(FNM) Un homenaje hecho cuento, para leer y disfrutar durante el fin de semana.
No hay quien pueda, no hay quien pueda con la gente marinera, marinera, pescadora, no hay quien pueda por ahora. (Estribillo de una vieja canción marinera española).
(FNM) Un homenaje hecho cuento, para leer y disfrutar durante el fin de semana.
No hay quien pueda, no hay quien pueda con la gente marinera, marinera, pescadora, no hay quien pueda por ahora. (Estribillo de una vieja canción marinera española).
Conocí a Miguel Velasco y a Ángel García, dos españoles, marineros y pescadores, a bordo del que fue mi primer buque pesquero. Hijos de las cálidas riberas Murcianas, del Puerto de Mazarrón, donde la costa acantilada y las caletas abrigan bellas playas bañadas por el Mediterráneo, cuna de pescadores y gente de mar desde la época de fenicios y romanos.
Miguel era una persona de gran contextura, la cual parecía incrementarse cuando usaba su ropa de agua de pescador, la piel mediterránea curtida por la sal y el sol, se enmarcaba en un cuadro definido por una abundante cabellera entrecana, que contrastaba con su edad, dado que aun no había cumplido los cuarenta cuando nos conocimos. Con respecto a su carácter se destacaba por su ascendiente sobre el resto de los tripulantes, lo cual era absolutamente necesario dado que cubría las tareas de primer pescador.
En cambio, Ángel era diferente en lo físico, de aspecto menos fuerte, más pequeño, de cabello rizado y gruesas cejas. Si bien trabajaba en cubierta deseaba poder hacerlo en la cocina o el servicio de cámara. Sufría demasiado la inclemencia del mar, pero nada decía y se las arreglaba para no ser menos que los otros. Hombre jovial y querido por toda la tripulación, su carácter era el rasgo por el cual todos le apreciaban.
En lo que a mí respecta, yo provenía de la marina mercante, era muy joven y me había desempeñado en petroleros y cargueros como primer oficial, pero nunca había comandado un barco. Esta iba a ser mi primera experiencia.
Había decidido dedicarme a la pesca por el amor al dinero más que por vocación.
¡Ay marinero! ¡Ay marinero! porque te hiciste pescador? La ambición del dinero me atrapó como un arpón.
La pesca era una vida dura a la cual me costaría acostumbrarme, o quizá no lo haría nunca, pero ellos habían nacido para ser pescadores y era la razón de su vida.
El pescador no descansa nunca para poderse alimentar,
hoy carece de pescado, luego de sal, no sé yo la causa de esto,
si no sé de aguantar

En ese barco izábamos bandera española, pero los armadores lo darían de baja en España y lo radicarían en la Argentina porque les convenía para aprovechar la riqueza ictícola de estas aguas. Eso significaba que dada la reglamentación del país, en poco tiempo cambiaríamos la bandera por la argentina, con las consecuencias lógicas de esa acción.
Eso modificaba las condiciones laborales de la tripulación, perdiendo los marineros los beneficios de su país y la antigüedad en la compañía.
Pero la gente de mar de la península ibérica a pesar del cambio de bandera, había decidido que se quedaría con nosotros, salvo alguna excepción. Digo de la península porque en todo barco que se precie hay un portugués. La gente decidió quedarse porque ya era parte del barco.
Una tradición náutica del siglo XVIII y XIX establecía que el Capitán era el barco, pero en el pesquero aprendí que la gente de cubierta era el barco.
De día, de noche, con buen o mal tiempo, abrigados con sus capas de loneta, soportando los golpes de mar, mientras las olas barrían la cubierta, largaban o viraban redes, recogían en el pozo el producto de la pesca, para que el personal de la planta lo procesara. Luego reparaban y cosían las redes para salvar sus roturas y ni bien estaban listas largarlas de vuelta al mar. En esas tareas siempre había un motivo para la broma y el canto. Yo disfrutaba de esos momentos y de sus canciones y trataba de quedarme en cubierta trabajando con ellos, cuando había un oficial que me pudiera suplir en el puente de mando.
