Días de mar, cielo y puertos

Las ciudades de Génova, Mónaco, Valencia, Malta y Túnez en un viaje fascinante. Los placeres de la vida a bordo.

Las ciudades de Génova, Mónaco, Valencia, Malta y Túnez en un viaje fascinante. Los placeres de la vida a bordo.

No es posible que el suelo de Roma se esté moviendo. Pero a cada rato el viajero estira las manos para agarrarse de algo, como si el mundo temblara bajo sus pies. Le ocurre en el pequeño hotel de Roma atendido por empleados tan malhumorados que ya caen simpáticos; en las mesas del restaurante donde un hombre gordo toca Adiós Muchachos con un acordeón justo antes de partir hacia Buenos Aires; en los negocios de recuerdos del aeropuerto.

Los sacudones son producto del "mareo de tierra", esa sensación que aparece luego de un prolongado tiempo de navegación. El cuerpo se había adaptado a los vaivenes del barco y ahora, en tierra, le cuesta desacostumbrarse. Nada grave. Dura dos o tres días. Otras costumbres de la vida a bordo de un crucero duran más. Muchos días más. Las fiestas, la buena comida, los shows, el azul del Mediterráneo siempre a golpe de vista no son recuerdos tan leves ni efímeros como los sacudones del "mareo de tierra"; se adhieren a la piel del viajero, se obstinan en no abandonarlo. Otra vez capturado por la rutina, el recuerdo de la dolce vita vuelve y vuelve a la memoria del viajero, como un sueño del que no le hubiese gustado despertar.

Viento en popa

El sol ya cae vertical detrás del mar en el puerto de Civitavecchia, a 60 km de Roma. Son las 20 del domingo 6 de mayo: hora de partida. Alguien golpea la puerta de la cabina y ofrece un champán helado, un plato de frutas y el deseo de un "Buen viaje".

A una velocidad de 30 km por hora el lujoso crucero MSC Sinfonía se empieza a abrir paso serenamente por las aguas del Mediterráneo. Por unos días, la mayor parte del tiempo, el mundo -la vida- será este gigante de 58.000 toneladas, 250 metros de largo y 14 pisos sobriamente decorados, con 775 cabinas, capacidad máxima para 2.100 huéspedes y 700 tripulantes (uno cada tres cruceristas) dispuestos a resolver -siempre con una sonrisa a flor de labios- el menor capricho de los pasajeros.

El programa propone ocho días y siete noches de mar y de tierra; ocho días y siete noches de vida a bordo y de ciudades. A bordo: piletas, casino, disco, bares y restaurantes, gimnasio, teatro, minigolf, driving, duty free, fútbol 5 y spa. En tierra: cinco puertos y dos continentes; en Europa, Génova, Mónaco, Valencia y Malta, y en África, Túnez.

El primer puerto

A las 8 del lunes, el Sinfonía llega a su primer destino. El ventanal del camarote descubre la silueta de Génova, imponente, apretada contra las montañas, señora del mar como la definió Petrarca. El tiempo de desembarco permite primero una escapada hasta Portofino, en la fantástica costa de la Liguria. El ascenso a la iglesia San Giorgio deja exhausto, pero recompensa con una vista maravillosa de casitas de vivos colores formando una media luna alrededor del puerto. Ya caminamos por las empedradas y elegantes calles, ahora es tiempo de tomar un expreso en el puerto y contemplar en silencio este pueblito de cuento, que mezcla en dosis exactas glamour y aquel espíritu original de aldea de pescadores. No es posible no conmoverse ante tanto encanto. No es posible que Portofino no conmueva al viajero. Menos aún si el viajero llega en primavera.

Otra vez en Génova. Quedan unas horas para recorrer su casco histórico, sus callejuelas (los "caruggi", que no tienen más de un metro de ancho), los palacios, la orgullosa vía Garibaldi, la iglesia de Jesús y sus pinturas de Rubens, y la Catedral.

