Al límite del naufragio en un velero, con un viento de 100 Km en el río

Fue el lunes, muy cerca de La Plata, cuando el “Alazán” y sus 4 tripulantes llevaban casi tres días de navegación.

Fue el lunes, muy cerca de La Plata, cuando el “Alazán” y sus 4 tripulantes llevaban casi tres días de navegación.El plan era correr la vuelta de la regata Buenos Aires-Punta del Este. Ya había participado varias veces, pero era la primera vez que lo hacía en mi velero, el “Alazán”. En la manga de ida nos había ido muy bien para el debut: honroso noveno puesto en su categoría. Por tratarse de un barco relativamente pequeño -un 27 pies, esto es, 8,30 metros de eslora-, el Alazán era uno de los tres benjamines de una flota de 114 barcos que estaban en competencia.

La vuelta desde Punta del Este se largó el viernes pasado. Eramos cuatro tripulantes.

Martín, flamantes 50, físico y navegante de toda la vida. Uno de sus relatos favoritos es una singladura que hizo a Brasil en un barco de madera de 1929, y que terminó cuando, de regreso, se le rompió el mástil frente a Punta del Diablo, en el norte uruguayo. Eduardo, el más veterano y sabio del grupo, es sobre todo un aventurero. Nos deleitó con los relatos de sus expediciones en piragua por el Bermejo y el Ayuí, y algunas emergencias en su avión ultraliviano. Y Gabriel, 43, un argentino que desde los 3 años y hasta los treinta y pico vivió en Roma, y que ahora se dedica aquí a la informática.

A las 18.30 del viernes 7 cruzamos la línea de largada en la bahía de La Mansa. Con un viento de 20 nudos (37 km) de frente, nos esperaba un recorrido de unas 180 millas náuticas, más de 300 kilómetros sobre el agua. De ahí en adelante todas las condiciones para la navegación se darían en contra.

Tras dos días de un sol que partía la nuca y noches de cielo límpido que desafiaban a identificar estrellas y constelaciones, la mañana del lunes pasado el viento nos dejó al sur de La Plata.

Martín ya se había tirado al río para refrescarse, Eduardo daba una clase de entomología que se disparó por la presencia de aguaciles, y Gabriel se disponía a calentar los fideos con queso que habían sobrado de la cena. Pasadas las 13 navegábamos por el medio de la rada La Plata, donde los grandes barcos esperan para ser llevados por un práctico hasta el puerto de Buenos Aires. Me comunique por VHF con Prefectura de La Plata. Di nuestra posición y estimé en ocho horas nuestra llegada a Puerto Madero. “Buena navegación”, me desearon. Pero lo que vendría sería tremendo. Apenas pasamos La Plata, apareció en la proa un frente que venía del norte. Era un cielo azul-negro que se encendía con los destellos de las descargas eléctricas. Ibamos hacia allí. Ya no había escape.

Martín y yo nos pusimos los trajes de agua, y entre todos achicamos la vela mayor y enrollamos la de proa para oponer la menor resistencia posible al viento. Serían las tres de la tarde cuando empezaron a caer las primeras gotas. La lluvia aumentó pronto y disminuyó la visibilidad. Con Martín al timón, el más experto, el Alazán apenas avanzaba en una calma que duró nada. Yo trabajaría con las escotas, esto es, con los cabos que regulan la posición de las velas. Gabriel y Eduardo, por seguridad, se quedaron adentro.

De pronto, el viento rotó al Sur y empezó a soplar fuerte. El río se encrespó y aparecieron las primeras grandes olas por popa. Miré el anemómetro y ya marcaba unos 40 kilómetros de viento. Estábamos bajo una cortina de agua. La marejada aumentaba y me aseguré en el GPS que no nos estuviera abatiendo hacia un barco hundido. Porque el Río de la Plata es una gigantesca palangana de escasa profundidad donde sobran las boyas de naufragios.

El escarceo ya era tremendo, y cuando volví a mirar de reojo el anemómetro, nos sacudía un viento de 80 kilómetros. El Alazán volaba sobre las crestas de las olas a una velocidad que nunca antes había alcanzado.

Martín tenía la mirada fija en el compás y me gritaba para pedirme más o menos vela. Ya estábamos bajo un temporal de 90 kilómetros y el escenario auguraba mayores complicaciones. No granizaba, pero la lluvia nos golpeaba en la cara como si fuera sólida.

El viento se fue colando en la genoa enrollada y la abrió en la parte de arriba. La vela empezó a gualdrapear, y con un ruido fuerte y seco sacudía peligrosamente el mástil. Estábamos en peligro, pero faltaba lo peor.

