¿Cuál es el vínculo con la Antártida?

Los más encendidos cultores de la lucha por la soberanía argentina en las Malvinas suelen agregar, a la larga lista de motivos por los cuales habría que acompañarlos en esa lucha, que las islas constituyen la base para la proyección argentina en la Antártida.

Los más encendidos cultores de la lucha por la soberanía argentina en las Malvinas suelen agregar, a la larga lista de motivos por los cuales habría que acompañarlos en esa lucha, que las islas constituyen la base para la proyección argentina en la Antártida.

Y si uno se distrae, echando un vistazo al mapa del Atlántico Sur, puede llegar fácilmente a creerles. ¿Acaso las Malvinas no están apenas al norte del así llamado Sector Antártico Argentino? La imagen de una concatenación aparece como una respuesta sencilla.

En verdad, las Malvinas poco y nada tienen que ver con las aspiraciones argentinas en la Antártida y creo que vale la pena abordar brevemente la cuestión para disipar un lugar común, de los tantos que crecen y proliferan en el seno de la causa Malvinas.

En un mundo de estados nacionales en sentido clásico, las aspiraciones territoriales argentinas sobre la Antártida sí podrían depender de una proyección geográfica, quizás no de Malvinas pero sí, tal como es el caso de la delimitación del Sector, de los puntos extremos al oeste y al este del territorio continental argentino. Pero no es este el caso.

Para bien o para mal –personalmente creo que para bien–, nuestra presencia en la Antártida nos conecta y nos hace partícipes de primer nivel de una experiencia internacional novedosa, que trasciende el mundo de los estados nacionales. Me estoy refiriendo al Tratado Antártico y a la realidad de la presencia internacional en la región.
El Tratado Antártico, firmado en 1959 por todos los países que hasta entonces tenían una presencia en la Antártida, conjugó en un complejo equilibrio las voluntades y las posibilidades de dos tipos de países: primero, aquellos que habían hecho reclamaciones de soberanía en el continente blanco (Argentina, Chile, Gran Bretaña, etc.); segundo, aquellos que no habían hecho tales reclamaciones, no querían hacerlas, y no reconocían ninguna reclamación ajena (Estados Unidos, la ex Unión Soviética, etc.).

La paz, la desnuclearización, el énfasis en la investigación científica y la cooperación internacional en la misma, el cuidado del medio ambiente antártico y la protección de su rica flora y fauna fueron desde entonces los ejes de un conjunto de regulaciones que, por una parte, fueron conformando un importante corpus legal siempre en el marco del Tratado y, por otro lado, fueron regulando efectivamente las conductas de los países que con el paso de los años se fueron incorporando a la actividad antártica y se convirtieron primero en observadores y luego en miembros plenos del Tratado, todos ellos en una postura internacionalista (por ejemplo, China y Brasil).

Nos encontramos, así, delante de una realidad que poco y nada tiene que ver con el territorialismo estatal clásico. Se trata de un grupo ya bastante numeroso de países que gestionan en conjunto su presencia en un inmenso e importantísimo territorio. Y en el que, desde luego, las posibilidades de que las reclamaciones de soberanía territorial vayan a cobrar fuerza en el futuro son nulas. Para dar un simple ejemplo, en la península antártica (la maravillosa continuación de la cordillera de los Andes) y las islas que la circundan hay decenas de bases de muchos países. Tanto reclamantes como no reclamantes o internacionalistas. Es absurdo pensar que a los chinos, por ejemplo, pueda llegar a importarles en el futuro que la Argentina o Gran Bretaña hace muchas décadas formularon un reclamo de soberanía.

El problema es que los argentinos, por desinformación o por empecinamiento, miramos el problema bajo la óptica del territorialismo estatal. Sin ir más atrás en el tiempo, recientemente un diputado nacional sostuvo en un documento que es hora de ir pensando en denunciar el Tratado Antártico. Denunciar el Tratado Antártico es darse un tiro en el propio pie. Argentina no avanzaría un milímetro en su pretensión territorialista, pero sí destruiría un prestigio bien ganado como protagonista de ese sistema internacional y se retiraría del lugar de las decisiones.

En cambio, permaneciendo en el Tratado, cooperando más profundamente dentro del mismo incluso con países internacionalistas como Brasil, podremos beneficiarnos de participar de la gestión de un continente internacionalizado cuyo potencial para el bien de la humanidad es inmenso. No metamos la Antártida en la bolsa de las Malvinas, que ya tiene demasiadas cosas.

*Investigador principal del Conicet y miembro del Club Político Argentino.

Por Vicente Palermo

31/03/12

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