Por el Cabo de Hornos y el Drake

Por el Cabo de Hornos y el Drake

Hacia la Antártida. Realizar la travesía oceánica en un velero hacia el Continente Helado, una verdadera experiencia

Hacia la Antártida. Realizar la travesía oceánica en un velero hacia el Continente Helado, una verdadera experiencia

Nuestros más famosos y mundiales regatistas Xabi Fernández e Iker Martínez ya lo han atravesado en varias ocasiones, y además compitiendo para demostrar que son los mejores. Pero ciertamente atravesar el Cabo de Hornos y posteriormente navegar hacia la Antártida pasando el también temido Pasaje de Drake, se lo puedo asegurar, no es empresa fácil y que se lleve bien; porque navegar en aquellos lares, en aquellos mares, es harto complicado y difícil para los que, sin tener demasiadas horas al timón como es mi caso, nos aventuramos a hacerlo, eso sí, con gente que tiene sobrada experiencia en navegación.

Y así me enrolé en un barco velero de 21 metros de eslora, el Santa María Australis, de bandera holandesa, y en este caso, con capitán alemán y ayudante francesa, Martín Meyer y Pascale; componiendo el resto de la tripulación otros nueve pasajeros, haciendo el barco de lo más internacional: El austríaco Georg; los alemanes Peer, Vero y Bene; el brasileño Cristiano y los hermanos y empresarios zaragozanos Fernando y Juan Manuel Blanchard, además del hijo de éste, Alvaro, y yo.

Encuentro en Ushuaia y un salchichón en Chile

Ushuaia, en la Patagonia argentina, la ciudad que denominan «el fin del mundo», aunque ya les digo de antemano que allí no se acaba el mundo, fue el punto de encuentro. Un ferry de muy pocas plazas nos trasladó por el canal de Beagle al pequeño pueblo de Puerto Willians, en Chile, donde conocimos al capitán del barco y desde donde partimos hacia la Antártida.

La distribución de camarotes, formas y normas de funcionamiento y comportamiento, la creación de los grupos de guardia y la primera de las reuniones -teníamos todos los días-, fueron el paso previo al inicio de una travesía a la que estábamos más que dispuestos y contentos por comenzarla.

La entrada a Puerto Willians fue magistral ya que el primer trámite nada más desembarcar es aduanero. Declaramos un salchichón y ante su inmediato requise por parte de la guardia costera, navaja en mano, nos lo comimos entre los once, observando con risas, no se si decir forzada, el policía aduanero, sospechando, seguramente, de que llevaríamos más embutido; mientras yo pensaba en la posibilidad de un registro mayor, que, afortunadamente, no lo hubo, eso sí, mientras disfrutaba del sabor de un buen salchichón ibérico que portaban, ¡como no!, los maños. La historia no pasó a mayores afortunadamente.

Soltar amarras

Ver alejarse Puerto Willians desde la cubierta del barco, observando el paisaje que ofrecen sus montañas, como los Dientes de Navarino, me decía que ya estábamos en marcha. ¡Nos vamos a la Antártida!, mi gran sueño viajero. El primer fondeo antes de abordar el Cabo de Hornos fue en isla Lenox, llegando a tierra en la zodiak. Allí nos recibió un militar chileno que reside con su esposa y tres hijos en la más absoluta de las soledades. Vida dura, pero sencilla. Vida en soledad, pero remunerada. Vida militar, pero tranquila… Allí vimos el primer pingüino antártico. Un emperador despistado que apareció en Lenox alejándose de su colonia miles de kilómetros. No sé que vida en solitario le deparará en el futuro al pobre pingüino.

Y ya, sin más dilación abordamos al día siguiente la Gran Travesía, con mayúsculas, porque para mí, resultó mayúscula. Muchas horas convertidas en días sin ver tierra desde que se alejó de la vista isla Lenox. Muchas guardias nos tocó hacer a los nueve, porque, cosa curiosa, al menos a mí me lo resultó, el capitán y su ayudante se autoexcluyeron de hacer las guardias, en ocasiones muy duras… Hicimos tres equipos y estábamos de guardia tres horas y descansábamos seis. Lo peor que se llevaba, lógicamente, eran las guardias nocturnas. Frío, tormentas, a veces buen tiempo; y olas, muchas olas y mucho oleaje.

Viento en popa a toda vela

Así es como íbamos hacia la Antártida. Con viento a favor cuya intensidad a mí me hacía desistir a veces de llevar el timón, cediéndole mi turno al amigo Fernando con muchísima más experiencia que yo. Llegó a soplar hasta 55 nudos, creo que les llaman vientos rugientes, con olas de 4/5 metros. Una bonita y bárbara experiencia. La vida en el barco durante la travesía transcurría de ceñida, teniendo que hacer todo con una considerable escora. Vestirse en el barco era todo un dilema, y además con tres capas para contrarrestar el frío en cubierta. Con esa ceñida que llevábamos también complicaba las cosas para comer y todo lo demás. Yo muchas veces pasaba de comer y con dos manzanas me conformaba para todo el día.

Después de tres días y medio comenzamos a avistar tierra. Ahora me imagino qué pudo ser aquello de anunciar ¡Tierra a la vista!, en las terribles navegaciones por el mundo de los descubridores, Colón, Elcano, con sus valientes tripulaciones, en sus largas singladuras. Una bonita isla se abrió ante nuestros ojos. Snow Island, toda de nieve y hielo. Después vino la isla Smith y nuestro primer fondeo en la bahía de isla Decepción, donde bajamos a tierra para visitar una antigua estación ballenera, ir al monte a pasar por la ventana del Chileno; y por la tarde navegar hacia la base antártica española Gabriel de Castilla siendo atendidos especialmente bien. La llegada a la Antártida estuvo plagada de buenas fotografías y mejores vibraciones. Un verdadero espectáculo paisajístico, fauna, hielos, icebergs… Aquello es fantástico. Ya les contaré…

Por Juan Manuel Sotillos

05/05/12

DIARIOVASCO.COM

1 comentario en “Por el Cabo de Hornos y el Drake”

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