Desde 1982, unos 600 suicidios de veteranos superan a los 326 muertos en combate. Roberto Barrientos, quien lidera una misión para asistir a sus ex compañeros y sus familias, alerta que también hay casos de hijos de ex combatientes que se han quitado la vida.
Desde 1982, unos 600 suicidios de veteranos superan a los 326 muertos en combate. Roberto Barrientos, quien lidera una misión para asistir a sus ex compañeros y sus familias, alerta que también hay casos de hijos de ex combatientes que se han quitado la vida.
La vida, la muerte.
Las lágrimas se derraman sobre la turba húmeda de Puerto Argentino. Por esa tierra, uno y otro se habían jugado la vida.
Arrodillado frente a una cruz, Roberto Barrientos reza, llora y se repite: "¿Por qué a él? ¿Por qué no a mí?".
Hoy, 28 años después, Barrientos dice que esa imagen es la que define sus días en Malvinas y, ante la oportunidad de vivir, es la que poderosamente lo empuja, como un irrenunciable deber moral, a trabajar por los veteranos de la guerra y por sus familiares. Por eso llegó este mes a Bahía Blanca, para participar del lanzamiento de un plan de salud integral.
Barrientos asegura que el gran problema de los veteranos no es el dinero, sino el abandono que sufrieron cuando volvieron de la guerra y ni siquiera les hicieron un chequeo médico. Todos, de una u otra manera, quedaron afectados y, víctimas del estrés postraumático, aún se debaten entre la ira y la depresión, siempre al borde de la muerte.
"Es altísima la tasa de divorcios y el grado de afectación llegó a tal punto que ya no sólo se suicidan los veteranos, sino, también, sus hijos. Hemos tenido casos, en Buenos Aires, de muchachos que se quitaron la vida hartos de un padre ausente, deprimido, golpeador e incapaz de dar afecto", advierte Barrientos.
Convencido de que todo este desastre pudo haberse evitado si el ex combatiente hubiese recibido la asistencia que necesitaba al regresar al continente, Barrientos sostiene que ahora, sin buena salud, de poco o nada sirven las pensiones y los subsidios.
"Fui a la guerra con apenas dos meses de instrucción, pero igual me sentí culpable de la derrota. Con esa tremenda carga emocional y el dolor de haber perdido muchos compañeros de 18 y 19 años, como yo, la realidad me puso en otra batalla más dura y con los enemigos en casa: el olvido, la indiferencia y la desmalvinización, porque nadie quería hablar de Malvinas. Eramos un estigma".
Barrientos precisa que, en los primeros 10 años, mientras moría la mayor cantidad de veteranos (unos 400), ni los gobiernos militares ni los democráticos se hacían cargo de aquellos "loquitos de la guerra".
"En el documento de identidad podemos llevar el sello que nos distingue como "Héroes de Malvinas", pero cuando íbamos a buscar empleo y lo presentábamos, nadie nos tomaba. Por eso, y me incluyo, tuvimos que "perder" el DNI y tramitar otro, para quedar en igualdad de condiciones con los demás postulantes al puesto".
Después de 600 suicidios, muchos de ellos encubiertos, porque la patología se manifiesta de manera distinta (aparentes accidentes de tránsito o profundos estados de abandono), los veteranos alzaron sus voces y empezaron a ser escuchados.
La primera marcha en Buenos Aires, del Obelisco a la Torre de los Ingleses, fue en 1983, pero la primera pensión, unos 250 pesos, y la obra social recién llegaron en 1991.
"La ley madre de los veteranos, la 23.109, salió en 1985, pero aún tiene puntos sin reglamentar. A partir de allí, nos agrupamos, se formaron más centros y avanzamos: conseguimos trabajo, becas, capacitación, cupos en los planes de vivienda, que no siempre se cumplen, y con Kirchner, después de 120 días acampando en la Plaza de Mayo, se logró el aumento de la pensión a 2.300 pesos en bruto", recuerda.
* * *
Roberto Barrientos vive en Hurlingham, se casó hace 27 años y tiene tres hijos. Cumplió un ciclo de educación terciaria, se especializó en sistemas y durante 17 años trabajó en el diario "Crónica" . Hoy, en el ministerio de Trabajo de la Nación, es asesor del Grupo Vulnerables Veteranos de Guerra.
Aunque todo parecería muy grato en su vida, admite que gracias a su amigo Carlos Viegas, un precursor en el cuidado de la salud de los veteranos, comenzó a tratarse mentalmente y que gracias a él y a la psiquiatra Lilia Marimón pudo salvarse, cuando estaba al borde del suicidio.
