El ‘Cristóbal Colón’, un buque de 223 metros de eslora con destino a Dubai, toma forma en La Naval. 800 personas tallan con mimo el símbolo de un astillero que ha salido a flote.
El ‘Cristóbal Colón’, un buque de 223 metros de eslora con destino a Dubai, toma forma en La Naval. 800 personas tallan con mimo el símbolo de un astillero que ha salido a flote.
Alguien escribió una vez que las victorias producen felicidad, pero son las derrotas las que imprimen carácter. Los trabajadores de La Naval de Sestao lo saben mejor que nadie. Se hicieron fuertes contra los temporales más brutales atrincherados en un dique seco que a punto estuvo de saltar por los aires y conservan para la posteridad un pasado de leyenda al que sólo hacen sombra los Altos Hornos de Vizcaya. Hubo un tiempo en que aquí latía el pulso de Vizcaya entera, los trabajadores llegaban de toda España y el paisaje estaba cubierto de humo, ruido y fuego. Los obreros salían de las fábricas entre ruidos de sirenas, manchados de grasa y herrumbre, como replicantes de una película de ciencia ficción. Era otra época. «Para sofocar una huelga no bastaba con llamar a la Policía, tenía que venir el Ejército. Figúrese», comenta un vecino de Sestao desde la calle Rivas, haciendo un gesto genérico con el brazo que abarca desde el astillero hasta la acería compacta.
Un año después de la privatización, La Naval ha superado sus peores fantasmas. A los gaseros de Fernández Tapias y Knutsen, les han sucedido los cargueros, y los trabajadores del astillero empiezan a ver la luz al final del túnel. El último desafío ha llegado en forma de draga. Mejor aún, de superdraga, y es un encargo del consorcio belga Jan de Nul. La criatura que va cobrando forma en la Grada 1 es pesada y quita el sueño a todos los que participan en su alumbramiento.
Doble desafío
78.000 toneladas y 223 metros de eslora son palabras mayores, y la respuesta debe ser acorde al reto. Alrededor de 800 personas -de las 1.500 que deambulan a diario por el astillero- trabajan en tres turnos para botar el ‘Cristóbal Colón’, la draga más grande del mundo. No todos pertenecen a La Naval. La desmesura del proyecto obliga a contar con media docena de contratas -especialistas en acero, armamento, instalaciones eléctricas, andamiaje, transportes…-, y más ahora, cuando el compromiso de CNN de reflotar la compañía pasaba por reducir la plantilla a una tercera parte.
Fuentes de la empresa señalan que el reto planteado es doble. «Por una parte, el desafío económico. Hemos tenido que conseguir una financiación nada menos que de 260 millones de euros, que sale del mercado interbancario, porque no abundan las entidades que asuman un riesgo de semejante calado. «Cuando estábamos debajo del paraguas público, era otra cosa. Pero ahora nos tenemos que buscar la vida en el sector privado. ¿Con qué aval? Nuestro buen hacer».
La otra gran dificultad es de carácter técnico. La capacidad de succión de la draga es descomunal y le permite trabajar a 142 metros de profundidad mediante las bombas instaladas en sus brazos. Basta con darse una vuelta por el armazón de dimensiones ciclópeas que se levanta en la grada para comprobar la complejidad hidráulica del ingenio, un dédalo casi imposible de mamparos, tuberías y válvulas; una ciudad volcada sobre las nueve tolvas donde se depositarán los fangos del fondo marino.
La construcción del buque va viento en popa. La botadura se producirá en mayo, apenas con el motor y la red de tubos de bombeo, aunque no se entregará al armador Jan de Nul hasta febrero de 2009. Durante esos nueve meses habrá que habilitarlo con todo el aparataje técnico y acondicionar el espacio donde trabajarán -y vivirán- sus 46 tripulantes. El proceso se completará con la instalación de grúas, la puesta a punto y un periodo de pruebas no inferior a dos meses. Lo entregarán limpio como la patena y a falta sólo de un lazo.
En La Naval sostienen que el encargo no es fruto de la casualidad. «Sestao es, hoy por hoy, el mejor astillero del mundo en construcción de dragas. Somos un referente, al menos mientras no se metan los chinos en el sector». El gigante asiático es amo y señor del mar en el segmento de petroleros, cargueros y gaseros. «Lo mismo te hacen quince barcos seguidos», apostillan desde la compañía.
Una vez construida, la draga viajará a Dubai para tomar parte en el último proyecto faraónico en el que se han embarcado los jeques de los Emiratos Árabes, construir un paraíso de islas artificiales sobre los fondos del Golfo Pérsico, un imán turístico llamado a ser la quintaesencia del lujo, la residencia de las mayores fortunas del mundo. Aunque no acaban ahí las utilidades del barco, entre otras la construcción de puertos o la recuperación de playas en zonas que hayan sufrido desastres naturales.
La draga ‘Cristóbal Colón’ no es el único pedido que maneja La Naval, aunque sí el más importante. A la reciente entrega del gasero Knutsen a Repsol se suman los tres cargueros de 80 metros construidos para Murueta, así como el ‘fall pipe’ especializado en abrir y tapar zanjas para cableado submarino y extraer minerales a 1.700 metros de profundidad. El astillero ya trabaja en el corte de chapa de este último proyecto, aunque la puesta de quilla no se producirá hasta abril de 2008. Así las cosas, la carga de trabajo está garantizada para casi cuatro años.
