La casa de los túneles (Cuento de Daniel Molina Carranza)

“…En julio de 1945 a tres meses de finalizada la Segunda Guerra Mundial, el submarino alemán U 530 emerge frente a la Base de Mar del Plata. Por señales visuales informa que quiere entregarse ante las autoridades argentinas. Un mes después en la misma actitud emerge l submarino U 977. Ambos pertenecían a la flota de los denominados Lobos Grises que a palabras de Winston Churchill, habían sido su mayor preocupación en la guerra. No era la primera vez que visitaban nuestras aguas y con la segura complicidad de las autoridades argentinas habían estado desembarcando los jerarcas nazis que huían de Europa…”

El capitán Daniel Molina Carranza, nos relata en forma de cuento, éste relato de la fuga de los nazis que fue definido como uno de las diez hechos más extraños de la segunda guerra mundial. Él relaciona esta operación con la infraestructura creada en tierra por los agentes de inteligencia alemana. En forma amena y familiar nos hace sentir a través de la casa de veraneo, las vivencias de todos aquellos que fuimos al mar en nuestras vacaciones y buscábamos algo extraordinario como ser una aventura.

La casa de los túneles

En esta casa donde se mezclaban los ruidos alegres de los niños con huecos y sombras tardamos en entender que los objetos físicos guardan memoria de lo vivido y a veces el alma de quienes lo sufrieron.

Mi suegro tenía una casa de veraneo en la ciudad de Mar del Plata que era el refugio de nuestro grupo familiar durante los veranos. Somos una familia numerosa, de las que ahora llaman ensambladas. Nuestra prole está formada seis hijos, mi esposa, aportó una hija, yo dos y tres tuvimos en común. Siempre estuvieron juntos desde pequeños.

En razón de mi profesión, que es la de marino mercante, la posibilidad de las vacaciones de verano junto con abuelos y parientes, hacía que la casa fuera nuestro destino favorito, especialmente el de los niños. Ellos eran los que lo que más la disfrutaban esos veranos de casi tres meses, porque además de reunirse con sus amigos, la cercanía de la playa era algo muy tentador y especial.

Olvidé de contar que la casa estaba situada frente al mar, pero separada de la costa por una avenida. Para llegar a la playa había que cruzarla y era muy transitada con cuatro vías vehiculares, así que la visita diaria al mar era un procesión familiar, muy organizada y muy divertida. Sin duda alguna, en esa casa pasamos años muy felices y de unión familiar. Además de mis suegros, mi madre también era nuestro huésped permanente junto a algunas tías que siempre aparecían.

Ediliciamente había sido construida en 1908, y, según lo que le habían contado a mi suegro, fue propiedad de un conde español que se había radicado en Mar del Plata, por alejarse del gobierno de Antonio Maura y del reinado de Alfonso XIII.

Pero nada de eso parecía tener asidero alguno salvo por la presencia de escudos heráldicos en las paredes, escudos que se reproducían hasta en los azulejos andaluces que cubrían las paredes de la tasca, que se encontraba en una de las entradas. Por otro lado, escrito en el dintel de la puerta de gruesa madera, en la entrada, estaba grabado sobre la madera “Valencia”.

Mi suegro la había comprado en un remate oficial, así que no podíamos investigar mucho sobre su historia escarbando en los papeles que recibió en la compra. Pero algunos detalles nos hacían pensar que la historia había sido otra. Uno de esos detalles era que sobre la esquina contraria a la casa había un almacén de la misma época y estilo que la casa, que se llamaba El Presidio y bien podría haber sido una continuación de la propiedad. Estaba abandonado desde hacía muchos años y, esporádicamente, aparecía algún ocupa que al poco tiempo desaparecía. Si bien los vecinos hacían las denuncias policiales correspondiente, cuando llegaban los uniformados no había nadie. Parecía que se lo hubiera tragado la tierra.

La casona estaba rodeada por un hermoso parque, y en la esquina contraria al Presidio se levanta una casa de servicios donde vivía permanente el cuidador. En otoño, ya quedaba la casa principal cerrada hasta el otro año. Cuando hacíamos una escapada de invierno parábamos en un hotel porque no se justificaba calefaccionarla por un par de días.

Para eso era necesario habilitar la caldera que ahora funcionaba a gas, pero que originalmente trabajaba por leña o carbón. La distribución interna de la casa estaba constituida por dos plantas y dos subsuelos. Lo que nos preocupaba eran los sótanos Afortunadamente a los niños les daba mucho miedo ir a jugar al subsuelo, no obstante, teníamos cerrado el acceso a la escalera de bajada con una reja.