Cuando estábamos en puerto también salíamos juntos de ronda por los bares
Mala suerte acostarse con fenicias, yo me acosté con una en Cádiz bellísima, zapatos verdes, cabellera rojiza, piel muy suave, piel de tiza.
Cuando en navegación, a los marineros de cubierta la tarea de pesca les dejaba un minuto libre, bajaban a la planta de proceso a ayudar a los operarios de planta, que generalmente eran aprendices, entonces era cuando los pescadores demostraban que eran los mejores.
No hacían problema para meterse al pozo con pescado hasta el cuello, ni temían a las hojas de sierra cuando el buque rolaba y los empujaba hacia ellas.
Que si el nivel de agua en la planta era mucho, solos, sin preguntar encendían los achiques y cuidaban de los inexpertos operarios de planta que hacían su primer viaje y a los que llamaban “pasajeros”. Aprendiendo el oficio había veces que yo me sentía como los pasajeros, un invasor en un mundo que tenía dueños.
Los marineros pescadores españoles observaban cómo actuaba en las maniobras, porque me estaban juzgando, querían saber si era merecedor de su respeto, por algo más que ostentar un título. Esa sensación de ser juzgado permanentemente me obligaba al desafío de ser uno más de ellos.
Finalmente cambiamos de bandera al llegar a la Patagonia argentina y habilitamos la tripulación con las leyes de nuestro país. Cuando debí registrarlos en el nuevo rol de tripulación, Miguel lo hizo como primer pescador y Ángel como cocinero.
Ambas funciones son fundamentales en un barco de este tipo, el primer pescador asegura que nada funcione mal durante la delicada maniobra de largar y virar las maniobras de pesca, conduce a la marinería de cubierta y mantiene las redes en condiciones.
El cocinero garantiza tripulación contenta y bien comida, lo que significa todos listos a toda hora para el trabajo duro. Para un buen cocinero, ver a la marinería devorando con avidez y fruición la comida que él ha preparado, supone quizá la mayor compensación a su buen hacer.
Además de los horarios normales de comidas, la cocina siempre debe estar caliente para asegurar refuerzos durante la noche para todos los que estén en ese horario trabajando.
Para eso Ángel tenía un ayudante de cocina y un ranchero, a quienes conducían con mano firme. Pero nadie lo igualaba en sus arrossejat y los suquet de morralla aprovechando la pesca del día. Hoy se me hace agua la boca al recordar sus platos.
También le tocaba administrar la bebida que, por convenio español era un litro de vino al día.
Cuando al marinero le dan de beber, o esta jodido o lo van a joder.
Pasaron varios meses y por una desgraciada circunstancia de la vida en el mar, en la cual actuamos bien y a la buena costumbre marinera, fue que terminaron admitiéndome como su capitán.
Vale la pena relatarla: En bahía Gregorio, en la costa de la Provincia de Chubut en una maniobra muy expuesta y peligrosa, salvamos a la tripulación de otro pesquero, y también al barco encallado en las rocas.
La gente del barco siniestrado había perdido la cordura, a punto tal que algunos se tiraban al agua sin saber que su destino seria la muerte, dada la corriente de bajante que tiraba con fuerza hacia afuera de la Bahía.
Lo importante no fue el dinero que ganamos por salvar el barco y la carga sino que no hubo que lamentar muertos, igual el dinero vino bien, y mis dos españoles de marras, el pescador y el cocinero, se compraron unos espléndidos gamulanes con cuello de piel, que compraron cuando llevamos el barco al puerto de Buenos Aires.
La buena acción si se acompaña de buena paga, mucho mejor.
Después de esa vivencia se afianzó nuestra amistad.
Así fue que una agradable tarde de puerto, cuando la actividad había finalizado, nos sentamos los tres sobre unos carreteles de madera de los que se usan para enrollar los cables y que se dejan en cubierta y Miguel comenzó a hablarme de su mujer amada que estaba esperándole en España, en su añorado puerto de Mazarrón.
Ángel estaba con nosotros y su cara de tristeza y melancolía me dio a entender que lo que había sido felicidad para uno, fue frustración para el otro.
Ambos se habían enamorado de la misma mujer y ella debió elegir. El perdedor tragó amargo, pero nunca su corazón tuvo una nube de rencor o envidia hacia su hermano de la vida ni a quien luego fuera su bella mujer. Aceptó la forma como rodaron los dados en el paño de la vida, con resignación.
