(FNM) ¿Cómo es posible que piratas de un país muy pobre como Somalia puedan cobrar rescate por buques de algunos de los países más ricos, a pesar del patrullado provisto por las armadas más fuertes del mundo?
(FNM) ¿Cómo es posible que piratas de un país muy pobre como Somalia puedan cobrar rescate por buques de algunos de los países más ricos, a pesar del patrullado provisto por las armadas más fuertes del mundo?
Ese fue el dilema discutido en la reciente Conferencia sobre Somalia, celebrada en Estambul, y que está al tope de las agendas de Naciones Unidas, NATO y la Unión Europea.
La actual estrategia antipiratería ha funcionado bien, pero está enfrentando una disminución en los resultados. Las patrullas navales en el Cuerno de África han reducido el nivel de éxito de los ataques: uno de diez intentos son consumados, en comparación con uno de tres, antes. Con todo, el número de ataques denunciados se duplicó entre 2007 y 2008 (de 51 a 111), y volvió a duplicarse en 2009, alcanzando los 217. Y todavía están en crecimiento.
Hace cinco años, la mayor parte de los ataques se desarrollaban a lo largo de la costa de Somalia; ahora, algunos se concretan a 1.000 millas de la costa. El promedio de los montos de rescate supo ser de unos pocos miles de dólares; ahora se catapultaron a dos o tres millones, y siguen en aumento. La piratería somalí volverá a obtener alrededor de cien millones de dólares este año.
Las armadas del mundo protegen los buques frente a las costas de Somalia. ¿Está funcionando? Hasta cierto punto, sí. Pero con costos exorbitantes. Un buque de patrullado cuesta unos cien mil dólares diarios. Considerando que hay alrededor de 40 unidades de patrulla, el costo operativo anual agregado es de alrededor de mil quinientos millones de dólares, comparado con los tres millones que recibe el fondo especial antipiratería creado por Naciones Unidas.
Los efectos en las economías de los países ricos ha sido despreciable, y los niveles de los seguros se han incrementado sólo mínimamente. Pero el impacto sobre el África Oriental es devastador: pone en riesgo vidas, trastorna el comercio, mata el turismo, atenta contra la ayuda alimentaria, enriquece a criminales, provee financiación a insurgentes y pervierte la economía regional. Los trastornos se han extendido ahora hacia los estados de los Grandes Lagos que usan los puertos de África Oriental para su comercio.
¿Qué se puede hacer?
Dejar libres a los piratas no tiene sentido: a la semana están de vuelta en el agua (hasta ahora unos 600 fueron liberados luego de la confiscación de sus armas). Dispararles sin aviso previo es esencialmente reprobable (aunque ya ha ocurrido, incluso recientemente). Transportarlos a los países de bandera o propiedad de los buques secuestrados es impracticable, dadas las distancias y complejidad jurisdiccional. ¿Y qué otra cosa?
Los patrullados en el Golfo de Adén y en el Océano Índico deben continuar, y los piratas detenidos deben ser llevados ante tribunales en la región: Kenya tiene actualmente 124 piratas detenidos, y las Seychelles 31 (lo que constituye el 10% del total de la población carcelaria). Más piratas podrían y deberían ser juzgados en otros países del este de África.
Se necesita más asistencia internacional para reforzar la capacidad de esos países de la región – adiestrando fiscales, reconstruyendo lugares de juicio y prisiones. Esto puede proveer beneficios adicionales: ayudar a la policía en el Cuerno de África a combatir el tráfico de drogas (30 a 35 toneladas anuales sólo desde Afganistán), y el contrabando de armas, personas, recursos y electrónicos.
Pero sobre todas las cosas, el problema debe abordarse en sus fuentes. Somalia es un ambiente de alto riesgo, pero no todo el país es completamente anárquico. En provincias como Somaliland y Puntland, las autoridades tienen algún control. Deberían ser asistidos, técnica y financieramente, para construir infraestructura logística e institucional – cuerpo de guardacostas, policía, tribunales- para hacer cumplir la ley antipiratería en tierra.
También deberían ser asistidos con programas sociales y económicos para reconstruir el país, y especialmente para proveer trabajo a los jóvenes, evitando que se hagan vulnerables a cometer delitos.
Por empezar – y esta es la parte sencilla- las prisiones somalíes deberían ser reacondicionadas para permitir que los somalíes purguen sus sentencias en su suelo natal, aun cuando fueran impuestas en el extranjero.
Luego, el sistema judicial en las provincias somalíes donde la seguridad haya mejorado, debería reforzarse hasta el punto –para nada lejano-, de que puedan juzgar a sus propios piratas.
Sobre todo, son necesarias un conjunto robusto de medidas antilavado de dinero. Cada pirata se lleva a casa entre 10.000 y 15.000 dólares por ataque exitoso. Sus embarcaciones, en formación de ataque, llevan entre 20 y 24 piratas, lo que implica un total de entre US$ 300.000 y 500.000 por ataque.
Considerando que los pagos de rescates implican algunos millones de dólares por barco, la diferencia hace de los grupos criminales los grandes ganadores. En otras palabras, la piratería se ha convertido en un crecientemente jugoso negocio. Las compañías de seguros no tienen problemas en pagar unos pocos millones de dólares por el rescate de un buque tanque cuya no disponibilidad, por estar en manos de los piratas, podría costarles lo mismo por semana.
Ha llegado el momento de adaptar la estrategia internacional en Somalia a nuevas condiciones, lidiando con el problema en sus fuentes, en tierra, antes que en el mar.
Hasta que no se encuentre una solución para Somalia, los piratas seguirán viniendo.
Por Antonio María Costa
Adaptado al español por NUESTROMAR. Fuente: The New York Times; 08/06/10
NUESTROMAR
10/06/10
