Geofísicos de La Plata cuentan cómo es la vida en el lugar más frío del planeta. Investigar en condiciones extremas.
Geofísicos de La Plata cuentan cómo es la vida en el lugar más frío del planeta. Investigar en condiciones extremas.
La Antártida es el continente con el clima más frío y extremo del planeta. Su altura alcanza los 3.000 metros, de los cuales 2.700 corresponden al espesor del hielo. Posee además un océano congelado alrededor, el cual se expande y contrae a lo largo del año. Está rodeado por un intenso cinturón de vientos que, especialmente durante el invierno, lo aíslan aún más. Registra el récord de temperatura más fría de todo el mundo, -89.2°. Argentina, uno de los 7 países que reclaman territorio, posee 16 bases. A ellas viajan en forma constante militares y científicos. Tres geofísicos platenses cuentan cómo es “el fin del mundo”.
“En una época (las bases) sólo eran mantenidas por las fuerzas armadas, y algunos de sus técnicos iniciaron indagaciones científicas. Hasta que eso cambió. Desde que el ministerio de Relaciones Exteriores se convirtió en el sostén de nuestra participación en el tratado antártico firmado en 1959, es el instituto antártico argentino el que administra los proyectos de investigación”. La introducción corre por cuenta de Gabriela Badi, geofísica platense que estuvo en la base Decepción, una isla volcánica de 11 kilómetros de diámetro, en las campañas 94-95, 96-97 y 04-05.
En el verano siguiente al de su segundo viaje, en 1998, una crisis sísmica obligó a evacuar la pequeña isla. Es que “el volcán está activo, y nuestra misión es investigar, pero en igual medida proteger a la gente que está en el lugar”, dice la experta.
Recuerda que el geofísico del Observatorio platense pionero en campañas a la Antártida fue Milton Plasencia. “Viajó en 1992 en el marco de un proyecto de colaboración con la UBA (Universidad de Buenos Aires) y España. Yo fui con él, por primera vez, en la campaña de verano 1994-1995; esos viajes duran de diciembre a marzo”, apunta.
Para viajar al continente blanco se requiere presentar un proyecto de investigación desde una universidad, desde el Conicet o desde la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Entonces el instituto antártico “puede decir no. O si, pero no hay financiación. O si y garantizamos la financiación”, explican Gaby y sus colegas Néstor Rossi y Luis Gómez.
La científica cuenta que ellos siempre fueron mediante convenios de colaboración, en su caso con la UBA. Y sobre el lugar detalla que Decepción es “una isla volcánica en forma de herradura, con montañas alrededor y una bahía abierta. El volcán está activo, tiene fumarolas, así que lo que hacemos es sismología, es decir, instalamos equipos para tomar señales sísmicas”.
En el 67, 69 y 70 hubo erupciones. La de 1969 destruyó las bases inglesa y chilena. “Se volvió en 1985”, apunta Luis Gómez, para señalar enseguida que “en los verano 91-92 y 98-99 hubo crisis sísmicas y tuvieron que evacuar la isla en ambas oportunidades”.
Decepción tiene una base semipermanente, que se cierra en invierno. Aunque “siempre se deja algo de reserva por si alguien cae en el lugar y entra en emergencia. Eso se practica en todo el continente”, señala Luis.
Gabriela relata que “hay que llevar todo el instrumental, y no te podés olvidar nada porque una vez que se va el rompehielos Irizar, el grupo queda solo hasta que termina la campaña”, afirma, y sus colegas asienten con la cabeza y una sonrisa.
Añade la geofísica que “durante el día se controla el instrumental, se procesan datos; todo se hace en pos de investigar y de velar por la seguridad de la gente que está ahí”.
Luis Gómez fue alumno de Gabriela, y por ella llegó a contactarse con la gente de la UBA con la que viajó en el verano 2006-2007. “En Decepción hay mucho para recorrer, lindos paisajes. Pero muchas bases están en lugares donde sólo hay roca y hielo, como en Orcadas”, ejemplifica, generando la sonrisa de Néstor Rossi, quien vivió en esa base un año y medio y fue testigo de la trágica desaparición de tres militares.
