Un amor a toda costa (una goleta histórica es salvada del barro)

La goleta Gringo es el segundo velero más antiguo del mundo en condiciones de navegar, según lista el Museo Naval de Nueva York. Hasta hace poco era un casco hundido en el río Luján. Su sobrevida la debe a su nuevo dueño, Fernando Zuccaro, quien tuvo la obsesión de reflotarla. Otro navegante, el escritor Juan Bautista Duizeide, repasa su biografía de tempestades.

La goleta Gringo es el segundo velero más antiguo del mundo en condiciones de navegar, según lista el Museo Naval de Nueva York. Hasta hace poco era un casco hundido en el río Luján. Su sobrevida la debe a su nuevo dueño, Fernando Zuccaro, quien tuvo la obsesión de reflotarla. Otro navegante, el escritor Juan Bautista Duizeide, repasa su biografía de tempestades.

Al salir de La Plata, la calle 60 se convierte en Avenida del Petróleo Argentino. Por afán de síntesis o resignación, alguien quitó el gentilicio de los carteles indicadores. Tras dejar atrás los brillos de la destilería Repsol-YPF, se llega al muelle de lanchas colectivas de Berisso. A poco de zarpar, se enfila por el Canal del Saladero. Como tantas cosas por la zona, lleva el nombre de algo que ya no existe. Tampoco son más que ruinas, a unos pocos cientos de metros, los frigoríficos que lo sucedieron: el Swift y el Armour, donde millones de vacas fueron muertas, trozadas y despachadas por miles de obreros que cantaban y puteaban en todas las lenguas. Entre ellos, según se jactan las habladurías locales, un yanqui alcohólico, depresivo y pendenciero que sería Premio Nobel de Literatura: Eugene O’Neill.

A minutos de la ciudad, el canal desemboca en una auténtica selva. Contra el verde se recorta la silueta de un velero. Flota en el agua gris del río Santiago como una enorme ave en reposo. Alrededor, pese a la contaminación, no dejan de saltar las lisas. El paraje fue cementerio de barcos, como prueban algunos restos disfrazados de jungla en los que se posan los biguás y las garzas. Contra la ribera de Berisso, aguanta bastante entero el Cormorán, buque de guerra construido en Alemania a principios del siglo XX. Enfrente, la vegetación desmadrada ganó la isla Paulino, que proveía de verdura y vino a toda la región, además de ser el gran recreo popular. Todo llama por aquí a los fantasmas.

Hasta el mismo velero resulta una aparición del más allá. Mínimas chorreaduras de óxido sobre su costado de hierro pintado de blanco lo vuelven más real. A diferencia de los dioses o damas que se estilaban, su mascarón de proa es una indígena de rasgos angulosos y tetas que desafían las tormentas. En proa y popa se repite el nombre Gringo. Hay que trepar por una escala, a bordo espera su capitán, Fernando Zuccaro. Descalzo en la cubierta de madera, de mangas cortas pese a que el sudeste ya se hace notar, recibe sin protocolo: "¿Qué tal, hermanito?".

Ningún isleño de los que pasan deja de saludarlo alzando una mano. Tiene la cara tallada por los vientos y el rojo del sol pegado a ella para siempre. Navegando en otro velero cruzó el Atlántico desde la boca del Amazonas, donde había convivido un mes con una tribu. Quería llegar a Irlanda. A punto de alcanzar la meta, se topó con un temporal. Helicópteros guardacostas se acercaron a rescatarlo. Prefirió no abandonar el barco. "Suerte que mi único tripulante estaba tirado del mareo, no fuera cosa que aceptara…", cuenta y otro brillo le gana los ojos claros. Ese episodio, como tantos, forma parte de su prehistoria. Lo importante empieza cuando se le ocurrió comprar un remolcador fuera de servicio para vivir. Consultó a dos que andaban en el trapicheo.

No se lo quisieron vender. "Te conocemos las mañas. No vas a aguantarte las ganas de navegarlo y vas a terminar culo al norte", le recriminaron. Mejor que se buscara alguno de los últimos mercantes a vela. Tenían buenos cascos. El Guaraní, el Noruego, el San Antonio. Y por sobre todos, esa goleta con una historia que las tripulaciones desparramaron por los boliches de la costa, donde se agrandó hasta el heroísmo: la Pegli. Según se contó por años sin que ningún mamado saltara a negarlo, durante una sudestada de rompe y raja había cruzado a Uruguay en cuarenta y cinco minutos. Aún andaba su nombre entre los viejos más viejos del río y las islas, hombres que mentan cuadernas y pantoques de fulanas esquivas como si hablaran de barcos, y se enternecen hablando de naves hace rato naufragadas como si fueran el amor de sus vidas. Pero la goleta destinada a Fernando, ¿dónde estaba?

