(FNM) Desde fines de noviembre, la jornada de los trabajadores de los astilleros Brasfels, en Angra dos Reis, empieza con una especie de ruleta rusa. Los molinetes electrónicos de acceso sumaron una nueva función: decidir la suerte de más de 6.500 empleados. Los más afortunados reciben la luz verde para continuar con su trabajo. Pero unas dos mil “balas” fueron programadas y quedaron listas hasta que alguien “apretara el gatillo”. Ya hubo por lo menos 500 víctimas, según el sindicato local.
(FNM) Desde fines de noviembre, la jornada de los trabajadores de los astilleros Brasfels, en Angra dos Reis, empieza con una especie de ruleta rusa. Los molinetes electrónicos de acceso sumaron una nueva función: decidir la suerte de más de 6.500 empleados. Los más afortunados reciben la luz verde para continuar con su trabajo. Pero unas dos mil “balas” fueron programadas y quedaron listas hasta que alguien “apretara el gatillo”. Ya hubo por lo menos 500 víctimas, según el sindicato local.
La historia de empleados que se enteraron de su destino como si fuese un juego de azar, asusta a los que quedan. “En la última limpieza, nadie lo sabía. Simplemente llegaron en sus horarios, se les bloqueó la tarjeta de acceso y fueron despedidos. Ahora, todo el mundo está con miedo de llegar y encontrarse bloqueado”, cuenta Daniel Castilho, que trabaja como operario y hoy convive con la inseguridad acerca de su futuro.
Brasfels es uno de los dos últimos astilleros en sucumbir a la crisis que arrasa el sector naval. Petrobras, principal cliente, ya venía enfrentando dificultades financieras desde 2013 cuando la Operacion Lava Jato, de la Policía Federal, detectó el involucramiento de exmiembros de la cúpula de la estatal en un esquema de corrupción. Una gran cantidad de contratos quedaron bajo investigación y muchos fueron suspendidos.
Sete Brasil, empresa creada para la construcción de buques de perforación exploratoria para Petrobras también está bajo sospecha; se ha quedado desde fines de 2014 sin fondos para pagar a los astilleros y perdió el acceso al financiamiento que resulta crucial para llevar las obras adelante. Como si no fuera suficiente, la petrolera canceló algunas órdenes de construcción que ni siquiera habían salido de la carpeta, pero que constituían una esperanza de ingresos futuros para Sete.
Los trabajadores de Angra dos Reis, en la Costa Verde de Rio, todavía resistieron algún tiempo. Antes, fueron despedidos los empleados de los astilleros Atlântico Sul (PE), Ecovix (RS) y Mauá (RJ). Pero la situación se tornó insostenible. Durante la semana pasada, la lista creció todavía más: el Astillero Ilha S.A. (Eisa) y su subsidiaria Eisa Petro Um, en Rio de Janeiro, cerraron las puertas, despidieron a más de 3.000 personas y solicitaron la recuperación judicial.
Arthur Barbosa da Silva, de 66 años, trabajaba como supervisor de proyectos en Brasfels. El 2 de febrero de 2016, cumpliría 50 años en el astillero, que comenzó llamándose Verolme y cambio de dueño en 2000. “Fue mi primer empleo. Es toda una vida. Sentí tristeza porque estoy muy acostumbrado a este ambiente de trabajo”, dice.
Viejos temores
Los despidos en el astillero reavivaron las imágenes de una vieja película que ahora pasa por la cabeza de los gestores y habitantes de Angra dos Reis. Antes de convertirse en Brasfels, el antiguo astillero Verolme quedó desactivado por cerca de cinco años. “Todo los comercios de Jacuecanga (barrio donde está instalada la planta) murieron. Esa es nuestra preocupación: que haya una crisis sin precedentes en el astillero y en el secor naval y que la historia vuelva a repetirse”, afirma el secretario municipal de Actividades Económicas, Marcelo Oliveira.
La municipalidad calcula que hay cinco trabajadores indirectos por cada empleado de la construcción naval. Si se concretaran los 2.000 despidos anunciados, habrá por lo menos otras 10.000 personas con sus empleos amenazados. El Sindicato de Metalúrgicos de Angra dos Reis consiguió suspender al menos los despidos hasta principios de enero, cuando se reiniciarán las discusiones con la empresa.
Para las arcas de la ciudad, ya llegaron los tiempos de las vacas flacas. Entre enero y noviembre, Brasfels dejó de pagar R$ 990 mil en impuestos de servicios al municipio, el equivalente al 20% de la facturación del año pasado. Y ya se avisoran otros golpes al erario, producto de la pérdida de poder adquisitivo de quienes pierdan su empleo y las consecuentes dificultades para el pago de impuestos. (Portos e navios)
29/12/15
