Braquehais comenzó a medir los vientos de Valencia mucho antes de que el Alinghi designara a la ciudad sede de la competición. La candidatura española le contrató para demostrar al sindicato suizo qué hacía de Valencia el escenario perfecto: la regularidad de sus brisas todo el año.

Braquehais comenzó a medir los vientos de Valencia mucho antes de que el Alinghi designara a la ciudad sede de la competición. La candidatura española le contrató para demostrar al sindicato suizo qué hacía de Valencia el escenario perfecto: la regularidad de sus brisas todo el año.

"El porcentaje de días navegables es altísimo. De abril a julio, cuando se disputa la Copa, puede que haya sólo tres o cuatro días en que no se pueda navegar. Eso es básico. En un partido de fútbol tienes el campo y la pelota. Aquí dependes del viento. En Auckland hubo cuatro días sin viento y la audiencia se perdió", explica Braquehais. Valencia vendió sus vientos al Alinghi y el Luna Rossa, el primer equipo que empezó a entrenarse, le echó el lazo al experto español. "Me llamó el patrón, Francesco de Angelis, le enseñé el puerto e hice una prueba de tres meses: ‘O firmas o es que te quieres ir a otro equipo’. Y firmé. Fue mucho antes de que naciera el Desafío. Estaba en el aire y me interesaba un equipo fuerte en que pudiera aprender", cuenta Nacho, tripulante del barco español en las ediciones de 1995 y 2000. Como él, también Luis Doreste se entrenó con el Luna Rossa.

Tres años después, Braquehais es una referencia en el equipo italiano por su conocimiento de las brisas y su labor de trimmer. "El control del viento es decisivo. La presalida es muy importante, pero el primer cruce decide quién gobierna sobre el otro", afirma. Antes de cada regata, el equipo planea la estrategia según las condiciones de viento. ¿Cómo medirlo? Mediante la información que envían más de 50 balizas y anemómetros en cinco kilómetros de costa y en el interior de la ciudad, en los valles de Náquera y Sagunto.

Para conocer el viento de la costa, hay que estudiar el de tierra. Un programa de predicción meteorológica —español, americano o neozelandés— recoge todos los datos y genera un modelo para saber qué viento soplará a cada hora, su velocidad y dirección. La predicción comienza a gestarse 10 días antes de la regata. "Aunque no es 100% científica", aclara Braquehais. "Crees que el viento te va a venir de la derecha y te viene de la izquierda. Es lo bonito de este deporte. Siempre puede haber variaciones. El meteorólogo tiene un plan oficial y otro alternativo", añade. Y en Valencia se recurre a menudo al plan B. "Es peculiar, tiene una especie de microclima. Nuestro meteorólogo estaba alucinado. Cambiaba el viento y no sabía por qué. Yo físicamente no lo puedo explicar. Le decía, ‘mira, ahora va a pasar esto’. Él tenía una predicción diferente y yo acertaba. ‘¿Cómo lo sabes?’. Porque estoy aquí. Se genera una baja o alta presión no prevista, o un movimiento del viento al revés de las predicciones. En el modelo general no aparece, hay que adivinarlo echando días en la zona", presume Nacho. Los navegantes obtienen un informe antes de subir a bordo, pero ya en el barco no pueden recibir más datos del exterior.

También los diseñadores ajustan sus esbozos para fabricar el barco más rápido según la fuerza de los vientos. "La velocidad ideal para estos barcos es de entre 10 y 14 nudos. Con 20 nudos van al límite, puede haber roturas. Son barcos que se pensaron para una modalidad de match race, no para una Vuelta al Mundo, y para olas no muy agresivas. Son regatas muy técnicas, con mucha investigación de materiales para reducir al máximo el peso. En otro tipo de barcos, cuando sube el viento, reduces la superficie bélica. Aquí la llevas a tope", explica el navegante español.

A la hora de la verdad, todos miran al cielo. Y al agua. El cambio climático que sufre el planeta ha aumentado la temperatura del agua y alterado la formación de las corrientes de aire.

"Una brisa es básicamente un cambio térmico, como el que se produce en casa con la calefacción. El régimen de brisas está relacionado con la diferencia de temperatura entre la tierra y el agua. La temperatura de la tierra cambia mucho por el sol, pero la del agua es más estable. Si hay una temperatura alta de agua, el choque térmico no es tan fuerte como para generar una brisa. El año pasado la temperatura del agua estaba muy alta y hubo problemas. Nunca había visto nada igual. El agua estaba muy caliente y hubo 10 días seguidos de viento de nordeste muy flojo. Si hay un grado más de temperatura de agua, la brisa ya no se forma igual. Cuanto más caliente está, menos brisa hay", explica Braquehais.

En tres años de entrenamientos, el viento ha soplado cada vez de manera más suave. Justo cuando el planeta registra síntomas de calentamiento global. La temperatura del agua en periodos de brisas ronda los 20 grados. "El primer año las brisas fueron muy fuertes, el segundo más ligero, y éste… ya veremos. La geografía de las costas también cambia y eso influye. Cada vez hay más edificios en las costas, y la creación de espigones modifica las corrientes", añade el navegante valenciano.

Por Juan Morenilla

16/05/07
EL PAIS.COM

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