Reseña del largometraje de Carolina Campo Lupo.“El hombre congelado”, cumple con la promesa del viaje literal y metafóricamente hablando. Se trata de una de esas películas que exigen un pacto inicial y en tanto el espectador lo asume accede a la dimensión sensorial del cine.
Reseña del largometraje de Carolina Campo Lupo.“El hombre congelado”, cumple con la promesa del viaje literal y metafóricamente hablando. Se trata de una de esas películas que exigen un pacto inicial y en tanto el espectador lo asume accede a la dimensión sensorial del cine.
Un buque uruguayo cruza el Atlántico rumbo a la Antártida con la misión de llevar provisiones a una base militar, una travesía que implica más de 30 días a bordo con un paisaje único y recurrente que nos sumerge en la experiencia misma del viaje. Estructurada en dos actos, la película se ocupa durante la primera parte de registrar la vida dentro del barco; las tareas a bordo, el transcurrir del tiempo, como funciona y vive esa tripulación que combate a diario las amenazas constantes de la naturaleza. A través de ese trabajo de observación accedemos a la realidad de un cotidiano muy distinto al nuestro. Hombres que viven largas temporadas alejados de sus familias, sin pisar tierra firme, concentrados en la labor diaria de subsistir. Personas que integran una maquinaria inmensa con grandes responsabilidades y que sin embargo no tienen ninguna visibilidad.
El montaje, la composición del cuadro y el tratamiento del color elaboran una construcción visual en apariencia fría que no obstante alcanza niveles de mucha intimidad, en la que es muy fácil reconocerse como viajeros si pensamos en el tiempo que podemos pasar mirando el mar u observando alguna situación fuera de nuestro cotidiano, como la vida en medio del océano. Ese “estar” contemplativo se instala desde el principio y constituye el recurso narrativo que la joven directora uruguaya, Carolina Campo Lupo, elige y maneja con talento y gran sensibilidad. Una operación de trasbordo le aporta al relato su dosis de “acción” y constituye una de las escenas de mayor impacto de la película. Se trata del registro de trasbordo que debe hacer uno de los tripulantes a otra embarcación en medio de una feroz tormenta. Contada en plano secuencia, la escena logra hacernos vibrar en carne propia el peligro, la furia e incluso el frío helado del océano. Una vez superada la misión el relato vuelve a la calma, el nuevo día vence la noche y sobrevienen imágenes y sonoridades que invitan al éxtasis. Toda la secuencia funciona como la llave que abre la puerta hacia la dimensión real de aquello que se quiere contar. Con la llegada a la Antártida se inicia el segundo acto. La entrada a ese desierto plateado de brumas densas sorprende por sus cromatismos inesperados y su silencio. Es al mismo tiempo espacio material y superficie abstracta; un lugar que convoca a la reflexión. En este sentido cabe destacar la importancia de la banda sonora que logra consolidar la atmósfera mística del relato, una construcción sutil y al mismo tiempo radical que remite por momentos al Andréi Rublew de Tarkovski. Como muchas de las obras que abordan la temática del hombre en la naturaleza El Hombre Congelado nos enfrenta al misterio de lo desconocido, la pregunta siempre latente sobre el origen del mundo y lleva el pensamiento a niveles filosóficos.
La película fue estrenada en Visions du réel, el prestigioso festival suizo especializado en cine documental. Se pudo ver en la última edición del Festival de Cine Independiente de Mar del Plata y volverá a tener pantalla en la Argentina durante la próxima edición del festival de Cine Unasur, donde integrará nuevamente la competencia internacional de documentales. (Uruguay Visión Marítima)
03/10/14

