Diferentes estrategias frente a un único objetivo: el triunfo; condiciones climáticas cambiantes marcaron el inicio del Circuito Atlántico Sur rumbo a Punta del Este
Diferentes estrategias frente a un único objetivo: el triunfo; condiciones climáticas cambiantes marcaron el inicio del Circuito Atlántico Sur rumbo a Punta del Este
Las nubes grises sobre el embarcadero de la Dársena Norte del Yacht Club Argentino y un viento que soplaba más fuerte de lo que se había pronosticado, unos 15 nudos (aproximadamente 27 km/h), no parecían la escenografía adecuada, esa que ansiaban las tripulaciones de los 75 veleros en la partida de la regata Olivos-Buenos Aires- Punta del Este, primera prueba del Circuito Atlántico Sur Rolex Cup. Sin embargo, sólo fue un manto misterioso que duró lo que duran las amenazas.
Diálogos en portugués, algunos también en inglés, por celulares y cara a cara, antes del comienzo. Relajados sí, al menos los competidores aparentaban eso, pero concentrados.
Por fin en el agua, brasileños, chilenos, uruguayos y argentinos, se confundían en su paso, parecían chocar y nunca lo hacían, entre las boyas amarillas que demarcaban la partida. Veleros borrachos, ciegos, que no perdían el paso jamás, parecían felices de ser parte de la serie de regatas más importantes de esta parte del continente. Ansiosos todos; esperando una señal, despidiendo a las nubes, pero no a las fuertes ráfagas, un arma de doble filo sobre las aguas.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno; seguido al conteo, el prolongado bocinazo. La radio del capitán reproducía esas órdenes de partida y, con la puntualidad que exige el patrocinador del certamen, justo al mediodía y bajo un cielo que ya se había despejado por completo, se realizaron tres partidas divididas por series. No fue la largada, únicamente, lo que se dividió. También las embarcaciones comenzaron a hacer su juego de acuerdo con el viento y las corrientes. El grupo más numeroso decidió no alejarse demasiado de la costa argentina, escondiéndose, perdiéndose de vista, camuflando sus velas entre los tonos grises que dan los edificios de la ciudad. Otros, los menos, decidieron hacer su camino rumbeando hacia las orillas del Uruguay, virando en medio del silencio, esperando que el oleaje marrón del Río de la Plata se comportara como un fiel aliado.
En carrera, nada parece perturbarlos. Los tripulantes del Matrero, un barco de leyenda, van sentados, uno junto a otro, a la izquierda de la embarcación, haciendo de contrapeso. Charlan animados, bromean entre ellos, ríen todo el tiempo. "¡Eso lo puede hacer cualquiera!", pensó alguien en voz alta. Veinte segundos después, un grito, una voz que se hace escuchar sobre el velero, y todos salen eyectados, como bomberos en emergencia. Cada uno a su función, se encargan de los timones, las velas, las sogas y todo lo que haga falta. La imagen es aquella de los mecánicos de la Fórmula 1 en cada pit stop que hacen los superveloces automóviles. No tienen tiempo para perder, cada uno lleva a cabo su función, un ensamblaje particularmente preciso, donde nada puede fallar si no se quiere perder posiciones o, en el peor de los casos, quedar flotando en el agua.
El marrón del río y el azul cada vez más intenso del cielo comienzan a predominar. Es hora de volver a tierra, otra vez el gris cemento de la ciudad. El sol pega en la cara. Atrás, no queda nada. No hay más velas, sólo pequeños puntos blancos allá en el horizonte. Punta del Este los espera.
310 kilómetros en siete regatas
La flota participante en la Rolex Cup deberá recorrer 310 kilómetros en siete pruebas diferentes. Seis de ellas se llevarán a cabo en las costas de Punta del Este, de acuerdo con las condiciones climáticas reinantes cada día y las determinaciones de la organización.
Por Federico Cornali
LA NACION
16/01/11
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