Acabo de cumplir 68 años y recuerdo las narraciones de mis padres sobre los hermosos atardeceres en el balneario Costanera Sur. También puedo evocar los juegos infantiles en sus playas, el paseo por sus cervecerías y restaurantes, y las refrescadas en las aguas de ese popular balneario que ya por entonces empezaba a sufrir los embates de la contaminación.
Acabo de cumplir 68 años y recuerdo las narraciones de mis padres sobre los hermosos atardeceres en el balneario Costanera Sur. También puedo evocar los juegos infantiles en sus playas, el paseo por sus cervecerías y restaurantes, y las refrescadas en las aguas de ese popular balneario que ya por entonces empezaba a sufrir los embates de la contaminación.
Entre mis mejores recuerdos del lugar figuran los partidos con la antigua pelota de goma y los amplios vestuarios para bañistas debajo del gran espigón, que tiempo después fueron usurpados por los grupos de indigentes que consolidaron la villa Rodrigo Bueno. También recuerdo su servicio de duchas y la alegría de los niños que jugaban al tejo y a la rayuela a la orilla del río. Y si cierro los ojos puedo ver a mis padres, emocionados por poder conocer a José Marrone, Mariano Mores o el todavía guardavidas Martín Karadagian en el paseo del restaurante o en la emblemática cervecería Münich, donde luego funcionaría el Museo de las Telecomunicaciones.
En aquella época también había carnavales callejeros que se disfrutaban en familia, con muchos artistas presentes frente al balneario, en plena Costanera Sur.
Lamentablemente, con el paso de los años los porteños le dimos la espalda al río. Dejamos de verlo y de disfrutarlo. Eso sí: aún soñamos con revertir esa situación tan triste, ese increíble desperdicio de una fuente de placer que sin dudas podría estimular tanto el esparcimiento como la buena salud del vecino.
Por Alfredo Alberti (Presidente de Vecinos de La Boca)
03/02/14
LA NACION