La españolita era quizás una de las mujeres más hermosas del puerto de Mazarrón y todos los marinos la ambicionaban. Se llamaba María del Pilar pero le decían La Pilarica.
Después de un año de no ver tierra , me fui al puerto donde se hallaba la que adoraba mi corazón…..
Miguel la describió cantando
Cuando en la playa la bella Pili moviéndose va, los marineros se vuelven locos y hasta el piloto pierde el compás, Ay que placer sentía yo!, cuando en la playa se sacó el pañuelo y me saludó,
Luego después, se acercó a mí, me dio un abrazo y en aquel lazo creí morir.
Fue esta historia el máximo acercamiento que me permitieron los dos pescadores a sus vidas privadas. El resto de mi curiosidad debí cubrirlo con la imaginación.
Pasó felizmente el tiempo y a fines del año 81 me ofertaron en la empresa bajar a tierra por un tiempo, a reemplazar al Capitán de armamento. Si bien la paga era buena, constituía un monto fijo y no el producto de mi fortuna en el mar con la pesca.
De todos modos la propuesta fue atractiva, dado que a mí también me había tocado el momento de enamorarme y para mi desventura, mi amada también era tripulante pero de un aeronave, no de un barco, así que el poder encontrarnos en mis entradas a puerto más tenía que ver con la buena suerte que con la predeterminación.
Tomada la decisión de cambiar por un tiempo de vida, en la próxima entrada a puerto armé mi equipaje, que no era mucho, me despedí de mi gente y desembarqué. Mi hubiera gustado poder darles un abrazo a Miguel y a Ángel porque los apreciaba, pero para ellos no estaba bien visto esa familiaridad entre marinos de diferente rango, así que lo deseché y nos apretamos muy fuerte las manos.
Después siempre me las arreglaba para estar en Puerto cuando arribaba el que había sido mi barco, era entonces cuando Ángel me invitaba a comer a la camareta de maestranza junto a Miguel y otros compañeros de a bordo.
Ese día el souquet de morhala se hacía con los mejores pescados que habían caído al pozo de pesca durante el viaje y que celosamente habían congelado o salado para mantenerlos comestibles.
Si bien la paella era cosa de valencianos, con la verdura fresca, que llegaba con las provisiones era muy común que se prepara alguna de las tantas variantes españolas, rebosante de mariscos. También las merluzas australes iban a terminar cocidas a la espalda o a la sal. Un verdadero festín. Aquel refrán: de la mar el mero y de la tierra el carnero, no se cumplía en estas latitudes sureñas, donde competían la centolla y los langostinos con las merluzas negras y los bacalaos australes.
Y así, entre pesca y puertos llegó el 2 de abril, fecha de la recuperación de las Islas Malvinas.
Por esos días se respiraba un ambiente triunfalistas y eran comunes los festejos. En la mentalidad de muchos argentinos sentíamos que habíamos recuperado parte de nuestra historia e identidad, y no había quien no quisiera estar en las islas, pero pocos eran los llamados. Yo fui uno de los desafortunados que no pudieron ir pese a haber sido voluntario.
Pero sí lo hizo el pesquero en el cual estaban embarcados Ángel y Miguel, con la finalidad de usarlo como cobertura en superficie de los submarinos que iban a patrullar las islas.
Así fue que habiendo el dueño de la empresa aceptado el pedido de la Armada, reunimos a la tripulación y les informamos que iban a navegar en aguas que los ingleses habían restringido a los barcos argentinos y que existían riesgos importantes de ser hundidos por más que no estuvieran armados.
Su sola presencia podría ser causa del ataque de los ingleses. Quien no quisiera seguir a bordo estaba en su derecho de desembarcar, con mayor razón los extranjeros. Además de Ángel y Miguel, a bordo prestaban servicio, un japonés, un ruso y un portugués.
Me emocionó que los tripulantes del pesquero, del capitán al último engrasador, fueran o no argentinos, decidieran seguir a bordo. En mi interior yo pensaba que era lógico que los argentinos jugaran esa patriada, pero a los extranjeros esta guerra les era ajena, y me costaba entender que para ellos, ése era su barco y no lo abandonarían.
