A 170 Kilómetros de Puerto Madryn, Chubut, existe un sitio denominado Punta Delgada. Un hotel, un faro, lobos, elefantes marinos y la inmensidad del lugar hacen que el tiempo no corra y todo sea mágico.
A 170 Kilómetros de Puerto Madryn, Chubut, existe un sitio denominado Punta Delgada. Un hotel, un faro, lobos, elefantes marinos y la inmensidad del lugar hacen que el tiempo no corra y todo sea mágico.
Una gaviota quiere avanzar y no puede. Planea, retrocede y vuelve a insistir.
El viento en la Patagonia existe, no te lo contaron.
Veo la escena y es surrealista: una oveja muge al mar desde lo alto de un acantilado.
Cientos de elefantes y lobos marinos duermen sobre la costa y la marea sube y baja como lo ha hecho siempre.
El tiempo no existe y sólo hay electricidad de noche, salvo en el restaurante que mantiene el frío de las heladeras por cuestiones lógicas.
Punta Delgada es uno de los hitos en Península Valdez. Un páramo patagónico que termina en acantilado sobre el océano Atlántico, en absoluto mar abierto. Mar y piedra: pieza de encastre perfecto de lo que alguna vez fue un solo continente.
El origen fue un faro centenario construido con materiales que desembarcaron en Puerto Pirámide desde Europa y llegaron en carreta por caminos que se iban haciendo. Construcciones que pertenecieron al correo y a la Armada, elevadas setenta metros sobre la costa y encima de una de las poquísimas reservas de elefantes marinos en el mundo.
Pero, para llegar ahí, antes hubo un camino.
“Todo acá es energía”, dice un poblador de Puerto Madryn apodado “el Guía”, un viejo sabio. Él me lleva desde esa Ciudad a Punta Delgada. Unos ciento setenta kilómetros que recorrimos muy lentamente en una F100, parando a cada rato, sumergiéndome en el relato y las historias del lugar y de sus personajes.
El sur tiene una fuerza arrolladora, comprimida mientras más abajo del mapa vaya uno. Atomizada entre las siestas y los amaneceres. Las pocas palabras, las madejas de miradas, los pobladores, el silencio.
Conocí a “el Guía” por esas cosas del destino. La agencia que me trasladó desde Madryn a Delgada lo envió como chofer. Un personaje de algún relato de Castaneda, pero sin la parte sicotrópica, a bordo de su camioneta –que podría ser la nave del capitán Beto, con escudo de independiente de Avellaneda incluido- y un enorme corazón.
El me cuenta que hay sitios para meditar y que los conoce desde hace más de treinta años, cuando su pierna le permitía andar a caballo días y días, solo con sus perros sobre la costa del mar. Me los muestra, apaga el motor, se baja, hago lo mismo, me hace cerrar los ojos y respirar profundo. Todo es ganancia.
“El Guía” maneja por caminos de ripio y se emociona como un niño cuando el océano asoma por sobre la piedra.
Hacemos unos kilómetros al noreste y llegamos al riacho San José sobre el golfo que lleva el mismo nombre. Un barrio de pescadores frente a un canal donde entra un brazo del mar que cubre todo con su marea cada cuatro horas. Cuando se va esa sábana de agua quedan el cangrejal y los pulpos. Los pescadores salen de sus casas, pulpean y bajan la pesca que les ofreció el instante de mar. Vuelven a sus comedores, hacen escabeches, conservas, miran afuera las lunas, las gaviotas. Algo en ellos está muy bien. Su grado de desconexión de todo aquello que no sea su entorno. No Directv, no Facebook, no demasiados problemas existenciales, porque existir es eso y sólo eso.
Juan Mateo roza los sesenta, cara quemada y curtida, nueve hijos, pescador del riacho desde siempre. Le compro un frasco de pulpitos en escabeche. Su bote está estacionado sobre el piso del canal que no tiene agua en ese momento, sólo la cadena con el ancla desparramados por el piso. “Esperanza” se llama.
La travesía sigue por La Isla de los Pájaros. Un gran nido de tierra y vegetación repleta de aves. Está conectada con tierra firme. Cuando la marea baja puede cruzarse a pie por una pasarela de tierra y roca. Desde unos puntos panorámicos y con unos binoculares, por un peso, podés hacer un zoom a la isla y a las aves revoloteando y descansando. Gran punto del viaje. Sobre todo porque la inflación no ha aumentado el peso de los binoculares. Siguen valiendo un peso. Increíble.
