El Christina, donde navegaron desde Churchill hasta Eva Perón, se ofrece en US$ 21 millones.
El Christina, donde navegaron desde Churchill hasta Eva Perón, se ofrece en US$ 21 millones.
EAST HAMPTON, Estados Unidos.- Jacqueline Bouvier pasó los veranos de su infancia en este balneario muy chic , donde los deportes a vela eran (y hasta cierto punto, siguen siendo) parte de la educación de todo joven de familia patricia. Luego, ya en pareja con John F. Kennedy, las fotos que cautivaron el imaginario popular norteamericano fueron las de ambos navegando más al Norte, en el Nantucket Sound. Jóvenes, increíblemente bellos, bronceados y con el pelo al viento, eran la imagen de la inocencia y la ilusión del país por delante.
Por eso, un gran golpe a la psiquis popular de este país fueron las posteriores fotos de Jackie que circularon masivamente por el mundo: convertida en la mujer de Aristóteles Onassis, navegando en un megayate por el lejano Mediterráneo, rodeada de un exceso de lujo totalmente ajeno al puritanismo norteamericano y a la distinción de la Costa Este que ella supo simbolizar.
Valga el detalle más famoso de aquel barco: las banquetas del bar forradas con el suave prepucio de una ballena y donde “Ari” solía entretener a las mujeres explicándoles que estaban “sentadas sobre el pene más grande del planeta”.
No es sorprendente, entonces, que aquí se sigan ahora con tanto interés las últimas noticias de aquel barco, el mítico Christina. En las exclusivas amarras del puerto de Sag Harbor o en los bares de ambiente náutico de los Hamptons en general, todos comentan que éste acaba de salir a la venta por 21 millones de dólares.
La cifra, comparada con lo que cuestan los megayates de lujo de los oligarcas rusos que navegan entre Montecarlo a Saint Tropez o, incluso los barcos más modestos de los multimillonarios norteamericanos que están aquí ahora y en el invierno boreal los llevan a St. Barths, no impresiona a nadie. Y los amenities , como la cantidad de piscinas o su infraestructura de servicios, tampoco.
Eclipse, el yate de Roman Abramovich, construido en 2010 con un costo de 1600 millones de dólares, tiene su propio sistema de defensa con misiles. La “socialite” neoyorquina Denise Rich contó a LA NACION sobre su propia embarcación, equipada con estudio de grabación, varias discotecas y la infraestructura más profesional posible para el “pole dancing”.
De Marilyn a Evita
Pero ningún barco tiene una historia como el Christina. La ruina de una nave de guerra construida en Canada, que participó del Día-D, fue apasionadamente reconstruida y reconvertida por Onassis hasta el último detalle. Marilyn Monroe, Frank Sinatra, Greta Garbo, Liza Minnelli, John Wayne, Rudolf Nureyev, Elizabeth Taylor y Richard Burton, varios Rothschild y Rockefeller fueron algunos de los visitantes célebres a quienes se recibía con detalles, como la piscina reconvertida en pecera para tener muchas langostas frescas para la cena y paredes decoradas con un Renoir, un Di Chirico y dos Goya, éstos últimos aparentemente falsos, aunque Onassis nunca lo aclaraba. Rainiero y Grace Kelly hicieron allí una recepción tras su boda y eran los grandes habitués cuando el armador griego anclaba frente a Mónaco.
Pero había peligros. A veces, por ejemplo, Ari no era tan obsesivo de la privacidad de sus invitados como era con la suya. En 1956, sir Winston Churchill aceptó almorzar por primera vez con el magnate a bordo de la nave, durante unas vacaciones por el sur de Francia. Onassis bajó del barco especialmente para recibirlo, y lo abrazó como el viejo amigo que no era. Decenas de fotógrafos más que los habituales estaban allí listos para retratar el evento del cual, misteriosamente, se habían enterado, para enojo del viejo león.
Una vez en alta mar, sin embargo, Chruchill superó su malestar por el incidente e hicieron buenas migas. Tanto es así que un año después le pidió a Ari que le presentara a un joven senador por el estado de Massachussetts, JFK.
