Desde de la Segunda Guerra Mundial, Europa no se enfrentaba a una crisis migratoria de la magnitud de la que se observa actualmente. Miles de personas de todas las edades mueren ahogadas al intentar llegar a las costas europeas. Entre quienes se lanzan al mar sin la más mínima seguridad, sólo montados en su enorme esperanza por cambiar el destino de infortunio y desesperación que les han deparado sus propias tierras, hay hombres y mujeres solas, pero también familias enteras.
Desde de la Segunda Guerra Mundial, Europa no se enfrentaba a una crisis migratoria de la magnitud de la que se observa actualmente. Miles de personas de todas las edades mueren ahogadas al intentar llegar a las costas europeas. Entre quienes se lanzan al mar sin la más mínima seguridad, sólo montados en su enorme esperanza por cambiar el destino de infortunio y desesperación que les han deparado sus propias tierras, hay hombres y mujeres solas, pero también familias enteras.
La foto del cuerpo del pequeño Aylan Kurdi, el niño de tres años que apareció ahogado en una playa de Turquía, ha sido la más cruda, triste y, al mismo tiempo, exacta definición del drama que atraviesan los refugiados sirios, nigerianos, iraquíes, somalíes y afganos, entre otros de numerosas procedencias.
Esa imagen provocó que algunos países reacios a recibirlos comenzaran a abrirles las puertas, pero el proceso sigue y es dramático.
Mientras humanitaria y políticamente la ayuda intenta organizarse, hay quienes no necesitan ni de leyes ni de pactos para hallarle algún tipo de solución a esa marea humana, cuyos miembros se lanzan al mar buscando una forma de vida mejor.
Muestra de ello es la foto que recientemente recorrió el mundo: la del rescate del mar Egeo de otro pequeño bebe por parte de un equipo de voluntarios del que forman parte dos argentinos. Nicolás Migueiz Montán lo conduce y fue su rostro el que apareció en los medios aupando a un niño al que se hubiera tragado el mar de no haber mediado su ayuda.
Migueiz Montán tiene 34 años, es guardavidas y oriundo de Zelaya, partido de Pilar, en la provincia de Buenos Aires, pero hace siete años que vive en Barcelona, donde ejerce su oficio. El rescate del bebe en el mar Egeo es la síntesis de un acto heroico, aunque a él no le gusta que se lo defina de ese modo. Ciertamente, no ha sido ni será el único que protagonice desde que decidió trasladarse a la isla griega de Lesbos, hace unos dos meses. Sin embargo, su ayuda, como la de sus compañeros, es especial: no esperan a que los refugiados lleguen maltrechos o exangües a la costa para atenderlos. Nadan hacia ellos apenas divisan el naufragio con la ayuda de binoculares, apostados en lugares altos de la isla.
Junto con Migueiz Montán trabajan la argentina Fiorella Crotti, de 28 años; un rescatista uruguayo, y otros tres españoles, todos ellos integrantes de la ONG Proactiva Open Arms, de Badalona, Barcelona, dedicada, tal como se indica en su página web (http:/www.proactivaopenarms.org), a “salvar vidas en el mar”, para lo cual requieren la ayuda de donativos que les permitan adquirir material especializado para seguir adelante, de una manera más profesionalizada, con su proyecto humanitario, además de poder sumar nuevos rescatistas.
En oportunidad de registrarse el naufragio en la isla de Lesbos, de las 300 personas que cayeron a las aguas estos “ángeles del mar” salvaron a 242. Los ayudaron pescadores de la zona que, como ellos, sólo contaban con su cuerpo y una enorme voluntad para evitar más muertes.
“No soy un héroe; después de cada rescate, me encierro solo y lloro como un nene”, dijo Migueiz Montán durante una reciente entrevista. Ser consciente de que no puede salvar a todos y que, en ocasiones, no hay otra salida que dejar a alguien debilitado librado a su suerte es una sensación demasiado desgarradora para quien, precisamente, está dispuesto a dar la vida por el prójimo.
Quienes, desde la distancia, vemos el esfuerzo, la valentía y la pasión que, como él, muestran muchísimos rescatistas les agradecemos por semejante entrega. Del mismo modo que seguramente les agradecen todas las personas que hoy pueden seguir peleando por un futuro porque alguien las salvó de morir. (La Nación)
25/11/15

