Circuito casi monopolizado por extranjeros, es un emprendimiento de dos empresas a ambos lados de la frontera.
Circuito casi monopolizado por extranjeros, es un emprendimiento de dos empresas a ambos lados de la frontera.
SAN CARLOS DE BARILOCHE.-Es una de las travesías más deslumbrantes y adrenalínicas que el país comparte con Chile. Suma el exotismo de poder "navegar" a través de la cordillera. Legiones de extranjeros viajan especialmente a la Patagonia andina sólo para realizarla. En los dos días que insume ese cruce andino, quedan prendados por la magia de alerces milenarios, ejércitos de coihues, selvas de lengas y cumbres nevadas, reflejadas como una naturaleza narcisista en espejos lacustres de belleza impar.
No son pocos los argentinos que desconocen que el cruce de los Andes también se realiza por los lagos del Sur. Vale una cifra: de las 30.000 personas que cada año realizan el cruce, sólo el 7% reside en el país. La travesía, que cuesta US$ 230, pero reduce su precio a la mitad para argentinos y chilenos, es posible por la sinergia de dos empresas de uno y otro lado de la frontera. Ellas aportan la logística de catamaranes, ómnibus y guías para poder concretar el cruce andino desde Bariloche hasta Puerto Montt, en Chile.
La Nacion se embarcó en ese cruce, que hilvana de forma sincronizada la navegación por lagos Nahuel Huapi, Frías y de Todos los Santos con el traslado y exploración terrestre por dos parques nacionales: el Nahuel Huapi, en la Argentina, y el Pérez Rosales, en Chile.
El circuito es un señuelo para los amantes de la naturaleza y de los deportes extremos, ya que la travesía también puede realizarse en bicicleta en sus tramos de bosque y selva valdiviana. Para los más intrépidos, se abre un menú deportivo que va desde trekking, rafting, canopy, cabalgatas, escalada por paredes de roca y pesca en ríos y arroyos de difícil acceso.
El punto de partida es Puerto Pañuelo, en Llao Llao, enmarcado por picos nevados y salpicado por el violeta furioso de los lupines en flor. No hay viento en tierra. Pero una vez que se navega por el brazo Blest hacia Puerto Alegre, las aguas del Nahuel Huapi se tornan rabiosas. Las gaviotas escoltan a los navegantes. En vuelos rasantes, hasta se animan a arrebatar de las manos los comestibles que los turistas les ofrecen desde cubierta.
La proximidad con la isla Centinela muestra la ascética cruz de madera allí donde descansa el perito Francisco Moreno. Invariablemente, se rinde homenaje con tres toques de bocina al primer hombre blanco que exploró ese terruño.
El catamarán avanza rápido, sin bamboleos. Las profusas cascadas y arroyos en valles y laderas rocosas exhiben las cambiantes caras del cerro Tronador. Al arribar a Puerto Blest, los turistas se lanzan en manada a inspeccionar la cascada y el lago Los Cántaros, una sucesión de saltos de agua de deshielo a 850 metros sobre el nivel del mar. Con más de 4000 mm de lluvia por año, Puerto Blest es uno de los parajes más húmedos del país. Las lluvias cimentaron un bosque inextricable de lengas y anárquicos líquenes sobre rocas.
Tras recorrer unos 10 kilómetros por tierra, se llega al que quizá sea uno de los puntos más subyugantes del periplo: el verde esmeralda del lago Frías, un brazo de aguas sosegadas, al reparo del viento. Allí, en esa porción de naturaleza envolvente, la voz humana retorna con un eco singular. Y en las alturas, los cóndores escudriñan a los intrusos.
Del otro lado
Unos cuarenta minutos después, el paraíso queda atrás. El sendero de ripio, que algunos turistas hacen a pie, conduce a la villa ecológica de Peulla, ya en Chile. A mitad de camino sólo un cartel de madera indica el paso limítrofe con Chile.
Atravesar la selva valdiviana regala postales de ensoñación: marañas de lianas y cañas macizas de colihue entreveradas con cipreses, alerces, ñires y algún arrayán de corteza helada.
Peulla luce como una gran granja verde, donde pastorean vacas, ovejas y cerdos. Hay sólo un gran hotel donde los más aventureros descargan su adrenalina en un circuito de canopy y otros deportes extremos.
El último tramo del viaje supone la navegación acompasada por el lago De Todos los Santos, desde donde asoman la isla Margarita y los volcanes Puntiagudo y Osorno. Tras una hora de navegación, se arriba a la villa turística de Puerto Varas, a orillas del lago Llanquihue, a unos 15 kilómetros del océano Pacífico y de Puerto Montt.
Recorrer la Patagonia chilena es una lección magistral de desarrollo turístico sustentable, de esmero puesto en la preservación ambiental y de fidelidad a la identidad arquitectónica y paisajística que la mano del hombre no pudo doblegar. Pero navegar por la cordillera supone hilvanar un circuito sumamente original que no deja de cautivar.
Por Loreley Gaffoglio
13/12/10
LA NACION

