Bienvenidos a Lavalle, una feria de irregularidades de 500 metros

Bienvenidos a Lavalle, una feria de irregularidades de 500 metros

Cansados de las tantas buenas noticias que propone la campaña, retransmitidas por nuestros obedientes colegas del ámbito pesquero, fuimos hasta el puerto de General Lavalle a darnos un baño de realidad como para contrapesar tanta genu-flexión barata.

Cansados de las tantas buenas noticias que propone la campaña, retransmitidas por nuestros obedientes colegas del ámbito pesquero, fuimos hasta el puerto de General Lavalle a darnos un baño de realidad como para contrapesar tanta genu-flexión barata.

El puerto de General Lavalle está ubicado a unos 200 kilómetros al norte de Mar del Plata por la ruta provincial Nº 11. Durante cada invierno tiene lugar allí la zafra de corvina rubia, que es capturada por más de treinta barcos costeros pescando a la pareja, con red de arrastre y a poca distancia de la costa. El nivel de actividad es esquizofrénico, las capturas son abundantes, la mayoría de los barcos comple-tan sus bodegas en apenas un par de lances y entran y salen de la ría que comu-nica al puerto con el mar cada 12 horas, dependiendo indispensablemente de la pleamar. De los barcos que allí operan, al menos este año, la mitad tienen allí su puerto de base y el resto proviene de Mar del Plata.

Pero la zafra de corvina rubia en General Lavalle es, además de todo esto, un catálogo completo de irregularidades, tan comunes a la pesca bonaerense inde-pendientemente del puerto en cuestión.

Llegamos muy temprano, casi al amanecer. La pleamar había sido a las cuatro de la mañana y el movimiento de la estiba estaba en plena y máxima actividad. De-ntro del puerto, sobre el muelle de hormigón, descargaban los barcos locales; y a las afueras, en una especie de plazoleta bañada por la ría, descargaban tres pare-jas de costeros marplatenses. Envuelto en el brillo deslumbrante que proponía el contraluz de la escena se me acerca alguien que sólo reconocí al tenerlo a tiro de apretón de manos: era “El Pelado”, un viejo conocido de muchos años, marinero él de toda la vida. Inmediatamente generamos una ronda de mates, imprescindible para calentar el cuerpo e inmejorable para ponernos al tanto de cómo venía la cosa.

–¿Chico el pescado?– pregunté, dando por descontada su respuesta afirmativa, ante la evidencia que yacía en cajones frente a nuestra mirada.

–No, nada que ver, chico era el de las tres semanas anteriores– respondió un compañero del Pelado, quien pasó a describirme que durante veinte días los bar-cos de Lavalle entraron abarrotados de corvinas del tamaño de un atado de ciga-rrillos.

Igual te lo pagan bien –intervino otro de los marineros–, ese chiquitito lo garpan 2,20 pesos. Este –en alusión al que estaban descargando– lo pagan algo de 2,70 y el grande anda en los tres mangos.

El pescado en cuestión y que estaban descargando en ese momento era en un 80 por ciento corvinas que rondaban los 20 o 25 centímetros; el resto estaría cerca de los 30 y en algún que otro cajón había alguna corvina que rondaría los 40 o 45 centímetros. Cabe recordar que la corvina alcanza su madurez sexual cuando mide entre 34 y 36 centímetros y que no se debería pescar más del 10 por ciento de juveniles.

Al margen de la composición, la pesca es prácticamente un trámite de pocas horas, puesto que la abundancia de recurso es asombrosa: las parejas completan en la mayoría de las mareas tras realizar apenas un par de lances. Una de las pa-rejas que allí estaban, ese día había completado las bodegas luego de un solo lan-ce de 1.700 cajones, aunque hicieron otro más corto para traer unos cuantos ca-jones sobre la cubierta de ambas embarcaciones, algo que está totalmente prohi-bido por ley. Pero eso claro está, es en el universo de los papeles que nada tienen que ver con la realidad.

La captura viene en las bodegas de los barcos, a granel, al igual que sobre las cu-biertas; no trae una mísera escama de hielo aunque, a decir verdad, no parece imprescindible a juzgar por lo reciente de la captura y por el frío reinante. Aunque luego ese pescado es encajonado y trasladado mayoritariamente hacia Mar del Plata y ahí sí sería deseable que se acondicionara adecuadamente, ya que muchas veces termina incumpliendo las mínimas condiciones exigidas por SENASA. Ah, hablando del SENASA, no vimos a ningún funcionario de ese organismo estatal.

