de la costa. La cosecha es variable. Pueden traer hasta 150 kilos un día de muchísima suerte, o solo 10 kilos. "O nada", acota uno de ellos. Pero lo que venden en forma directa al público, lo que producen dos lanchas que trabajan para la villa, sin los costos de la intermediación de la procesadora, deja una buena ganancia. La pieza entera, de cualquiera de las dos especies, la venden a 200 pesos el kilo, y los filetes a 300. Un día de suerte, una lancha factura alrededor de mil dólares en la jornada, que fuera de gastos y lo que queda en la "cooperativa" informal que los agrupa (buenos compañeros de trabajo que comparten aspectos de la labor), se reparte entre el patrón de la lancha y los dos ayudantes que lo acompañan. Trabajo rudo también, porque el esfuerzo físico de la pesca artesanal, con el movimiento de las redes, es más que considerable. Si el día fue bueno, se "banca" bien. Cuando regresan con la lancha semivacía, desazón.
26/01/11
VISIÓN MARÍTIMA

