En su momento de mayor esplendor era el segundo Parque Nacional más visitado, después de Cataratas del Iguazú, con una media anual de 300 mil turistas, pero una serie de circunstancias adversas hizo decaer esa cifra a 70 mil. Desde hace cinco años esa tendencia se fue revirtiendo con un ritmo de crecimiento que alcanza al 20 por ciento anual.
En su momento de mayor esplendor era el segundo Parque Nacional más visitado, después de Cataratas del Iguazú, con una media anual de 300 mil turistas, pero una serie de circunstancias adversas hizo decaer esa cifra a 70 mil. Desde hace cinco años esa tendencia se fue revirtiendo con un ritmo de crecimiento que alcanza al 20 por ciento anual.
La Isla Victoria fue en su momento el segundo Parque Nacional más visitado del país, después de Iguazú, cuando recibía unos 300 mil turistas al año, hasta que una serie de circunstancias adversas -veranos más cálidos que lo normal y algún brote de hantavirus- retrajeron esas cifras hasta los 70 mil visitantes, situación que ha comenzado a revertirse en los últimos cinco años.
Durante ese apogeo de los años ochenta, el 90 por ciento de los visitantes a San Carlos de Bariloche se embarcaba en el emblemático barco “Modesta Victoria”, amarrado en Puerto Pañuelo, y partían rumbo a la Isla para apreciar la magnificencia del bosque de Arrayanes.
En la actualidad, el turismo registra un crecimiento del 20 por ciento anual, hecho que se viene repitiendo desde hace aproximadamente cinco años, por lo que se calcula que en un período no muy largo se volverá a recuperar el esplendor de aquellos años.
Los 20 kilómetros de largo -cuatro en su parte más ancha y apenas doscientos metros en su franja más angosta- que ocupa la isla guardan diversos tesoros de flora, fauna y arqueología.
Es justamente esa diversidad biológica, entre plantas originarias y exóticas, lo que hace que se convierta en un lugar privilegiado para el estudio científico. “Los biólogos hacen un monitoreo permanente de todas las especies, de los lugares donde detectamos algún acontecimiento no común, y ahí realizamos una serie de estudios”, precisó Damián Mugica, guardaparques de la isla.
En la punta norte se encuentra la denominada “reserva estricta”, lugar vedado a los visitantes, que tiene como objetivo proteger el bosque de arrayanes –doce hectáreas son públicas y siete restringidas-, que de esa manera de encuentra en óptimo estado de conservación.
“La parte pública, que fue históricamente visitada, muestra un impacto. Pensemos que en la década de los setenta el turista bajaba de los barcos y caminaba libremente por el bosque, ocasionando pisoteos y eliminando vegetación”, destacó Mugica.
La categoría de manejos implantada por Parques Nacionales también se aplica a la isla, con una franja de amortiguamiento donde se permiten las construcciones para turismo y la propiedad privada y un núcleo donde nadie puede entrar, a excepción de los científicos, donde se enfatiza la protección mayor.
“Fuimos aprendiendo que si nosotros no trabajamos con el conjunto, con el privado, con el concesionario, estamos llamados al fracaso. Yo no puedo estar exigiendo y tomando al concesionario como enemigo, sino que tiene que ser mi aliado para atender al turista”, aseguró.
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La isla sufrió el mismo proceso que se dio en todo el mundo en cuanto a la introducción de especies no originarias. En la actualidad existen unas cien variedades de coníferas y nogales, además de una gran variedad de flores exóticas.
“Lo que estamos haciendo ahora es poner el control en las especies que son invasoras. Tenemos que apuntar al área central donde está la mayor cantidad de especies introducidas y donde tenemos especies de nuestro bosque nativo, lo que se constituye en un banco genético de especial interés”, destacó Mugica.
Otro de los atractivos del lugar son los al menos quince sitios arqueológicos que se encontraron y que están bien alejados del área central. De acuerdo a los registros que forman parte del patrimonio de la isla, los pueblos que habitaron de forma esporádica o pasaron por su territorio datan de unos 800 años de antigüedad.
“En unas excavaciones que se realizaron, donde se encontraron huesos, se comprobó que la isla era un lugar de paso, sin existir registros de residencia permanente. Eran todos nómades que iban tras las manadas de guanacos o huemules”, precisó. Por Alejandro San Martín
30/01/07
TELAM
