El pescador Amador Sancho se dedica desde los 13 años a la pesca de trasmallo, un oficio al borde de la extinción en la costa torrevejense.
El pescador Amador Sancho se dedica desde los 13 años a la pesca de trasmallo, un oficio al borde de la extinción en la costa torrevejense.
Limpia las redes con la parsimonia que da un oficio largamente trabajado. Con su barquito de poco menos de siete metros de eslora y algo más de dos metros de manga, lleva pescando a trasmallo por la zona rocosa de Torrevieja desde los años cincuenta. Comenzó a los trece años, y a los sesenta y seis sigue en la brecha, saliendo a pescar cuando el tiempo lo permite, y pasando muchas horas limpiando y reparando las redes que utilizan, y que cuando se lían demasiado tienen que desechar. El barco de Amador Sancho tiene más de cuarenta años, lo construyó en 1964 José Tárraga en los astilleros de Santa Pola. «Es un trabajo duro, porque cuando viene malos tiempos no se puede salir a la mar». Los malos tiempos de Sancho son los temporales, sobre todo de levante, que levantan un oleaje al que es difícil hacer frente con un barco de las reducidas proporciones del de Amador.
Habla Amador de lo duro de un trabajo que no cambiaría por nada, en el que «cuando trabajas comes, pero si no pescas no comes». La pesca de trasmallo se dedica sobre todo al langostino y la sepia, dos manjares que no suelen ser de los mas baratos de las plazas pero que en la lonja se paga poco. «El producto, en el mercado va cargado con un doscientos por cien respecto a lo que nos pagan». Lo dice Amador hijo. Trabaja con su padre «por que le gusta», aunque al trabajo en el barco suma el de operario en la fábrica del hielo «con esto sólo no se puede vivir», asegura el vástago. Aún así, cuando el tiempo lo permite, padre e hijo salen a la mar. «Los malos tiempos no dejan salir a menudo, y eso hace que se gane muy poco, por eso apenas quedan pescadores de ese arte en el puerto de Torrevieja, antes éramos más, pero ahora sólo quedamos dos», explica Amador.
Como los de cerco, muchos de los pescadores de trasmallo han ido dejando sus barcos, llevándolos al desguace, porque en una ciudad como Torrevieja hay muchas oportunidades de trabajo fuera de la mar. Un oficio que tiende a desaparecer, y que hace pensar que cada vez será más escaso en una localidad en la que el puerto deportivo que se está construyendo trasladará de lugar a los pescadores, si es que alguna vez se abordan las obras del puerto pesquero.
De momento permanecen donde has estado siempre, enfrentándose a los caprichos del mar y a los bajos precios «aunque la pesca del trasmallo, el langostino o la sepia no está tan afectada por las fluctuación de precio que afectan a la sardina o al boquerón», explican.
Amador Sancho y su hijo son representativos de un oficio y un modo de vida de las gentes de Torrevieja que constituyen apenas un recuerdo de lo que fue la economía de un pueblo, que hace años, era únicamente pescador y salinero. Antes de que llegase el boom del turismo y la construcción, y de los ocho o quince mil habitantes se pasase a casi los cien mil, una cifra que se cuadruplica cuando llega el verano, cuando los pescadores, alarmados de tanta visita, incluso cierran la lonja al público, por la avalancha de visitantes, que no siempre respetan el fruto de su trabajo.
Por LUISA SÁNCHEZ/TORREVIEJA
02/07/07
LA VERDAD