El guía me cuenta sobre el golfo Nuevo y los campos. Me lleva a Puerto Pirámide. Es un día que explota de adolescentes en plan veraneo. Seducen las pizarras que anuncian mariscos, rabas y cerveza. Hermoso balneario, pero demasiada gente. “El Guía” saluda a todos, es amigo de algunos y conocido de muchos.
Seguimos andando, nos desviamos, salimos del tour clásico. Vemos algunas panorámicas inexplicables. Piedra, desierto y mar. Esa es una de las caras de la Patagonia más hermosas que uno puede ver.
Un tramo de setenta kilómetros de buen ripio, y Punta Delgada. Puerta a otra dimensión.
Me hospedo en una antigua edificación donde funcionaron hace más de un siglo el correo argentino y la Armada. Hace un tiempo que se lo explota turísticamente. Son veinticuatro habitaciones boutique. Con estética inglesa y una sensación de tiempo detenido que conmueve.
Mi habitación está debajo del faro. Duermo a veinte metros del Océano Atlántico donde, en línea recta, lo más próximo que tengo frente a mí -a miles y miles de kilómetros- es África.
El living tiene una vitrina que cubre una de sus paredes con huesos y piedras de diferentes especies de la zona. Hay también objetos de los tiempos en que este lugar era una estación para estudiar las mareas. Una estufa hogar, dos sillones extremadamente cómodos y una mesa con tablero de damas, desde donde escribo parte de estas líneas.
El Hotel Faro Punta Delgada tiene un restaurante de unos ciento veinte cubiertos. Y doscientos cuando esta a full. Funciona en temporada y no para de recibir turistas extranjeros. El salón está repartido entre italianos, franceses, brasileros y suizos que almuerzan, visitan el faro y observan de cerca a los elefantes marinos en la costa.
Como sabía que iba a hospedarme un par de días, decidí llevar y obsequiarle una botella de vino al jefe de cocina la primera noche.
Germán Sozzi vino de Buenos Aires a cocinar por la temporada. Es egresado del IAG y, cortado en parte por esa tijera, logra una muy buena cocina. La carta del almuerzo es diferente a la de la cena. Una carta redonda. El cordero al asador y las empanadas de cordero fritas con salsa picante son muy buenos. Langostinos y mejillones al ajillo. Varias ensaladas.
La cena es otra cosa. Tallarines caseros con crema de mariscos. Crepes de cordero con crema de tomillo y un petit bife de chorizo con papas rústicas. Capítulo aparte al plato denominado “reunión de mariscos”, que es una corona de conchas de mar sosteniendo vieyras, langostinos y mejillones con un fuego flambeando en el medio. Excelentes postres. Clásicos y muy deliciosos.
Germán es un gran pibe y cocinero. “Pasate temprano y avisame que querés comer que yo te lo cocino”. Un mediodía le pedí milanesas con papas fritas que no estaban en carta. Un crack.
Llanura abierta kilómetros y kilómetros. Pienso en Yupanqui y en ese culto a la inmensidad, en el pensamiento silencioso del campo con el que tanto reflexionaba en la profundidad de las ideas. En cuánto estamos automatizados y cuándo realmente somos nosotros y no otra cosa que nos hace creer que somos nosotros. El Hotel Faro Punta Delgada es un gran retiro. La estructura es hermosa, mística y cargada de un magnetismo intenso.
Te jaquea de calma absoluta.
Venir al Hotel siempre es recomendable. El grado de realismo mágico que se vive en pequeños pasajes de tiempo es increíble. La cercanía del mar, la plataforma y hábitat natural de los elefantes y lobos marinos. Con su biología, sus costumbres y sus sistemas de reproducción y concepción de la vida. Las hembras crían a los hijos durante veintitrés días y, luego, a vivirla..
Quienes visiten Península Valdez y lleguen hasta Delgada, guárdense uno o dos días para quedarse en el Hotel y recorrer lo que ofrece.
Hay salidas con guías todos los días a lugares con mucha información vital del entorno. Caracoles fosilizados. Capas tectónicas, historias de la conquista.
En el Hotel también hay un bar para jugar pool y tomarse un trago mientras chequeás mails o leés.
Campo y mar. Fuerza de las mareas, noches abiertas, sitios de apareamiento y reproducción de especies marinas. Enorme magnetismo. Onda expansiva para disfrutar y desfragmentar el disco interior y arrancar de nuevo. (Fotos y texto: Nico Visne; Río Negro)
27/02/15







