Actuar hoy para el largo plazo es, para los gobiernos argentinos, una terapia tediosa contra una adicción nociva para el país: la perpetua sed de poder.
Actuar hoy para el largo plazo es, para los gobiernos argentinos, una terapia tediosa contra una adicción nociva para el país: la perpetua sed de poder.
Esta adicción endroga al funcionario que, en su falacia hedonista, rechaza la planificación porque es una postergación del placer efímero que representan el despacho y la firma.
En función de esto, o a pesar de esto, en Transporte diseñan esquemas que le aseguren la continuidad, y sobre todo un futuro, al puerto de Buenos Aires. Lejos, eso sí, de la devaluada Subsecretaría de Puertos y Vías Navegables.
La antesala es el plan para transformar 100 hectáreas del Mercado Central en un centro logístico que, de prosperar, implicaría la transferencia del negocio de movimiento de contenedores que hoy se realizan dentro del puerto. No sería una facturación que perderían las terminales. Sólo que la operatoria se digitaría cerca de los ríos Matanza y Riachuelo.
El proyecto Mercado Central -que demandará una inversión inicial de $ 300 millones- ya tiene listo su estatuto y aguarda la venia presidencial a uno de los impulsores de la medida, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno quien, luego de poco más de un año de cátedra a despachantes, terminales portuarias, fleteros y trabajadores portuarios, complementó con conocimientos logísticos su experiencia como administrador de primera y última instancia del comercio exterior.
Para que el Mercado Central funcione, deben darse una serie de requisitos, nada fáciles ni baratos. En primer lugar una aceitada operatoria nocturna, modalidad que en lugar de ser promocionada es una invitación al rechazo por los costos adicionales (en seguridad, aduaneros) que implica. En segundo lugar, la creación del corredor seguro entre las terminales y el Mercado Central. En tercer lugar, las conexiones ferroviarias del Sarmiento y del Belgrano (el primero cuenta con mejor acceso al Mercado Central; el segundo, al puerto). Y por último, un relleno de al menos dos metros en las 100 hectáreas, con ajuste a la cuestión hídrica.
En tanto, la Aduana dio su visto bueno para el proyecto, y colocaría allí un escáner. El Senasa también se radicaría con una oficina, habida cuenta de que el predio contaría con dos áreas: una de carga nacionalizada y una zona primaria aduanera.
“No es un régimen de zona franca”, afirman desde el Gobierno. No obstante, se permitirá hasta cuatro fraccionamientos por embarque, con la copia de depósito.
Sobran planes para el puerto. Faltan ejecutores. Y cuando hay ejecutores, faltan voluntades políticas. Los tiempos del puerto no se rigen por el minutero electoral. Nuevamente, el tiempo hablará.
Por Emiliano Galli
23/07/13
LA NACION