El crucero parte a las 19. Me acomodo en cubierta y veo alejarse la ciudad de Génova. La misma ciudad que, también desde un barco, hace 85 años, veía alejarse Miguel, mi abuelo, con proa hacia la prometedora Argentina.

Llegadas y partidas

No hay forma de escapar a la nostalgia en cada puerto que se deja. Es la tristeza de la partida por la partida misma, de ver que las ciudades donde el viajero caminó, se asombró, rió, se van haciendo cada vez más chicas, hasta reducirse a un punto en el horizonte y desaparecer. El viajero sabe que, de un modo u otro, un retazo de su vida se queda allí. Tampoco hay forma de frenar el entusiasmo al llegar a un nuevo puerto. Esa parece ser una de las coordenadas del crucero: la nostalgia del adiós y la agitación del descubrimiento. En el medio, entre puerto y puerto, la placentera vida a bordo.

El principado del glamour

Otra mañana. Esta vez Mónaco aparece frente al camarote. Con dos kilómetros cuadrados de superficie, Mónaco es uno de los países más pequeños del mundo y también escenario de una vida marcada por la fastuosidad, el juego y el jet set. En la Plaza de Montecarlo, la displicencia de la gente sentada de cara al sol en el Café París, la fachada del Casino y el desfile de limusinas y autos deportivos anticipan por qué este es uno de los rincones más glamorosos del planeta. Llegamos al Palacio del Príncipe a las 11.55, justo cuando se produce el cambio de guardia en la puerta del edificio color arena. Tradiciones de la realeza.

Manjares en alta mar

Todas las noches a las 21.30 el grupo de cinco argentinos que compartimos este crucero cenamos en el restaurante Il Galeone. Nuestra mesa es la 196, atendida por Carlito, quien se enoja si no se lo llama así, aunque su nombre sea Carleto.

Carlito es un napolitano alto y robusto, con cara de nene y una sonrisa generosa, en especial cuando satisface pedidos fuera de menú. Es difícil imaginar a Carlito en alguna ocupación que no esté relacionada con el placer de la comida. Ha elegido bien su trabajo Carlito, ya que en el Sinfonía la comida es un tema central. Hasta se podría sospechar que algunos pasajeros esperan con más entusiasmo la llegada del plato a su mesa, que el arribo del barco a un puerto.

El desayuno y el almuerzo son pantagruélicos. Por la tarde, té o café con masas y tortas. El menú de la cena cambia todos los días y consta de entrada, sopa, plato principal, segundo plato y postre. Hay más: a partir de la medianoche se habilita un bufet libre. No, no es posible llegar al final de la travesía sin dos o tres kilos más.

Naranjos, fallas y paellas

Estamos en Valencia, la ciudad de los naranjos, las fallas y la paella. En el casco, la belleza de la arquitectura gótica seduce a primera vista. En ese conjunto, impacta la Catedral, desde cuyo campanario se obtiene una espectacular panorámica de Valencia. A metros, otro imperdible: la Plaza Redonda, donde se alinean tiendas de porcelana y cerámica que parecen detenidas en el tiempo. Antes habíamos admirado la Ciudad de las Artes y las Ciencias, con sus futuristas edificios del Museo de las Ciencias, el Palacio de la Música, el Oceanógrafo y el Planetario.

En navegación

El Mediterráneo esta mañana está planchado, es una enorme pileta azul brillante. El Sinfonía pone proa hacia la isla de Malta. Navegará todo el día y llegará recién mañana al mediodía. Es una buena jornada para disfrutar de la vida a bordo. La opción relajada puede incluir el necesario reencuentro con uno mismo en la comodidad del camarote, el descanso junto a las piscinas y la simple contemplación del hipnótico Mediterráneo. Pero en cada piso del barco -bautizados con nombres de compositores célebres, como Beethoven, Schubert, Mozart- hay actividades para elegir. Hoy se propone desde juegos de cartas y bingo hasta demostraciones de cocina y clases de merengue y salsa. Para los más chicos, entretenimientos en el mini club.

