La temporada estival supone ciertos cambios de hábito en los turistas, quienes, al llegar el momento de las vacaciones, procuran desprenderse de la rigurosidad de horarios, obligaciones y hasta modos de vestir. Pero lo que no debiera modificarse es el respeto al entorno ambiental en el que cada individuo se dispone a pasar unas jornadas de descanso.
La temporada estival supone ciertos cambios de hábito en los turistas, quienes, al llegar el momento de las vacaciones, procuran desprenderse de la rigurosidad de horarios, obligaciones y hasta modos de vestir. Pero lo que no debiera modificarse es el respeto al entorno ambiental en el que cada individuo se dispone a pasar unas jornadas de descanso.Ese respeto, en rigor, no siempre es observado a lo largo del resto del año. Por ello se considera que, al menos en la ocasión del reposo, es preciso recapacitar acerca de la necesidad de contribuir a la mejor conservación de las playas, las sierras o cualquier otro escenario natural.
A fines de la semana anterior, en la sección Cartas de Lectores de nuestro colega “La Nación” , se escribió: “Las tapas plásticas de botellas pueden viajar por años en el mar y ser confundidas por albatros o animales marinos con alimentos, lo que puede ocasionarles la muerte. Lo mismo sucede con las bolsas de residuos, que se confunden con medusas”. La autora de la carta señaló también: “En las playas bonaerenses, presenciamos ciertos cambios cada vez más palmarios de nuestras conductas nocivas hacia el medio ambiente y, por consiguiente, hacia nuestra especie misma”.
Sin duda, tales afirmaciones provienen de la observación que la responsable de esos conceptos habrá hecho, en los últimos días, en algunos de los innumerables balnearios de la costa bonaerense. La preocupación de la lectora no es menor, desde el momento que agregó a renglón seguido: “Al parecer, las playas son consideradas por muchos como ceniceros, baños públicos o bien el lugar destinado a arrojar residuos”. Finalmente, demandó la rigurosa aplicación de medidas paliativas para corregir esta situación, incluyendo la instalación de cestos a fin de que el público pueda colocar allí los diversos desperdicios, en lugar de lanzarlos irresponsablemente al mar.
No puede negarse lo atinado de los mencionados comentarios, ya que cualquiera que concurra a esos lugares podrá comprobar que existen lamentables demostraciones de un comportamiento peligrosamente alejado de todo concepto relacionado con la preservación ambiental. Dejar desparramados por la playa elementos de descarte de lo más variado (y asombroso) es, para ciertos individuos, un hecho acostumbrado y natural. No entienden que, de tal forma, están conspirando contra su propia calidad de vida. La contaminación del mar, asimismo, es una de las consecuencias de tanto desatino.
En sitios privilegiados por la Naturaleza, como Monte Hermoso y Pehuen Co, nuestras playas más cercanas, y Sierra de la Ventana, no todo el mundo aporta su cooperación para que esos acreditados epicentros turísticos puedan seguir creciendo sin la amenaza de aquellos factores de polución. Sería altamente beneficioso, por lo tanto, que a las acciones que las autoridades preventivas puedan desplegar en tal sentido, se sume el sentido de responsabilidad de cada uno de los turistas, para no contribuir a una degradación que con poco esfuerzo podría evitarse.
17/01/12
LA NUEVA PROVINCIA