En una oportunidad que debí viajar solo a Mar del Plata, pese a ser invierno se me ocurrió pernoctar en la casa, haciendo caso omiso del frio. Realmente dormí muy mal, sobresaltado y escuchaba ruidos durante la noche. A la madrugada sin desayunar me fui y juré no intentarlo más.

Producto de esta mala experiencia y de puro curioso y porque nunca me conformó la historia del conde, empecé a indagar en la escribanía que había intervenido en la última venta y así llegué hasta el registro municipal de la ciudad en busca de datos.

En efecto, la había construido un inmigrante español, seguramente adinerado, al parecer con algunas obsesiones de persecución. Ahora trataré de explicar el porqué de mi idea sobre sus temas mentales. Los dormitorios y el comedor diario según fue diseñada la casona podían independizarse del resto de la casa y del exterior por los gruesos postigos de las ventanas puertas interiores y rejas. Otros detalles: eran que una vez encerrado que alguien se hubiera encerrado, podía observar hacia el exterior a través de mirillas y la conexión con la cocina se hacía a través de un pasaplato. Se nota que el español tendría miedo de ser asaltado o que alguien viniera por él.

Lo que nunca se nos hubiera ocurrido era qué había en los subsuelos. Como les comenté, los chicos sentían miedo de acercarse y, según su imaginación, decían ver sombras permanentes en la pared de la escalera que estaba cerrada por la reja. Tan convincente eran que yo empecé a verlas también. Como si estuviéramos encadenando las sensaciones mi suegro me confeso que él también había visto las sombras y por eso sello el segundo subsuelo.

Con el correr del tiempo, los hijos dejaron de ser niños, los abuelos se pusieron grandes y ya las estadías, año a año, eran cada vez más cortas. Así que, finalmente, decidimos vender la casa. Debo reconocer que sentí un alivio porque cada vez pensaba más en las sensaciones raras que sentía en la casa, en especial esos días grises de lluvia, que las ciudades costeras nos regalan aun en verano.

Poco antes de que hubiera un interesado en la compra, acaecieron dos hechos singulares. El primero fue que un día que estaba entrando el auto al garaje, se me hundió el piso del jardín, lo que provocó la necesidad de sacar el auto con una máquina vial y tapar, con unas camionadas de arena el pozo que se había producido. El otro suceso fue que estando una vez en la galería que rodeaba la casa, advertimos que la cerámica del piso se había rajado y éste empezaba a hundirse

Finalmente, como toda casa desocupada tiene un novio o novia esperando para comprarla, apareció un pintor brasileño casado con una mujer de Mar del Plata. La pareja había decidido mudarse a la ciudad, cuna de la esposa. Recorriendo la ciudad en una visita por la costa les había impresionado gratamente la construcción, y el pintor imaginó armar su atelier en el segundo piso con vista al mar. Se contactó con nosotros, y con mi suegro acordamos venderla. Al comprador le hice ver algunos detalles negativos producto de la edad de construcción. Pese a eso la compró igual.

Igualmente, le aclaré que la casa tenía dos sótanos y que, por prevención, el segundo, el más profundo, no lo habíamos abierto nunca. Es más, lo habíamos sellado por seguridad. Fue ese detalle el que disparó la chispa de su curiosidad e imaginación. Lo primero que hizo al tomar posesión de la casa, fue destapar el segundo sótano, que estaba cerrado con material.

Cuál no sería la sorpresa del pintor cuando encontró cadenas que pendían del techo y dos puertas. Las cadenas seguramente tendrían que ver con que el español colgaría jamones para curarlos en el subsuelo, pero las puertas en las paredes era otro tema, misterioso y excitante.

Ambas conectaban a sendos túneles. Si bien éstos estaban tapiados, después de un trabajo arduo y peligroso, que requirió la intervención de toda una cuadrilla, se logró llegar a ambas desembocaduras, no sin antes, por precaución, haber tenido que apuntalar los techos. Por el túnel del sudeste irrumpía en La Prisión, nombre curioso y casi patibulario para un almacén, ahora abandonado. El del este, el de mayor extensión, venía a confluir en la piedra del acantilado y terminaba por salir a la playa.

Ahora tenían sentido, tanto el hundimiento del terreno bajo las ruedas de mi coche, como las grietas en el piso de la galería. El español de marras, según parecía, atrás de sus obsesiones, había introducido dos vías de escape, vaya uno a saber por qué causa.