Se hizo devoto de una sombra. Las fantasiosas variaciones de su leyenda, contadas por voces broncas, entre vaso y vaso de vino de la costa, le llegaron hondo, se convirtieron en capricho, en obsesión, en amor. Bastó para que saliera sin mapa atrás de un improbable tesoro porque los mandatos del corazón saben ser imperiosos, incluso violentos. Revisó cada rincón del estuario. Se encontró con fósiles pegados al barro, ya sin esperanzas de flotar. Por un andurrial del Luján, un tal Beto le señaló algo: "Esto es lo que buscás". Solamente asomaba lo que parecía ser el techo de la timonera, para verificar el dato no había otra que bucear en el agua turbia. Fernando se zambulló. A oscuras fue sintiendo en las manos, como quien reconoce el cuerpo amado, las formas de la goleta más veloz que surcara el Infierno de los Navegantes.

Para que el dueño no le pidiera demasiado, argumentó que iba a vender como chatarra los pedazos que rescatara de ese casco. Tuvo que vaciarlo de barro y basura. Para ponerlo a flote, le inyectó aire a los tanques. Qué desesperación cuando comenzaron a brotar burbujas. Volvió a zambullirse y se dio cuenta: habían robado las válvulas. Fue necesario sellar los agujeros y volver a intentarlo. No flotó completamente. Pero al menos se desprendió del fondo. En el Delta, por remates y galpones, fue comprando cuantas bombas de achique encontró. Había que sacarle el agua que se pudiera. Luego, con aparejos afirmados en los árboles, lo fue levantando. Cada vez que pasaba una embarcación, corría a aprovechar las olas que sumaban su fuerza para alzarlo otro poco. "Tenía 34 años y muchas ganas. Por eso nada era imposible", rememora catorce años después. Los del Rincón de Milberg, entonces lejos de ser un barrio náutico muy cotizado, lo miraban raro. En voz baja lo llamaban "el gringo loco". Dormía en la timonera destartalada. Todas las noches soñaba lo mismo.

Para dar el gran salto, contrató una chata arenera. "Estaba robándole al río un cadáver gigante. Si trataba de hacerlo por las mías, se me podía escapar, plantarse en medio del Luján y yo terminaba preso…", explica. Cuando al fin estuvo del todo a flote, se quedó siete días mirándola. Sí. Era ella. Era la goleta. ¿Y ahora?

Estaba podrida de proa a popa. Pero no se rindió a semejante evidencia. Llevó esos restos a un astillero cercano, los sacó a tierra y se puso a trabajar. Cuando casi había terminado, el pequeño astillero se fundió. Para devolver a su elemento el casco de 37 metros de eslora y 8 de manga había que cavar un zanjón. Lo hizo. Instaló precariamente un motor, lo probó, y un día de niebla cerrada se dijo ahora o nunca. A algunos de Prefectura, que de tantas andanzas ya lo tenían fichado, les avisó que estaba "por mandarse una cagada grande", y zarpó. Bajó el Luján, encaró la marejada del río abierto y rumbeó hacia este mismo fondeadero, donde ahora conversamos mientras el viento le arranca escamas de luz al agua.

"A cada rato venían los de Prefectura. Yo les decía soy cuidador, el dueño no está", cuenta sin parar de reírse. "Hasta que un día se aparecieron con una lancha grande. Querían llevársela a remolque, decían que era un peligro… Me entregué". Como en Argentina los barcos no se restauran sino que se desguazan, no entendían de qué se trataba. Para ellos era un potencial problema, la posibilidad de un obstáculo a la deriva, un sumario, y nada más. Costó largas discusiones volverlos cómplices de ese espejismo. Mucho menos tardaron en ponerse de su lado los soldadores del Astillero Río Santiago, habituados a parir barcos. Así, un círculo se consumaba: allí mismo, en 1954, a la altiva goleta, hasta entonces un velero puro, le habían sacado un palo y le habían puesto motor. Ya en los 70, la habían desarbolado del todo para convertirla en una chata más de las que van y vienen por nuestro litoral. Ellos prestaron sus manos baqueanas para concretar los últimos detalles. Con una comilona a la vera del río celebraron juntos la nueva vida del barco. Pero no todos fueron tan comprensivos. Algunos de los más cercanos lo conminaban a Fernando: "Eso no va a navegar", "Eso se hunde, dejate de joder". (¿Habrán sentido celos las mujeres? Difícil competir con una goleta, es hacerlo con una sirena: felicidad de rumbos, risa de agua).

Los planos habían sido tirados como basura del Registro Nacional de embarcaciones. En cambio, en el Museo Naval de Nueva York guardaban algunos datos: había sido botada como Luigi Palma en el astillero Roncallo de Génova, en 1886. Los únicos documentos con que contaba para reproducir el aparejo eran fotos viejas: dos palos de más de veinte metros de altura, el mayor a popa, con velas cangrejas y tres foques.

Hay un marinero que vive

Una tarde un viejo se apareció por la goleta. Fue como si un fantasma se encontrara con otro fantasma. Se presentó: Fausto Braganti, italiano, marino. Había pasado buena parte de su vida a bordo de ese barco. Lo creía hundido adonde lo abandonaron en 1974, después de su último viaje a Paysandú. El confirmó que los cálculos de lastre y superficie vélica eran correctos y acercó la parte olvidada de su historia.