La isla de color miel

Altos Jardines de Barracca, en Malta. La vista del puerto desde ese mirador justifica por sí sola la visita a esta isla tan enigmática como hermosa. Esa imagen del mediterráneo más azul que contrasta con el conjunto amarillento de la ciudad quedará para siempre grabada en los ojos.

Malta, la "Isla de miel", impresiona como una ciudadela esculpida en la piedra amarillenta. En sus 7000 años de historia pasaron por aquí turcos, italianos, los Caballeros de la Orden de San Juan, franceses e ingleses. Finalmente, Malta logró su independencia en 1964.

En La Valleta, capital de Malta, caminamos entre fachadas talladas, patios rodeados de fuentes y escudos de armas. En la Concatedral, dos cuadros del artista italiano Caravaggio –la Decapitación de San Juan Bautista, firmada con sangre del autor, y San Jerónimo– maravillan al viajero. Luego recorremos la antigua capital, la Mdina, un delicioso laberinto de callejuelas que deja descubrir iglesias, palacios y fortalezas medievales.

Los shows

Después de la cena, los compases de un tango nos encaminan hasta el pub Shelagh’s, donde la orquesta Anteprima toca Libertango. Más tarde, en el teatro San Carlo, un espectáculo de flamenco es aplaudido de pie por varios españoles, que junto con los italianos y alemanes son mayoría en esta "Babel flotante".

Elegimos seguir la sobremesa en Manhattan, donde Antonela, delgada y con el cabello revuelto, deleita con el clásico Bésame Mucho. Algunos ya apuntan a la disco Pasha. Otros prefieren ir a probar suerte en el casino.

Entre laberintos

Último puerto: La Goulette, en Túnez. Estamos en la vieja Medina de Túnez, una trama de estrechos y rumorosos laberintos que se extienden por kilómetros, repletos de artesanías, vestimenta típica, perfumes. Ya nos resistimos a cinco vendedores que arrojaban alfombras por el aire y lograban que cayeran perfectamente extendidas en el piso.

Pero el viajero siente que en este mercado árabe hay un vendedor por metro cuadrado. Muchos hablan varios idiomas y hasta preguntan si somos de Córdoba o Villa Ballester. Si uno entra en conversación, irremediablemente tendrá que comprar algo. Mejor caminar con cara de pocos amigos y cuando algo guste, ofrecer un precio bajo e irse. Sí, el vendedor llamará a los gritos y aceptará la oferta o mejorará mucho el precio inicial.

A media hora de la Medina, como un balcón al mar, está el increíble pueblito de Sidi Bou Said. Algo mágico debe volver tan bella a esta villa de casas blancas con puertas y ventanas de un azul tan profundo como el Mediterráneo. Algo mágico debe ocurrir en esta villa donde florecen las santa rita más grandes y rojas del mundo.

El viajero no se fue aún de Sidi Bou Said –habrá tiempo aún para que un vendedor pregunte por la salud de Maradona y se lleve el puño al corazón–, recorre sus empinadas callecitas, pero ya sabe que siempre querrá volver a este rincón del mundo.

Puerto sin más puertos

Última noche en el crucero Sinfonía. Apenas queda un pedazo de Mediterráneo y la última sobremesa para repasar los mejores momentos del viaje. Como proyectadas por una moviola pasan imágenes de ciudades y culturas disímiles, la cena de gala y los atardeceres anaranjados sobre el Mediterráneo, la partida de la enigmática isla de Malta desde la sala del comandante y las soleadas tardes de pileta. Pero Civitavecchia espera en el horizonte, apura el final del viaje. Civitavecchia, puerto sin más puertos. Ultima escala al mundo real.

13/06/07
CLARIN

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