Desde esas huellas tan duras del pasado, Barrientos proyecta su camino, convencido de que ayudar es su deber. Y para que eso sea posible, desde el año último, activa la marcha de un relevamiento del grueso de los veteranos.
"El familiar del caído en combate, por lo general, se ha reinsertado en la sociedad, pero el que tiene un pariente suicidado, de no estar cerca de un centro de ex combatientes, sigue desprotegido. Las viudas, por ejemplo, no saben cómo hacer los trámites, pero tampoco lo conocen muchos organismos y las obras sociales".
Actualizar el padrón, saber dónde y cómo está cada veterano en todos los aspectos, es la base de un relevamiento individual y secreto, porque hay un espacio en el que se pueden expresar abiertamente y en el que se encuentran expresiones tales como los malos tratos que los soldados recibieron de sus superiores. También están las que hablan a favor de la fuerza y las que aluden a los cuadros que se retiraron porque fueron denigrados por sus propios compañeros, quienes les reprochaban la derrota.
Barrientos precisa que hay 22.400 pensiones nacionales, un número bastante diferente al que se indicó tras la guerra, cuando se habló de 10 mil soldados y de 4.000 efectivos de cuadro.
"El censo también permitirá depurar, pero la idea es reinsertar y para eso interactuamos con áreas de salud, de la seguridad social y las propias Fuerzas Armadas. Si logramos que los enfermos se traten, no sólo mejorará su calidad de vida, sino la de todo su entorno y hasta podremos recuperar al familiar que está al borde de la ruptura. No seré un burócrata sentado detrás de un escritorio".
* * *
Soldado de la compañía de Ingenieros de Combate Nº 601, tras la rendición, Barrientos quedó prisionero en Puerto Argentino. Tardó más de un mes en ser liberado porque, como habla inglés, fue, junto con otros dos compañeros, el traductor entre los británicos y los 33 oficiales y suboficiales que fueron retenidos para demarcar los campos que habían minado en las islas.
"Nosotros pusimos unas 15 mil minas y los ingleses, 5.000. Aceptamos indicar dónde estaban, pero no a desactivarlas. Cuando lo empezaron a hacer ellos, tuvieron tres bajas. Además, comenzaron explosiones en lugares que no conocíamos y decidieron parar. Por eso aún hoy hay grandes sectores alambrados que están llenos de bombas".
En esa tarea de demarcación, Barrientos cuenta que encontró los cadáveres de 18 argentinos, a los que se les dio sepultura. Todos están muy presentes en su memoria.
"Quiero volver a Malvinas; de hecho, llegué hasta Río Gallegos, acompañando a la mamá de un chico que murió en la guerra, pero no lo hice porque no acepto sellar el pasaporte. Sería reconocer que estoy en territorio extranjero y que todos los muertos fueron en vano. Las islas son nuestras y para estar en mi Patria, no tengo que pedir permiso".
Ricardo Aure
El soldado de Santa Cruz
"Soy un soldado y la guerra no terminó", repetía un ex combatiente que trabajaba en un establecimiento rural de Puerto Santa Cruz, protagonista de una de las más asombrosas historias que surgen del relevamiento de veteranos cumplido en el sur.
El ex conscripto, que formaba parte del Regimiento de Infantería 25, al mando de Mohamed Seineldín, al regresar a Comodoro Rivadavia, no pudo readaptarse a su ámbito familiar, se fue a Santa Cruz y entró como peón en un campo donde nadie supo que había luchado en Malvinas.
"Es tal el grado de afectación mental que él sigue sosteniendo que es un soldado y que la guerra no terminó. Cuando fue ubicado por un centro de veteranos, sólo aceptó dejar ese campo en el medio de la nada para presentarse ante una unidad militar, donde el jefe lo trató como a un soldado y le ordenó alinearse y emprolijar su aspecto", recuerda Roberto Barrientos.
Asistido sanitaria y económicamente, este ex combatiente, que tiene 47 años, lucha por reinsertarse y resulta una clara evidencia del olvido.
Dato
1.500
veteranos de Malvinas residen en el ámbito de la Región Sanitaria I. La mayoría, unos mil, es de Punta Alta, y casi 250, de Bahía Blanca.
Dónde.
Las consultas sobre el programa de salud integral para ex combatientes y familiares se reciben en el Centro de Veteranos de Malvinas (Chiclana 449), de lunes a viernes, de 10 a 15, o llamando al 154-723892, disponible durante las 24 horas.
21/08/10
LA NUEVA PROVINCIA