Jackie también fue parte de la troupe que reunía para tomar tragos a bordo antes de una comida. Según la historia oficial, una vez las palabras de Onassis, al retirarse los invitados, fueron: “Hay algo muy provocador en esa dama. Tiene un alma muy carnal”.
En 1968, Onassis y Jacqueline, ya viuda de Kennedy, se casarían a bordo del Christina, en las costas de Skorpios, la isla privada del magnate. Ella fue autorizada a redecorar algunas de las salas, pero el bar de Ari, bancos de ballena incluidos, se mantuvo intacto.
Para entonces, la lista de mujeres que habían pasado por allí ya era interminable, e incluía, según varios historiadores, a Eva Perón.
María Callas fue, por mucho tiempo, la pasión de Onassis a bordo, pero Tina, su primera mujer, tenía dudas de que cualquier ser de carne y hueso realmente pudiera jamás competir contra el barco por el corazón del armador.
“Respecto al barco, Ari es como un ama de casa obsesiva -dijo Tina-. Se la pasa mirando que todo esté en orden, buscando nuevas cosas que corregir y mejorar.” Así también lo atestiguaban sus tripulantes, quienes sabían que cualquier mínimo daño que sufriera el Christina, aunque fuese una mancha sobre una tapicería, conllevaba el despido inminente y el desembarque del responsable, allí donde estuvieran.
Cuando Onassis murió, en 1975, fue heredada por su hija, Christina, en honor a quien había sido bautizada la embarcación. Ella, a su vez, antes de morir a los 37 años, en Buenos Aires, se la transfirió al gobierno griego como yate presidencial, pero, ya bajo el nuevo nombre de Argo y con un costo anual de mantenimiento de medio millón de dólares, el barco fue quedando abandonado.
Luego, el empresario griego Yannis Papanicolau gastó unos 50 millones de dólares para comprar y poner nuevamente a punto la nave, a la cual rebautizó en 1999 como Christina O. Se dice que al comenzar este siglo la alquilaba a terceros por unos 5 millones de dólares por mes, pero los precios fueron bajando y, los últimos años, los turistas que pasaban por el puerto de Londres podían hacer un tour del barco por 25 dólares. “Lo que es seguro es que ahora no la va a comprar ningún griego -explicó a LA NACION la heredera una de las más tradicionales familias de armadores helénicos, que también tiene casa en Southampton-. Para empezar, somos gente supersticiosa, y todo lo relacionado con Onassis y su vida siempre se dijo que era de mala suerte y que Jackie acarreaba la maldición de los Kennedy. Segundo, con el momento de crisis económica que atraviesa el país, nadie querría ser visto gastando millones de dólares en el último símbolo de la ostentación del siglo XX.”
Testigo de una época
Luego de años de trabajar en el negocio familiar, junto a una amiga también descendiente de grandes empresarios del shipping helénico, estimaron que el futuro de la nave será como atracción turística histórica. “No es el tipo de barco que hoy puede querer un individuo. Habría que sacarle todas las mejoras que le hicieron con los años y devolverla a su antiguo esplendor para ofrecer cruceros de Montecarlo a Saint Tropez, recreando el espíritu de los años 70”, señalaron con ojo clínico, en una charla en el patio de la monumental iglesia ortodoxa griega de Southampton.
En este momento, el Christina permanece amarrado en un puerto de Inglaterra esperando su destino. Difícilmente hoy alguien lo llamaría “la última palabra en opulencia”, como en su momento lo describió el rey Farouk de Egipto.
Pero de la lucha contra los nazis en las playas de Normandía a los enredos de alcobas de los ricos y famosos, una buena parte del drama, tragedia y romance del siglo XX quedó allí concentrada, desde la proa hasta la popa.
Y, para los norteamericanos, un poco del frustrado sueño de Camelot, también.
Por Juana Libedinsky | LA NACION
20/07/13
LA NACION – SABADO