No pude creer cuando vi que soplaban 100 kilómetros. Para que se entienda, 120 kilómetros es un huracán. Las olas ya eran médanos de agua. El viento arrasaba las crestas y provocaba una lluvia horizontal sobre el río. Hasta que pasó lo inevitable. El Alazán dejó de cabalgar y la proa se fue a la orza (hacia donde viene el viento). Se escoró unos 70 grados y parte de la botavara y las ventanas de estribor quedaron sumergidas. Prendimos el motor a toda máquina y empezó la gran pelea. El viento y la ola hacían todo por tumbarnos. Martín y yo nos aferrábamos a lo que podíamos para no deslizarnos como en un tobogán hacia el agua.

Parecía el fin. Ya habíamos hecho todo lo humanamente posible, pero el velero se escoraba cada vez más. Si la quilla o el mástil cedían, la pelea estaba perdida. Fue tremendo ver cómo las olas golpeaban el tope del mástil, que a esa altura estaba casi paralelo al río. Entonces, sí: le grité a Eduardo que diera el mayday. El Alazán se hundía, y al menos quería quedar flotando con la esperanza de un rescate.

Gabriel salió e intentó bajar la vela mayor. Lo hizo, pero apenas terminó el viento volvió a izarla. Tomé el timón y Martín fue a reintentar la maniobra. Lo logró. Ya estábamos a palo seco, pero el velero no salía de su escora. El timón me temblaba en la mano y el mástil se sacudía con una fuerza que hacía temer una desarboladura. Las olas cruzaban la cubierta. Cada una de ellas podía ser la fatal, la que nos tumbara. Pero no había pánico a bordo.

Desconozco qué se les cruzaba en la cabeza a los demás. No sé si rezaron. En cuanto a mí, era una situación complicada para un agnóstico. Me preguntaba: ¿saldré de ésta? Tenía miedo, por supuesto, pero no me iba a entregar. Como los demás, ponía el cuerpo y el alma en la pelea. Si alguien podía sacarnos de esa situación extrema, éramos nosotros. Sí recordé que en Punta del Este Martín nos había contado que ya había encargado un cerdo de 17 kilos para festejar sus 50. Y no sé por qué le grité: “¡Martín, el chancho se hace!”.

Cuando ya había perdido la noción del tiempo que llevábamos así, el viento amainó un poco. Por fin, el Alazán salió de la orza y presentó la proa al norte. Se había terminado la escora y empecé a barrenar las olas a palo seco. El cielo seguía amenazante y el río agitado. ¿Habría otra vuelta?, me angustiaba.

Con el barco bajo control, Gabriel me avisó que el guardacostas que venía a ayudarnos ya estaba cerca, pero no nos avistaba. Nos pidieron tirar una bengala, pero le dije que no lo hiciera. La situación ya parecía controlada, y no daba para arriesgar un incendio o que alguien se quemara.

Recién cuando vi la silueta del barco de rescate me sentí seguro. Un rato antes habíamos estado en el límite.

Prefectura nos escoltó hasta el puerto de Quilmes. Llegamos minutos después de la puesta de sol. El cielo seguía negro, pero en el horizonte, sobre la costa, se veía un resplandor rojo.

En la marina nos estaban esperando varios efectivos del destacamento de Quilmes y una ambulancia de la municipalidad. Nos recibieron de un modo cálido y contenedor. Igual que la gente del Club Náutico. Nos revisaron y ninguno tenía hipotermia ni estaba en shock. El médico, Luis, sólo auguró que alguno podía estallar en llanto. No sucedió. Luego, llamó por teléfono para gestionar ropa seca “para cuatro adultos”.

Los de Prefectura, tras asegurarse de que todo estuviera en orden, ofrecieron bebidas calientes y una ducha. Y más tarde, tras hacer todo el papelerío, nos dejaron solos en el casino del destacamento para que bajáramos revoluciones.

Mientras Gabriel cebaba mates, repasamos los peores momentos. Eduardo confesó que había estudiado cuál era la mejor escotilla para escapar cuando empezara el hundimiento. Contó también que había visto pescaditos por la ventanilla de estribor, como si estuviera en un acuario. Martín, cuya destreza fue esencial, se mandó un lacónico: “Estuvimos muy al límite, muchachos, muy al límite”. Gabriel rescató la importancia de que ninguno hubiese entrado en pánico en el peor momento, que en verdad fueron muchos momentos. Y yo pedí un reconocimiento para el Alazán, que crujió hasta que parecía partirse, pero se aguantó el temporal y nos dejó sanos y salvos en puerto.

Ya era medianoche cuando volvimos al barco a poner un poco de orden y brindar con whisky. Quedamos en vernos el 10 de diciembre de 2013, cuando se cumpla un año de nuestra segunda vida.

Había estrellas en el cielo.

Por Daniel Leyba

16/12/12

CLARIN

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