El problema de Buenos Aires son los accesos viales, no el puerto

La ciudad de Buenos Aires volvió a interesarse por el puerto. Quiere que sea parte de la “marca” de la ciudad. Y la Unidad de Coordinación del Plan Estratégico porteño convocó a consultores privados y a ex funcionarios para comenzar con su tarea programática en una jornada ad hoc.

La ciudad de Buenos Aires volvió a interesarse por el puerto. Quiere que sea parte de la “marca” de la ciudad. Y la Unidad de Coordinación del Plan Estratégico porteño convocó a consultores privados y a ex funcionarios para comenzar con su tarea programática en una jornada ad hoc.

Presentaron simulaciones y modelos, locales y extranjeros, que proyectan todos el mismo escenario: crecimiento del movimiento de TEU (3 millones de TEU; 4 millones de TEU). También hablaron del agotamiento total de las arterias que alimentan al sistema. Y como el puerto era el foco del análisis, dejan implícito que el puerto es responsable del fenómeno. Un error de enfoque que persiste y cuesta cambiar.

Están los que insisten en que Buenos Aires no debe desaparecer, pero con la condescendencia de quien felicita los esfuerzos realizados por quien está próximo al retiro para posar su mirada dilecta en los jóvenes talentos de alto potencial.

Están los que reconocen que es imposible prescindir de Buenos Aires, pero lo relativizan a un sitial de transbordo de cargas, promoviendo construcciones de megahubs o nuevos enclaves ultraprofundos, dando por descontado que los capitales siempre tendrán una chequera en blanco dedicada al país para hacer colosos de infraestructura, seguros de que en algún momento será posible una estabilidad mayor a los 30 días.

Están, por último, los que trabajan y no hablan.

El cortoplacismo argentino es una sintomatología viva. Se respira. Es tangible. Se nota en los bocinazos en un semáforo y en la cotización del dólar blue. Se percibe en la administración (o la falta de ella) de los programas económicos y en los inútiles debates futbolísticos, televisados o de cafés.

El cortoplacismo argentino es una disfunción narcotizante, endroga a quien vive bajo sus cánones y margina del centro de escena a quien hable del futuro, a menos que se trate un consultor. Es parte del masoquismo nacional: encanta la fruición de esos pronósticos que nos dicen qué tan profundo es el abismo al que nos asomamos, y después nos relatan calmos qué tan duro será el impacto en función de la relación peso/velocidad de nuestra caída.
El reclamo de la ciudad para hacerse del puerto es una solapada acción de marketing político. Insisten en que el puerto es el problema, cuando el drama es la conectividad Norte-Sur y la completa saturación de accesos viales, los mismos de hace décadas con un parque automotor que se duplicó.

Gates adentro, el puerto es eficiente. Gates afuera, se ven camiones “cerca” del puerto. La respuesta rápida es: “Culpa del puerto”.

Por Emiliano Galli | LA NACION

30/04/13
LA NACION

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