“Es que Orcadas está más al sur que Decepción, y ni hablar si vas a Belgrano, la más sureña”, resalta Néstor.
Pero antes de pasar a Orcadas, Luis apunta que una de las máximas en la Antártida es la que dice “jamás salgas solo”. Y otra, implícita, tiene que ver con el gran espíritu de colaboración que existe entre los científicos, incluso de distintos países.
“Es que en la base vivíamos doce militares, un técnico del instituto antártico, un geoquímico de la UBA y yo. Y si bien los militares son muy buena gente, tienen una formación y un modo de vida muy distinto”, cuenta.
Sensación, menos setenta
En marzo de 1998, uno de los años en que la isla Decepción debió ser evacuada por la erupción del volcán, Néstor Rossi estaba instalado en la base Orcadas, la primera que se creó en la Antártida -en 1904- en la isla Orcadas del Sur, donde sólo hay un lugar llano de unos 500 metros de superficie. “Fue entonces cuando se perdieron los tres comandos que habían salido en un bote. Fue un hecho terrible”, dice el científico que vivió en el lugar entre noviembre del 97 y mayo del 99.
“Vinieron los equipos de rescate, que nunca los encontraron, y cuando se fueron nos quedamos sin nada. La carne se llegó a poner fea y teníamos que pasarla por vinagre, no había pan ni galletas, apenas yerba y poco más”, dice Néstor. Pero llegó un nuevo envío, y el platense siguió siendo parte de un proyecto ítalo-argentino para “desplegar una red de estaciones sismológicas en el continente antártico a fin de estudiar todo lo relacionado a la tectónica de placas. Luego, mi tarea era obtener datos y mantener equipos ya instalados, repasarlos en forma permanente, cambiarles los cables estresados por el clima”, describe.
“Realmente no es para cualquiera”, dice Gabriela. Y Néstor asiente. “Vos fuiste cuando ya tenías hijos. Yo, cuando mi mujer estaba embarazada, dudé, y desde que nació mi hijo, no sé si lo haría. Es durísimo -subraya-. En invierno, en Orcadas había 18 grados bajo cero en el freezer y menos 30 afuera. Pero con el viento blanco (ráfagas horizontales) la sensación térmica llegaba a 60 ó 70”, dice.
Y añade que “caminar sobre el ese hielo es igual a caminar sobre asfalto”, y recuerda que en pleno invierno sólo hay “luz solar de 12 a 14”. “En Decepción, en verano, es al revés, incluso tenés que tapar las ventanas para poder dormir a oscuras”, dicen Gabriela y Luis.
Néstor volvió a Orcadas en 2001 y 2003. Ríe al recordar que le decían “Orcatraz”, porque “una vez que llegás no te podés ir aunque quieras. Incluso si a alguien le pasa algo, tenés que esperar al barco que quizás está en Buenos Aires”, ejemplifica.
Comentan que para hacer una campaña en la Antártida “hay que pasar por rigurosos exámenes psicofísicos, los mismos que les hacen a los pilotos de aviación. En rigor, son más psico que físicos”, deja caer Gabriela. Y Néstor apunta que “el instituto antártico te hace uno al ir y otro al volver, y si regresás de una invernada, te llaman un montón de veces”, resalta.
Lo describen como un “lugar aislado”. Gaby ríe al decir que una campaña es como “un gran hermano del que no te vas”.
“Nosotros, en Orcadas, saltábamos sobre los escombros de hielo”, casi exclama Néstor Rossi, como recordando una locura. De hecho, Luis acota que “si vas al agua, olvidate”.
Gaby dice: “En uno de los viajes, a un científico se le murió el padre en un accidente y a otro la madre de una repentina enfermedad terminal, y se tuvieron que quedar hasta el final”.
El duro trabajo de ‘hacer ciencia y patria’, bajo la lupa de sencillos investigadores y docentes platenses. (Por Carlos Altavista; El Día)
20/07/15




