Por primera vez, desde que el conflicto entre la Argentina y Uruguay por la fábrica de pasta de papel de Fray Bentos convulsionó las aguas casi siempre serenas de la diplomacia rioplatense, habría indicios de que en la Casa Rosada se siente la necesidad de superar los aspectos más ásperos de la actual situación.
Por primera vez, desde que el conflicto entre la Argentina y Uruguay por la fábrica de pasta de papel de Fray Bentos convulsionó las aguas casi siempre serenas de la diplomacia rioplatense, habría indicios de que en la Casa Rosada se siente la necesidad de superar los aspectos más ásperos de la actual situación.
No debe perderse la oportunidad de que prospere esa aparente reacción. Es lo que urge, después de que una serie de gestos, declaraciones y acciones infortunadas, en particular de parte de funcionarios argentinos, colocaron las relaciones con Uruguay en el peor nivel en mucho tiempo.
Entre los gobiernos de Roque Sáenz Peña, en la época del Centenario, y el último de Juan Domingo Perón, la limitación jurisdiccional de aguas del Río de la Plata había sido el problema principal que afectó los vínculos entre ambos países. En ese largo período, hubo otras cuestiones de desencuentro, pero referidas a intereses políticos partidarios, no a temas de agenda soberana, como éste de actualidad, que ha irrumpido desde los bordes del río Uruguay y agita a sus gentes desde hace cinco años.
Tocó al presidente Perón, en su último turno, el de los años setenta, cerrar aquel asunto de más de 60 años de debates sobre los límites del Río de la Plata. Ahora debe alentarse a la señora Kirchner para traducir en hechos sentimientos en igual dirección, que ha expresado en fecha reciente, en privado, ante altas autoridades del Uruguay.
La Cancillería argentina desmintió informaciones de Montevideo en el sentido de que la Presidenta estaría dispuesta a intervenir en la desactivación del bloqueo sobre el puente San Martín, que une Gualeguaychú con Fray Bentos. Pero, por otro lado, fuentes oficiales argentinas han confirmado, con carácter extraoficial, que se estudian los medios para poner fin a la movilización permanente que lo hace posible.
Si los hechos confirman que el presidente Tabaré Vázquez ha acertado al confiar en público que la señora Kirchner hará gestiones para lograr el levantamiento del bloqueo, lo celebraremos. Han de ser muchos quienes así lo hagan. Se trata de anteponer, sobre todo en las presentes circunstancias, la hermandad argentino-uruguaya y el destino por el cual dos Estados, y en definitiva una sola nación, comparten la historia común que los enorgullece.
Son los argentinos y los uruguayos por sí mismos, despojados de extremismos retrógrados y de filiaciones políticas, los que han procurado mantenerse unidos e integrados a pesar de las circunstancias por medio de múltiples manifestaciones de respeto y afecto. La Academia Nacional de Periodismo incorporó recientemente a dos uruguayos talentosos, Víctor Hugo Morales y Hermenegildo Sábat, que han hecho de la Argentina su terruño, y distinguirá en los próximos días al ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti.
Otro ámbito académico, el Instituto de Política Internacional de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, conducido por el embajador Carlos Ortiz de Rozas, ha convocado a figuras representativas de ambas orillas para aunar esfuerzos en pos de superar el conflicto entre los dos pueblos más hermanados del mundo.
La Argentina debe andar con seriedad por los carriles de la negociación diplomática. También por las instancias de la justicia internacional, a las que por otra parte ha estado sometida y asumir, en el ámbito interno, las responsabilidades que sobre el Estado recaen en cuanto a la preservación del orden público y al rechazo de todo tipo de fuerza en la región.
Si los ciudadanos que, sin más plenipotencias que la decisión informal de grupos vecinales interrumpen, desde hace 22 meses, el tránsito normal de personas y vehículos entre Uruguay y la Argentina, hubieran encontrado en su momento la oposición legal y ordinaria del Gobierno, no se habría llegado a esta encrucijada. Este fenómeno constituye una lección sobre los extremos a los que puede conducir la demagogia, y se actúa sin tener en cuenta el valor de los cánones que rigen invariablemente en el desenvolvimiento de los pueblos. Uno de esos cánones consiste en que la política exterior de los Estados sea conducida desde un poder central debidamente legitimado. Nada había para delegar en esto, como resignación inaudita, a lo que se decidiera en niveles vecinales.
Siéntase la Presidenta alentada a resolver una cuestión que escapó por descuido, primero, y graves errores, después, del control del gobierno precedente. Pague, si es necesario, el precio político que corresponda por los desaciertos de magnitud inimaginable del anterior presidente en la relación que siempre debió de haber figurado en los renglones de privilegio de la diplomacia argentina. Lo exigen los intereses permanentes del país; lo autoriza la ausencia, después de un año de funcionamiento de la planta de Botnia, de señales ciertas de la supuesta contaminación contra la cual se ha producido el levantamiento popular de Gualeguaychú. Retenga, sí, señora Presidenta, abiertos los márgenes de negociación y de consenso a fin de que la Argentina se halle en condición de fiscalizar sin intermitencias la producción de una fábrica que es de vital importancia para la economía uruguaya, pero que es también, al margen de los fundamentos reales o no, causa de preocupación entre los argentinos.
Deseamos que se abra así, a la brevedad, una nueva etapa, despojada de la cizaña que ha venido a lastimar el espíritu de confraternidad rioplatense por el que trabajaron tantas generaciones de argentinos y uruguayos.
08/10/08
LA NACIÓN
