La Argentina no encontró aún el diván donde, cómodamente, pueda tratar su fobia a las políticas de Estado, y su trastorno edípico por las políticas de Gobierno.
La Argentina no encontró aún el diván donde, cómodamente, pueda tratar su fobia a las políticas de Estado, y su trastorno edípico por las políticas de Gobierno.
Con una cantidad de candidatos oficiales lanzados ya a la carrera por la sucesión presidencial -para cuya elección falta más de un año-el oficialismo experimenta sensaciones encontradas. Por un lado, el apuro por sancionar leyes que avanzarán más sobre la propiedad privada, como la que promueve un mayor control estatal sobre el abastecimiento. Por el otro, varios funcionarios que comienzan a diagramar sus vías de escape. Y el mentado logro de la inmunidad legislativa.
El problema de tratar como políticas de Estado aquellas que sólo responden a planes de Gobierno que no gozan del necesario consenso social amplio (empresarios, trabajadores, gobernadores, etc.) es que se pretende hacer historia refundacional en muy poco tiempo.
En todo el arco que contempla a la logística, el transporte y el comercio exterior de mercaderías, las políticas del gobierno argentino de los últimos años abusaron de la lógica de lo impracticable, y contra todo sentido común, pisaron el mercado, la iniciativa privada y pusieron diques allí donde la inversión hubiera querido avanzar. En cambio, entronizaron la potestad estatal en todo. A tal punto que le dieron entidad. Lo transformaron en un demiurgo. ¿El resultado? Una secuencia administrativa que recayó en los iluminados, y potenció la arbitrariedad de los elegidos.
La discrecionalidad, las normas no escritas, las presiones verbales, las decisiones inconsultas, el desapego altanero a los acuerdos regionales y la negación de contratos globales marcarán la historia de mediados de la década del 2000 y principios de la década del 2010.
Una nueva juventud maravillosa y el resentimiento al poder.
Haber acelerado el ritmo del péndulo nacional al extremo opuesto del que se tocó en los 90 alejó al país del equilibrio necesario en donde residen los consensos básicos y las políticas de Estado.
En el medio del recorrido de ese péndulo se encuentran justamente los puntos de acuerdo que nadie discute: integrarse al mundo pero sin desproteger la inversión local; incentivar el transporte nacional, con el complemento importado, y la vocación de servicio público más que la de trascendencia mediática. (Por Emiliano Galli; LaNacion)
11/09/14

