Dramáticos relatos de los tripulantes que llegaron a la base aeronaval de Ezeiza.
Dramáticos relatos de los tripulantes que llegaron a la base aeronaval de Ezeiza.
"Bienvenido a casa", rezaba una pancarta repleta de colores y de manitos de sus hijos de 2 y 6 años impresas con acuarela. Así recibió su familia al suboficial segundo David Rodríguez en la base aeronaval de Ezeiza.
Como a él, decenas de familiares esperaban ansiosos la llegada de unos 160 tripulantes del rompehielos Irízar, que arribaron ayer a Buenos Aires, luego de vivir la peor odisea en alta mar.
Aplausos, abrazos, besos, llantos y una mujer desmayada de la emoción dibujaron el escenario del reencuentro, que no pudo ser contenido ni por el cordón formado para evitar el ingreso de los familiares y la prensa hasta la pista donde arribaron los náufragos. Tampoco se mantuvo el saludo protocolar de la ministra de Defensa, Nilda Garré, con los tripulantes que llegaban. Sólo alcanzó a saludar a un puñado de ellos, cuando los familiares rompieron las estructuras y corrieron detrás de sus seres queridos.
"Fue como en las películas; ocho horas en la balsa, en medio de la oscuridad, con tiburones dando vueltas, gente descompuesta por el movimiento de y haciendo señales con bengalas", describió Sebastián Stoyanovich, cabo primero, de 26 años, mientras abrazaba a su esposa, Analía. "Pero lo más desesperante -contó- fue cuando ya estaba a salvo, en el buque petrolero de bandera panameña, y vi el resto de las balsas que seguían en el agua."
Sebastián llegó junto a 64 personas más en el primer vuelo que aterrizó en Ezeiza, en un Fokker, pocos minutos antes de las 11. Cerca de las 12 arribó el segundo avión, un Hércules C-130, con 85 tripulantes, que fueron trasladados hasta donde estaban sus familiares en dos ómnibus.
"¡Allá está papá! ¡Allá, contra el vidrio! ¿Lo ves?", le señalaba entusiasmada una mujer a su hijo, que no debía de tener más de tres años. Otra vez, los aplausos en homenaje a los tripulantes que bajaban de los ómnibus. Otra vez, los abrazos. Otra vez, la emoción.
Abrazado a su hijo Jerónimo, de cinco años, que no paraba de llorar de la emoción, el suboficial Jorge Oyola contaba a LA NACION la odisea: "No se pudo dominar el fuego porque se agotaron los medios, y algunos sistemas dejaron de funcionar por el calor".
Y pese a que dijo que la evacuación había sido muy ordenada y que no había habido pánico, Oyola contó que el momento de mayor desesperación fue cuando tuvieron que saltar a las balsas. "Es un procedimiento con el que nos habíamos entrenado mucho; cada uno sabía qué balsa debía tomar. Pero se mueven mucho en el agua, y yo, cuando quise saltar, me enganché y quedé colgado… En ese momento pensé de todo…", recordó.
Para Antonio Curtosi, científico que tiene 26 campañas en la Antártida en su haber, lo que vivió en este viaje es inexplicable. "Fue todo muy rápido. Al principio, no sabíamos qué pasaba, pero de pronto vimos que el comandante iba y venía preocupado, que los oficiales entraban y salían con máscaras, algunos casi ahogados. Después, empezaron a tirar las garrafas al mar por temor a que explotaran. Luego, las bengalas y las balsas, y supe que se trataba de una emergencia de verdad", relató el hombre.
Y aseguró que muchos estaban mojados, que la noche estaba demasiado oscura, sin luna, y que el movimiento de las balsas, que dicen que parecían un flan, fue lo que más lo asustó. Sus investigaciones y las de sus colegas científicos también se perdieron. "El fuego se generó justo donde estaba la frigorífica y, si se descongeló, perdimos todo nuestro trabajo", se lamentó.
Cerca de las 16, llegó el tercer avión, otro Fokker de las Fuerzas Armadas, con unos diez tripulantes más.
Por Lorena Tapia Garzón
13/04/07
LA NACIÓN