Zarparon veintiséis bravos marinos y un oficial de la Armada que era quien conocía la misión militar.
Lo hicieron en la marea de la noche. Yo estaba en el muelle despidiéndolos. En la borda de la cubierta de pesca vislumbré la silueta de mis dos amigos españoles, recortada en la penumbra del puerto.
Miguel me gritó: no se preocupe Capi, todo va a andar bien. Yo sentía la angustia del mal presentimiento, pero no podía ni debía transmitirla. Así que a los gritos, les dije: al regreso asado de cordero y billetes para España, que allá los extrañan.
Que así sea y gracias capi! , fue lo último que escuché cuando el barco como una sombra se apartaba del muelle pivoteando con la corriente de marea y apuntando a la boca de la ría. Aprovechando la oscuridad dejé que dos lagrimones corrieran por mi mejilla y recé por todos ellos.
Finalizaba mayo cuando el pesquero fue detectado a cincuenta millas de la capital de las islas por dos aviones Harrier pertenecientes al portaaviones HMS Invencible. Como no lo reconocieron como buque propio sin más procedieron a ametrallarlo con sus cañones de 30 milímetros. Al menos doscientos tiros atravesaron la chapa del pesquero, que indefenso no podía repeler ese ataque.

Dado que los aviones portaban una bomba de 500 Kg cada uno y debían desprenderse de ellas para poder aterrizar en su portaaviones base, decidieron que el pesquero era un buen blanco para ese objetivo y las lanzaron sobre nuestra infortunada nave.
La primera erró el blanco y se hundió en el mar sin explotar. La segunda tampoco impactó en forma directa pero explotó al llegar al agua y destrozó la banda de babor del pesquero y parte de la cubierta de pesca donde estaba Miguel.
A bordo todo era humo y confusión, recogían a los heridos que estaban en los camarotes de babor y tardaron en darse cuenta que Miguel estaba tirado en cubierta con su cuerpo casi irreconocible por el destrozo provocado por la explosión. A Ángel el ataque lo había sorprendido en la cocina, y pensando en su amigo Miguel corrió desesperado a abrazarse con él en la esperanza de encontrarlo vivo, pero ya era tarde. Y así abrazado fue encontrado por los infantes de marina ingleses que habían embarcado en el pesquero desde los helicópteros Sea King enviados por el portaaviones.
El pesquero se hundía y era perentorio recoger a los sobrevivientes vía aérea porque las balsas salvavidas habían sido destruidas en el ataque de los Harrier.
A los infantes ingleses les costó desprender a Ángel del cuerpo de Miguel, romper ese abrazo de despedida interminable. Finalmente lograron embarcarlo en el helicóptero y los restos de Miguel se hundieron con el barco.
Desde la aeronave Ángel miraba con tristeza y dolor, cómo se hundía su barco y arrastraba los restos de su amigo.
De ahí volaron al transporte HMS Coventry donde permanecieron cautivos hasta que finalizó la guerra.
Repatriados en un buque hospital llegaron días después de la derrota a puerto argentino en la Patagonia, donde los fui a buscar y hacerme cargo de enviar a los argentinos a sus hogares, y a nuestro cocinero le preparé el viaje a España.
Lo acompañé en silencio al aeropuerto de Ezeiza. Ángel me relató esta historia entre sollozos, y yo supe no preguntar más de lo que quiso contar. Llegado el momento nos despedimos, supe que no iba a regresar, algo se había roto en su alma.
Cuando llegó a su pueblo, lo primero que hizo fue ir a ver a la bella Pilar quien por la embajada argentina ya estaba enterada de la muerte de Miguel. Se encontraron en la misma playa que había sido testigo del amor de Miguel y Pilar. Ella estaba sentada en la rambla mirando el mar. Lloraba y pareció no advertir la llegada de Ángel…

La españolita se sintió sola y quiso morir.
No llores Pili, no llores no
Que no estás sola y en la mar no te has de ahogar
Que Miguel del cielo tu alma va a cuidar
Por Luis P. para FUNDACIÓN NUESTROMAR
31/05/14