El túnel de El Presidio no parecía tan transitado como el de la playa, el cual guardaba restos de cosas, tales como paquetes vacíos de cigarrillos y latas de comida, algunas todavía sin abrir. Pero lo verdaderamente sugestivo fue que nada de aquellos restos era de factura nacional; su origen los remontaba a la vieja Alemania, incluyendo una pitillera con una cruz esvástica, lo que nos daba una idea de la antigüedad de la misma, lo que nos remitía a la segunda guerra mundial.

Con todos estos hallazgos empezamos a investigar quién había sido el habitante de la casa en aquella época –no era por cierto el español, ya muerto, y de quien parecía que habíamos heredado sus obsesiones–. Así fue que en los registros encontramos que, en 1945, habitaba la casa un tal Ramírez, al parecer comisario de la policía. En esa época en la provincia de Buenos Aires gobernaba un interventor federal designado por quien era presidente de la nación el general Edelmiro Farrell.

Este militar descendiente de inmigrantes irlandeses, había llegado al gobierno como presidente de facto por ser uno de los gestores del golpe de 1943. Si bien existía en los miembros del gobierno la simpatía por la causa alemana, la presión de Estados Unidos logró que en febrero de 1945 se declarara la guerra a Alemania y Japón, pero esta declaración de guerra era más un gesto para no quedar descolocados en la posguerra. También ponían a nuestro país en una situación ideal para ayudar a los nazis a escapar. Lógicamente se abría un gran negocio

Sobre las postrimerías de la guerra mundial los jerarcas nazis preveían que serían duramente juzgados por los aliados cuando se descubrieran los campos de concentración donde habían sido asesinados judíos, gitanos, homosexuales y aquellos alemanes o italianos que pensaron diferente a la locura del nazismo. Por eso iniciaron el escape de Europa siendo Sudamérica el destino preferido, especialmente Argentina y Chile. Esta primera fuga fue ejecutada utilizando la flota de submarinos, más tarde sería a través de la organización ODESSA, la cual se haría cargo de sacarlos de Alemania en forma ordenada desatando un escándalo por la pasividad del resto del mundo.

De modo que, con la información que íbamos juntando, acudí al archivo del diario local La Capital. De lo registrado en 1945 surgió que, en julio de ese año, un submarino alemán había emergido frente a la Base Naval de Mar del Plata, con la intención de entregarse. Se le solicitó permanecer fondeado hasta que se llegara a una decisión. Esa misma tarde se le ordenó tomar puerto acompañado por una nave argentina. Se trataba del U530 uno de los llamados lobos grises, que se entregarían en Mar del Plata.

Fue un suceso que conmovió a toda la ciudad, a tal punto que una multitud se congregó frente a la Base. Curiosos, querían saber lo ocurrido y, sin duda, ver la nave que se entregaba. Tres meses habían transcurridos desde la finalización de la guerra.

Su capitán Otto Wermuth, había decidido entregarse a las autoridades argentinas. Esa suerte de capitulación fue con el submarino amarrado a muelle, la dotación formada de uniforme con sus condecoraciones dejando de lado los mamelucos de navegación. Formados en cubierta, vestía sus mejores galas, o lo que de ellas quedaba después de meses de navegación. Al embarcar las autoridades de la Base de mar del Plata, lo primero que hicieron fue arriar la bandera de guerra, envilecida por la esvástica que hasta desdibujaba sus colores. Después, en la cámara del submarino se firmó la rendición del Unterseeboot y se izó la bandera argentina en la vela de la nave.

El destino del submarino fue triste porque, entregado a la Armada de USA, fue convertido en blanco de prueba para ejercitación de lanzamiento de torpedos por parte de los submarinos de los Estados Unidos. El Comandante alemán, Wermouth, al igual que su barco, fue extraditado a Norteamérica: los yanquis querían saber a quiénes había trasladado desde Alemania. Lamentablemente, nunca supimos lo declarado por Wermouth, pero sí que meses después recuperó la libertad y regresó a Alemania.

Pero éste no fue un hecho aislado: el 17 de agosto, un mes después, y a cinco meses de la supuesta muerte de Adolf Hitler, se entregó un segundo submarino el U 977, su comandante era el Capitán Heinz Schaffer. En este caso el tratamiento fue diferente. De Estados Unidos viajó una comisión investigadora. Se especulaba con que Schaffer, de solo 25 años hablara al no soportar la presión del interrogatorio, quizás la tortura fue parte del mismo, y finalmente se quebrara. Ahora la acusación era más explícita: se lo inculpaba de haber trasladado al propio Fuhrer.

