Es notable cómo una situación que parece absolutamente positiva, como lo es que la Unesco haya designado Patrimonio Natural de la Humanidad a algún lugar del mundo, puede derivar más tarde en problemas para ese lugar.
Es notable cómo una situación que parece absolutamente positiva, como lo es que la Unesco haya designado Patrimonio Natural de la Humanidad a algún lugar del mundo, puede derivar más tarde en problemas para ese lugar.
Nos estamos refiriendo en este caso específico a las Cataratas del Iguazú, pero esta situación puede extenderse perfectamente a otros sitios que entran dentro de esta misma categoría. Así, resulta por lo menos insólita la pretensión de las autoridades municipales de la fronteriza ciudad brasileña de Foz do Iguazú (frente a Puerto Iguazú en la provincia de Misiones), que intentaron, semanas atrás, desplegar un espectáculo de luces y rayos láser sobre las cataratas.
Esta iniciativa, que llevaba ya varios años de pergeñada, parece haber recobrado fuerzas de la mano de Paulo Mac Donald Ghisi, intendente Foz do Iguazú. Consiste en la peregrina idea de iluminar, diariamente, en horario nocturno, y en dos presentaciones cada noche, las Cataratas del Iguazú, y proyectar sobre las grandes caídas de agua historias y figuras como las del descubridor de las Cataratas, Alvar Núñez Cabeza de Vaca.
Sin duda, es un nuevo riesgo al que está expuesto este lugar único en el planeta. Viene a sumarse, así, a la contaminación sonora que causan los permanentes sobrevuelos de helicópteros que despegan de territorio brasileño con turistas; a la sobreexplotación hotelera, que provocará una carga de visitantes inusitada en el Parque Nacional, y a la ausencia de un estudio de capacidad de carga que permita conocer cuántos turistas pueden ingresar en un mismo lugar y al mismo tiempo sin que el grado de satisfacción por la visita disminuya.
Quizá esta desaprensiva propuesta no sea sino consecuencia de una sociedad con escasa capacidad contemplativa y cuyo paradigma es la diversión superficial, alejada de la noción del paisaje como espectáculo íntimo. El turismo masivo en áreas naturales, un fenómeno ampliamente reconocido en otras latitudes, produce lamentablemente este tipo de emprendimientos, cuyo único objetivo es convertir algunas áreas naturales en parques de diversiones en medio de la naturaleza, ubicar el máximo número de individuos en el menor espacio posible y, mejor todavía, en horario corrido: día y noche.
Se trata en todos los casos (algo similar puede llegar a ocurrir en la Quebrada de Humahuaca, otro Patrimonio Natural de la Humanidad) de actividades que abren una brecha infranqueable entre el placer buscado y el efectivamente obtenido, y que deterioran el atractivo esencial que tienen estos lugares: la intimidad, la autenticidad. Estos valores, en cambio, todavía se preservan en los íntimos paseos a la luz de la luna organizados, en el Parque Nacional Iguazú, del lado argentino.
Afortunadamente, el proyecto, que recuerda las luces y fuegos artificiales que le dan un carácter prácticamente urbano a las Cataratas del Niágara, despertó el rechazo de la Administración de Parques Nacionales y de varias organizaciones defensoras del ambiente. Este tipo de propuestas produce la vulgarización de los atractivos, no por el espectáculo en sí sino porque lo esencial de estos Patrimonios de la Humanidad es justamente la preservación del paisaje natural, la flora y la fauna, que podrían verse afectados por el impacto de las luces y los rayos láser en la noche.
No caben dudas de que el turismo puede constituirse en una herramienta valiosa, no sólo para el ingreso de divisas, sino también para la conservación de áreas con riqueza biológica o de valores paisajísticos únicos. Sin embargo, si se permiten actividades que se contraponen a la esencia de los atractivos es muy probable que el turismo, lejos de ese objetivo, se constituya en la causa misma de su destrucción.
31/10/07
LA NACION
