Contextos, gestas bíblicas y las tres gradas ocupadas en Río Santiago

El contexto hace al significado. Una misma frase, dicha en 1800, 1950 o 2013, no significa en absoluto lo mismo. La misma frase, enunciada por un líder popular de una potencia emergente dice algo que no logra convencer si el que la proclama es un sindicalista, un empresario o un político de un país sumergido en décadas de imprevisión.


El contexto hace al significado. Una misma frase, dicha en 1800, 1950 o 2013, no significa en absoluto lo mismo. La misma frase, enunciada por un líder popular de una potencia emergente dice algo que no logra convencer si el que la proclama es un sindicalista, un empresario o un político de un país sumergido en décadas de imprevisión.

Aclamar algo, en la Argentina, dispara la gimnasia de las interpretaciones en ese argentino que escuchó demasiadas veces lo mismo. Por eso el clamor de previsibilidad y seguridad jurídica. Por eso, al volver a escuchar una repetición, se acciona una duda metódica tan ejercitada que cae en un descreimiento sintomático. “Ver para creer”.

Otra cara de este fenómeno es una admiración proporcionalmente automática a los logros de terceros. Admirable Brasil, por ejemplo, que se transformó en potencia naval, petrolera y, ahora, aérea con sus Embraer. Frente a estos logros, el presente argentino es accesorio. La noticia de que el único astillero del país capaz de construir buques de gran porte volverá a tener, luego de décadas, sus tres gradas ocupadas provocó el “ver para creer” de muchos, y un entusiasmo antológico entre los 3000 empleados que tendrán trabajo hasta 2025.

El empresario que copó las gradas (la empresa Abadía del Mar es la que ordenó la construcción de dos remolcadores y cuatro graneleros) no puede darse el lujo de “ver para creer”.

Si la frase “barcos argentinos, para la bandera argentina, construidos por argentinos y tripulados por argentinos” la dice un sindicalista, la reacción es de cierto temor. Si la dice un Gobierno, se piensa en la estatización. ¿Si la dice un empresario? “Ver para creer”. Si el gentilicio de aquella frase fuera “brasileños” o “norteamericanos” no sería necesario “ver para creer”: está instalada la noción de que la responsabilidad y seriedad en la ejecución de políticas de Estado en esos países es un hecho que no se repite acá.

Ricardo Cazou, titular de Abadía del Mar, hizo de su insistente paciencia estratégica un arte provocador e intrigante. Su relación con Río Santiago lleva 20 años. En 2008, dio un paso para materializar un proyecto armatorial ambicioso, y se topó con el bluff del leasing naval. Hace poco más de un año, su alianza con Omar Suárez lo puso en la situación de garantizar, a priori, una conducta.

Reflotar la marina mercante y la industria naval es una gesta bíblica.

Tomás, el Mellizo, es el apóstol que sintetiza al argentino de estos días.

Por Emiliano Galli | LA NACION

22/10/13

LA NACION

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