Esta última información quedó escrita en los relatos de la segunda guerra mundial, e inclusive en las memorias de los ex comandantes alemanes. Todo indica que quedó confeso el traslado de gente de la más alta jerarquía nazi de Europa a Argentina.

Para para mí lo más importante de estas declaraciones, era la información que se daba sobre la posición geográfica que tenían ordenada los submarinos salir a superficie, y así desembarcar ilegalmente los pasajeros. Esto lo ejecutarían previamente a su traslado frente al puerto, para entregarse a las autoridades de la Armada Argentina.

Esta posición geográfica era coincidente con la prolongación de la calle Storni en el mar y la isobata de los 10 metros, para lo cual como ayuda al posicionamiento del submarino estaba prevista una serie de coordinaciones. Por ejemplo, el día y a la hora prevista para el desembarco, desde la costa se encendían luces, presumiblemente desde automóviles. Los sumergibles debían fondear aproximadamente en la intersección de los haces luminosos generados.

Desde una de las casas de la costa una baliza de radio les marcaba radiofónicamente el callejón de aproximación, utilizando el radiogoniómetro de a bordo. No me quedaba duda de que esa era la torre de mi casa; desde esa torre se emitía la señal de baja frecuencia de radio. Todo iba cerrando.

Ya la investigación se había transformado en una obsesión que me robaba los días completos. Tan es así, que decidí desembarcarme por un par de meses con la intención de poder dedicarme totalmente a averiguar lo sucedido.

Así fue que encontré en el archivo del diario la declaración de un policía que había sido testigo de que una semana antes de la primera rendición, en el punto después declarado, había visto desembarcar gente de un submarino. Nadie le dio importancia a la declaración de este hombre. También existe una entrevista realizada a un Teniente Coronel retirado del ejército argentino, quien ya veterano decidió contar lo que le había ocurrido siendo subteniente mientras estaba de guardia en su regimiento ubicado en la localidad de Camet, en el límite norte de Mar del Plata. Relataba que, haciendo una recorrida nocturna perimetral por la ruta que es aledaña al mar, pudo ver luces que, desde el agua, parecían contestar señales desde tierra. Al regresar al regimiento, lo anotó en el libro de guardia y dio parte de lo visto.

Por esa razón fue interrogado por su subjefe de unidad, a quien declaró lo visto. El mismo le pidió máxima reserva hasta que se aclarara lo ocurrido. A los dos días recibió la orden de suspender las rondas nocturnas externas a la Base. El libro de guardia terminó siendo retirado por orden del subjefe del regimiento. Intuyó que algo grave ocurría y que a alto nivel no lo ignoraban. Decidió entonces guardar silencio sobre lo visto. Ahora, sobre el final de su vida, poco le importaba guardar ese secreto.

Armando el rompecabezas con los datos que yo ya tenía, resultaba evidente que el gobierno era el responsable de estos movimientos, coordinados con el servicio de inteligencia alemán. Era una sospecha que Alemania había financiado la insurrección de los militares que ahora ostentaban el poder. Así nacieron compromisos que un día debieron pagarse.

Pero ésa no era la única manera de retribuir, porque seguramente los que huían habían pagado en oro el servicio completo, que incluiría desembarco, permanencia en la casa, provisión de documentación y traslado a las ciudades donde iban a vivir. Los destinos, fáciles de adivinar: Bariloche y Buenos Aires.

El Comisario que le compró la casa al español, vaya a saber bajo que métodos, aprovechó el túnel que llegaba a la playa para trasladar a los jerarcas nazis desembarcados. Es más, quizás el español construyó únicamente el túnel que daba al almacén La Prisión, y el túnel a la playa fue pergeñado y construido por nuestro comisario, vaya uno a saber.

Es probable, entonces, que por la que fue mi casa, debieron haber pasado, no sólo jerarcas nazis, sino el mismísimo Hitler. Con seguridad uno de ellos fue el Dr. Josef Mengele conocido como el Angel de la Muerte. Realmente me aterroriza haber vivido tantos años en esa casa con la historia que encerraba.

Como parte final del rompecabezas, ¿qué eran las sombras que habían visto mis hijos y que yo había percibido? Más allá de los asesinos de la SS que pudieron haber pasado por su sótano y túneles, ¿qué otra sórdida historia ocurrió en la casa? ¿Qué alma en pena aun recorría los túneles y había quedado encerrada para siempre en ella? Sólo Dios lo sabe.

(DANIEL MOLINA CARRANZA) #NUESTROMAR

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