Los grandes buques encuentran una bocana en el puerto de Mombasa y superan la continua línea de arrecifes de coral que protege toda la costa oriental africana.
Los grandes buques encuentran una bocana en el puerto de Mombasa y superan la continua línea de arrecifes de coral que protege toda la costa oriental africana.
Pero también en Malindi, a unos 80 kilómetros al norte, el océano deja una entrada a la navegación.
Vasco de Gama llegó a estas costas en 1497 en busca de las Indias que Colón pretendía alcanzar cinco años antes desde el Atlántico. Los portugueses fueron los primeros europeos en llegar a Malindi.
Una gran piedra coronada por una cruz conmemora la llegada de los navegantes enviados por Enrique II de Portugal. Vasco de Gama fue expulsado de Mombasa y buscó refugio en este puerto de Kenia. Fue en Malindi donde Francisco Javier se detuvo para enterrar a dos navegantes que le acompañaban camino de Oriente. Una iglesia primitiva, una choza cónica coronada por una cruz, recuerda el paso del santo navarro por estas tierras que ahora son pobladas mayoritariamente por musulmanes, regentadas por empresarios turísticos italianos, mientras varias decenas de pescadores se hunden hasta la cintura en la playa para recoger lo que puedan.
El sol cae implacable en esta parte del trópico. Los pescadores observan las mareas, salen de madrugada para esquivar el sol a pleno día, saben de los comportamientos metódicos del Océano. Hablo largamente con Abdu Charo, musulmán de 36 años, un pescador que lleva 15 años saliendo cada día, en todas las estaciones, con lluvias o en temporadas secas, también los viernes, que es su día de fiesta. Abdu es un pescador sin barca, con redes agujereadas, cañas viejas y cuerdas gastadas por el uso del tiempo. Hundidos en el horizonte del océano navegan grandes petroleros que ahora surcan el mar con el temor a ser asaltados por los piratas somalíes.
Unos cientos de millas marítimas más al norte, buques de guerra americanos, británicos, franceses y españoles intentan neutralizar a los piratas somalíes. Por un acuerdo internacional, los piratas capturados son conducidos a Mombasa, donde serán juzgados. Hace unas semanas tres de ellos fueron apresados por el buque español Marqués de la Ensenada. Fueron conducidos a Mombasa y están pendientes de juicio.
La piratería actúa con astucia y precisión mar adentro. De los arrecifes a la costa, una inmensa playa de cientos de kilómetros está prácticamente desierta. La pobreza de los pescadores intenta resarcirse con las fatigantes tareas de unos pocos que consiguen llenar sus cestas si el tiempo es propicio.
El sol cae implacable en esta parte del trópico. Abdu Charo pesca, si hay suerte, por un valor de dos euros al día. No hay mercados grandes.
Los pulpos los entrega por cincuenta céntimos al día. Son unos sesenta los que faenan primitivamente esta agua con redes antiguas. El sueño de Abu Charo, musulmán, casado y con cuatro hijos, es llegar a tener una barca y saltar los arrecifes. Pero la pobreza estructural de estos pescadores rudimentarios se lo impide. Faenan como hace cien años. Me invita a conocer su familia, que vive a cuarenta minutos andando.
Acepto para ir al día siguiente. Atravesamos caminos y campos fértiles pero no cultivados.
Las chozas están diseminadas por el poblado, alguna tienda desperdigada, un taller al aire libre para reparar ruedas de bicicleta, niños y niñas mirando y saludando al hombre blanco para entrar finalmente en su casa de adobe en la que viven su mujer y sus cuatro hijas. Pregunto quién es la chica que ayuda a la madre y me dice que ha llegado de otra parte y que es hija de una hermana de su mujer.
Su madre, unos sesenta años, tiene una chocita propia. Entramos y la señora no pesa más de cuarenta kilos. Duerme en un catre con una mosquitera agujereada. Está mal, me dice Abu Charo, "no podemos llevarla al hospital y no tenemos dinero para alimentarla". Hablamos un rato y su voz se apaga mientras se vuelve a tumbar sobre el suelo. No hay agua ni electricidad. Tampoco veo alimentos en la oscuridad del interior de la choza.
Con sus ingresos miserables, Abu Charo tiene que pagar, además, impuestos por la licencia del Gobierno para pescar.
Cuando alguien de Nairobi o de Europa construye una mansión al lado del mar, pronto empiezan a flotar unas boyas que prohíben la pesca incluso a estos primitivos pescadores. La existencia es durísima para estas gentes acostumbradas a los comportamientos del Océano, a sus mareas que suben y bajan cada día, al constante golpeo de las olas oceánicas sobre los arrecifes de coral. Una de las sorpresas que deparan estas gentes que tienen muy poco es el hábito de compartir lo que tienen. Con sus parientes, con sus vecinos, con cualquiera que atraviese una situación todavía más precaria que la suya.
Cultivan furtivamente en tierras que no soy suyas y pescan sin medios lo que encuentran caminando mar adentro hasta llegar a los corales.
Comparten la poca comida que se puede adquirir con tres euros al día, ahorran unos cuantos chelines para ir al hospital, usan ropa de segunda o tercera mano. Por la ausencia de jabón muchas de estas personas despide un olor a sudor endémico. Pese a todas estas penurias, las gentes caminan mucho, cavan la tierra con azadas ancestrales, pescan al borde de la playa y tienen la esperanza de que, por lo menos, sus hijos no pasen por estos trances de extrema precariedad.
Abu Charo me acompaña al camino principal que está a un cuarto de hora andando. De madrugada volverá a probar suerte en el mar. El recuerdo de su madre enferma me viene a la memoria varios días. Recomiendo la visita a África. No para enseñar nada, sino para aprender los valores que no se explican ni se predican si no que se viven.
Por Luís Foix
22/07/09
LA VANGUARDIA