A partir de la botadura en 1886, sucesivas tripulaciones navegaron de la Toscana, donde cargaban mármol de Carrara, a Irlanda. Allí la nueva carga era carbón de piedra. Cruzaban el Atlántico y lo iban descargando en Brasil, en Montevideo y finalmente en Buenos Aires. También llevaban inmigrantes como bulto, pagando el precio en carbón del volumen que ocupaban. Eran responsables de sus provisiones y, como nunca lograban calcular bien o no tenían con qué adquirir lo suficiente, pronto se les terminaban. No era raro que se armara bronca entre hambreados y remisos a compartir lo suyo y someterse al racionamiento.

En Buenos Aires, una vez vaciadas las bodegas, la marinería las limpiaba a escoba, con las mismas escobas a modo de brochas las pintaban, cargaban trigo, y vuelta a Italia. Todo eso les llevaba entre ocho y catorce meses. Así fue hasta 1933, cuando el barco pasó a dueños argentinos y, pese a la superstición náutica que condena los cambios de nombre, se la rebautizó Pegli, por el distrito de Génova del que provenían sus marineros. Entonces comenzaron a transportar papas y cebollas a Rio Grande do Sul o carga general a Mar del Plata y Necochea. Los últimos años transcurrieron lejos del mar, yendo a buscar madera y fruta a puertos del Paraná.

Después llegó la tercera vida. Y para ella, un nuevo nombre. Fernando desoyó a quienes auguran crasas calamidades a la embarcación que no conserve el apelativo con el que fuera botada. No se trataba de una dificultad menor. El bautismo de un barco es cosa seria. Define su carácter. Lo saben quienes recurrieron a la música de algún nombre entrañable y se toparon, en medio de una singladura tan comprometida como reveladora, con análogos defectos. Quizás a fin de conjurar sorpresas del azar o del destino, un pescador de Quequén le puso a su lancha Esta sí me la esperaba. La elección de Fernando, lejos de la efusión sentimental, fue una no elección. "El nombre se lo puso la gente", dice. Nació cuando a él, en voz no tan baja, le decían "gringo loco". La fórmula de los lugareños para calificar a ese hombre de afanes inexplicables pronto se extendió al objeto de sus desvelos: entre hombre y barco, una comunión, aquello a lo que los más empinados amores aspiran.

A toda vela

Recorremos la goleta. Brilla el barniz de la timonera, puesta a nuevo. En los interiores, que incluyen alojamiento para veinte personas, aparte del capitán y los tripulantes, dura el perfume a madera. Sentados en el salón, que para cualquier casa sería amplio, Fernando cuenta: "La primera navegación fue la peor. Esto era un galpón y mucha voluntad. Pero estaba listo para navegar. Había hecho una fiesta de inauguración y tenía como setenta personas a bordo. Pasó un pampero, pasó otro. Con el tercero arranqué para Colonia. No sabía cómo parar. Iba a más de quince nudos. Estaban todos medio muertos del mareo. A mi hija Clarita, de tres meses, no había quien la pudiera atajar".

Pasaron las épocas más difíciles, en las que Fernando apeló a todas sus artes de buscavidas. Aquí se han filmado varias publicidades, cada tanto se zarpa a Colonia con pasajeros y anualmente se hace una travesía marítima para instrucción de pilotos. Así y todo, el dinero alcanza, con suerte, para el mantenimiento. "Me porfían que si la vendo me compro un buen auto, una buena casa y me queda guita. ¿De dónde sacan que quiero venderla? No saben lo que es ver la vida desde otro lado, lo que es compartir esto con mis cuatro hijos. Si no navegara, por ahí…", dice Fernando. Pero la goleta navega. Cuando los demás tienen que reducir velamen y buscar refugio, ella comienza a gozar de la tormenta. Ha hecho en horas viajes que demandan días, vibrando como si fuera un instrumento musical.

Volvemos a salir a cubierta. "Viene más viento", comenta Fernando después de estudiar el cielo, y se queda callado. Acaricia la madera pensativo. Parece que acechara alguna señal entre el chapoteo del agua, los susurros del juncal, los aleteos y las zambullidas de los biguás, las olas que rompen a la distancia contra los malecones. Hasta que su voz vuelve: "El sueño de irme lejos es permanente, me flagela", confiesa de un tirón. El viento se levanta. Pega una sacudida la cadena del ancla y la goleta provoca, invita, se estremece bajo nuestros pies. En la cara nos golpea el aliento de las islas.

Juan Bautista Duizeide

Nació en Mar del Plata en 1964. Egresó de la Escuela Nacional de Náutica como piloto de ultramar y navegó en toda clase de buques mercantes. Estudió periodismo en la Universidad Nacional de La Plata. Su novela breve Kanaka ganó el Premio Julio Cortázar 2004, que otorga la Ciudad de Buenos Aires. Recientemente reunió la antología Cuentos de Navegantes, con relatos clásicos y nuevos y prólogo de Arturo Pérez-Reverte.

25/05/08
CLARIN

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