A los que tampoco vimos, dentro del puerto ni fuera de él, fue a ningún delegado del Ministerio de Trabajo o representante sindical que pudiese observar la preca-riedad laboral de la gente de la estiba, que en ningún caso trabajaba con ropa ni calzado adecuados y la mayor parte de ellos cobra un jornal en negro.

Al que sí vimos pasear por el muelle fue al “Pato” De Negris, Director de Fiscaliza-ción de Pesca de la Provincia de Buenos Aires. El funcionario, mano derecha del “Gato” Novero, deambulaba por donde operaban los barcos con otros tres “mu-chachos” más; pero lejos de verificar la presencia de juveniles, certificar las canti-dades desembarcadas y declaradas, la presencia de pescado a granel en bodega o en cubierta, se paseaba bien abrigadito, sonriente y detrás de sus anteojos de sol como podrían pasearse cuatro señoras gordas por la rambla marplatense en un día cualquiera de primavera. Les faltaba el caniche y el pañuelito al cuello para parecerse a las del barrio Los Troncos.

–¿A este lo tuvieron que arreglar para que mire para otro lado?– pregunté a un patrón, que tejía una red al lado mío.

–No, ahora no, tuvimos que poner cinco lucas pero para entrar, ahora está todo bien, nadie te dice nada. Sólo les tenemos que dar trescientos a los de la gorra por cada barco cada vez que entramos, nos pidieron para las cosas de la limpieza de la delegación y eso. Pero bueno, te dejan traer pescado en cubierta y no te joden con nada–, me dijo sin dejar de tejer.

El dato es difícil de comprobar. Sólo puedo confirmar que la delegación de la PNA estaba muy limpita. Y también puedo afirmar que cuando fuimos a presentar nuestros documentos pregunté al prefecto de guardia si ellos recibían los partes de pesca; me contesto que sí y me aseguró que se declaraban entre 4.000 y 5.000 kilos de pescado en cada parte. Ese día, entre los seis barcos cuya descarga observamos, se bajaron más de 7.000 cajones de aproximadamente 35 kilos. Unos 40.000 kilos de corvina, juvenil en un 70 por ciento por lo menos. Lo que me dijo el prefecto coincide con lo que maneja la estadística oficial y reflejan los informes del INIDEP. La realidad es más o menos siete veces mayor.

Dentro de la zona portuaria donde descargaban los locales la situación era similar aunque un poco más graciosa: caminando por el muelle con la cámara en la mano uno podía darse cuenta que lo que allí sucedía era irregular aunque no supiese nada de la pesca. Al pasar nuestro, las descargas se interrumpían sistemáticamen-te; y un gordito cachetón de chaleco blanco, que se movía en una camioneta de “Pesquera Pago de Santo” y parecía el armador del barco, fue a pedirle a la Pre-fectura que nos sacara del muelle. Parece que estaba molesto porque sacábamos fotos al pescadito que bajaba, porque pudiéramos ver que no le ponía hielo a los cajones, o tal vez le molestaba la idea de que pusiésemos en la nota que traía pescado a granel o que tenía gente trabajando en negro. Vaya uno a saber, noso-tros sólo sacábamos fotos sin saber si la gente trabaja en negro. El pescado venía a granel, era chiquito y no le ponían más que un puñado de hielo arriba, nada más.

Así las cosas, nos quedamos un rato más y nos fuimos para no seguir siendo causa de la súbita inactividad del puerto; al fin y al cabo, los muchachos y los chicos de la estiba estaban allí desde las cuatro de la mañana y no les queríamos complicar más el día. Ya habíamos visto lo que fuimos a ver, que no es más que lo que vemos todos los años y que seguramente seguiremos viendo algunos años más, mientras quede corvina.

Antes de retirarnos definitivamente pasamos por Prefectura a agradecer su amabi-lidad. El jefe de turno nos llamó la atención: “Vieron el desastre que están hacien-do, ahí tenés a los que tienen que impedirlo, aprovechen para preguntarle” y nos señaló a los inspectores de Provincia que tomaban sol sobre un banco del tipo de los de plaza en la puerta de la Prefectura.

Sin dejar de coincidir, nos fuimos. ¿Qué les vamos a preguntar a De Negris, Dona-to y los otros dos? Es tan evidente su inoperancia e incapacidad que de nada sirve lo que respondan; ya habíamos visto todo lo que allí sucede como puede verlo cualquiera y a esta altura nadie pretende demasiado de la gente de Novero. No teníamos ganas de perder diez minutos escuchando tonterías y mucho menos que nos mientan.

22/06/09
REVISTA PUERTO

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