El Astrolabe contra viento y marea

Los mares del sur, rumbo a la Antártida, son aguas perturbadoras, y los navegantes que se arriesgan a cruzarlas deben soportar condiciones adversas.

Los mares del sur, rumbo a la Antártida, son aguas perturbadoras, y los navegantes que se arriesgan a cruzarlas deben soportar condiciones adversas.

Los intensos vientos y las olas traicioneras del océano Austral complicaban la misión del navío "Astrolabe", que partió a mediados de enero del puerto australiano de Hobart con destino la Antártida para abastecer a dos bases científicas francesas.

"Es cierto que el océano Austral es en general más bravo", reconoce el comandante del barco, Xavier Le Bras. Estas aguas forman parte de una vasta corriente alrededor del continente antártico, donde por lo general los vientos no encuentran ningún obstáculo.

El comandante Jean-Baptiste Charcot, que navegó en este océano a principios del siglo XX a bordo del "Français" y del "Pourquoi-Pas?" (¿Por qué no?), detalló en sus escritos la difícil meteorología de la región.

"El agua te cala hasta los huesos, a pesar de los impermeables. Todo parece mojado a bordo", escribió Charcot.

El "Astrolabe", de 65 metros de eslora, efectúa cada verano austral cinco viajes entre Hobart y Tierra de Adelaida, desafiando a menudo las aguas embravecidas, salpicadas de icebergs a la deriva.

El navío transporta más de 120 toneladas de mercancías, entre alimentos y material científico, así como 350 toneladas de combustible para las bases. Un total de 31 científicos o técnicos viajan a bordo, así como 12 miembros de tripulación.

El barco está dotado de una sala para comer, donde una estatua de Cristo contrasta con los calendarios de fotografías de mujeres desnudas, un salón y una biblioteca en la que se pueden ver películas.

Pero la mayoría de los "expedicionarios", como los llama el comandante, llevan mal las condiciones de navegación en este océano inhumano.

El navío es sacudido constantemente por el ir y venir de las olas, lo que hace que los pasajeros se balanceen y sean proyectados contra las paredes. Los momentos de calma son escasos.

A causa de estas difíciles condiciones, el abastecimiento por mar de las bases antárticas francesas, la estación costera de Dumont d’Urville y de Concordia, en el interior, sigue siendo una misión peligrosa, a pesar de que los avances técnicos facilitan la labor.

El pasado noviembre se declaró un incendio en la sala de máquinas, dejando el barco a la deriva, hasta que los motores pudieron volver a utilizarse.
Este tipo de averías, en una zona situada fuera de las rutas comerciales de navegación, pueden resultar fatales. Cada pasajero debe seguir un entrenamiento combinado con cursos de submarinismo, por si se produce un naufragio.

La tierra prometida

Tras cinco días agotadores de travesía por el océano Austral, los científicos a bordo del "Astrolabe" se acercan a la base Dumont d’Urville, en esta Tierra de Adelaida que el explorador Paul Emile Victor llamó "otro planeta".

Vistos desde alta mar, los edificios de la base científica de la Isla de los Petreles se destacan de las rocas y del hielo por sus colores vivos.

La estación, que tiene el nombre del navegador francés Jules Sébastien César Dumont d’Urville, que descubrió la Tierra de Adelaida en 1840, representa desde el Año Geofísico Internacional (AGI) en 1956-1958, una presencia francesa permanente en el continente antártico.

Un centenar de personas durante el verano austral y unos treinta en el invierno, entre científicos, técnicos, médicos, viven en autarquía la mitad del año.
"Dumont d’Urville es de hecho un campus del Instituto polar francés Paul-Emile Victor (Ipev)", explicó el director de este organismo, Gérard Jugie. "Hay un lugar para dormir, es la residencia universitaria, un lugar para comer, es la cantina, una central de energía, y un servicio técnico que hace funcionar todo esto. El resto son laboratorios".

Las investigaciones se refieren tanto a la geofísica (ionosfera, ozono, sismología) como a la biología animal, la medicina, la glaciología. Algunos estudios comenzaron hace más de medio siglo en este "oasis" para pájaros y pingüinos.

29/01/07
EDICIÓN NACIONAL

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