Del soplete al plasma
El proceso de elaboración de la draga comienza en el parque de chapas, una explanada donde se depositan las planchas de acero, antesala de la línea de montaje. El metal proviene en unos casos de la cercana acería compacta, o del extranjero, una elección que atiende a la inapelable lógica de los precios. No todas son del mismo grosor -las más gruesas alcanzan los 65 milímetros-, depende del lugar que vayan a ocupar en el buque, cuya estructura está sometida a presiones enormes. Grandes grúas equipadas con imanes las mueven a lo largo del parque, desde donde van a parar al pabellón de corte y conformado. Allí, rodillos y prensas hidráulicas dan forma a las piezas curvas, mientras máquinas de última generación controladas desde un ordenador cortan la chapa como una costera sus patrones. El plasma ha sustituido a los sopletes y el resultado, además de impecable, es mucho más rápido.
El siguiente paso es el pabellón de bloques rectos y curvos, donde se construyen las distintas secciones de la draga. Son compartimentos mastodónticos, que se hacen primero aquí y luego se transportan a la cabina de granallado y pintado, donde primero se chorrean con arena para quitar las impurezas al acero -el óxido, por ejemplo- y luego se recubren con una capa de imprimación para evitar que, una vez en el mar, la corrosión fruto del salitre y las lapas arruine el casco del buque.
Sergio es técnico de prevención y advierte sobre las precauciones que hay que adoptar a lo largo de todo el proceso, en especial en las cabinas de pintado, donde los índices de toxicidad fruto de la pintura y el riesgo de explosión obligan a realizar continuas inspecciones. «Hace algún tiempo, un compañero que cargaba unos botes de pintura decidió cambiar una bombilla que se había fundido. La atmósfera era tan inflamable que la chispa le convirtió en una bola de fuego. Lo evacuamos todavía con vida y aguantó así durante horas. Fue horrible». Pero éste no es el único lugar del astillero donde se agazapa el peligro. «Mires donde mires, no verás un lugar a más de dos metros del suelo que no esté protegido con barandillas. Nuestro trabajo es adelantarnos a cualquier contratiempo, por ridículo que parezca». Salta a la vista que Sergio disfruta con su trabajo. Este bermeano es licenciado en Derecho, pero el destino se interpuso en su camino a los tribunales y acabó en el astillero. «Sin embargo, mi padre, que estudió Ingeniería Naval, sólo estuvo aquí de prácticas. Y eso -dice entre carcajadas- fue mucho antes de que se jubilase».
Como hormigas
Mientras recorremos los pabellones, un ejército de soldadores, armadores, tuberos, gruistas, peritos o maquinistas navales trajinan sobre bloques del tamaño de casas prefabricadas. El propio centro de formación de La Naval se encarga de satisfacer las necesidades de una industria que ha invertido la tendencia de los últimos años y ahora crece, crece. «Se colocan casi todos -confirman desde la compañía- y, además, mantenemos convenios con la Escuela de FP de Muskiz, la NTP de Leioa, el IFAP de Basauri…». Jóvenes y mayores -los trabajadores de La Naval se jubilan antes que los de las contratas, a los 51 años-, nacionales y extranjeros; el astillero es como un hervidero de hormigas, que construyen y construyen, sin parar.
Jon, Esteban y Manuel ya han pasado de los 60, pero vacilan como chavales. Trabajan en una sección de la proa -«pues será la proa, porque cada día nos toca un sitio distinto»-, envueltos en buzos y trapos que les dan un aspecto de caballeros templarios. A unos metros, José Antonio -30 años de soldador- se afana sobre el casco de la popa. Es un bloque curvo, el número 301, «muy complicado. Todas las tracas -chapas- que hay que montar van figuradas -moldeadas- y exigen un ajuste previo de las cuadernas antes de montar la pieza». Eso en teoría, porque en la práctica hay que aplicar calor y trabajar con gatos para corregir al milímetro. Además, al tratarse de la zona del barco que se va estrechando, se opera en un espacio muy reducido y el andamiaje convencional ya no sirve.
Afuera, en la grada, el trabajo no cesa. El tanque de fuel, siguiendo directivas europeas, está rodeado por un doble casco para evitar desastres medioambientales como el del ‘Prestige’. Los 41 metros de manga que tendrá el buque están determinados por la distancia que hay entre pistas, por donde circulan las grúas de ‘pico pato’. En la cabina de una de ellas, a 25 metros de altura, Oier, embutido en una camiseta del Athletic, mueve con destreza una tubería de varias toneladas. Lo hace con la delicadeza de un violinista, pendiente de las instrucciones que le transmiten desde abajo. A su derecha, en la número 5, trabaja Elenka, la única mujer gruista del astillero, más de Santurtzi que Currito.
El coloso se va montando a piezas, como si fuera un lego. Descansa sobre los picaderos que cubren toda la grada, por donde resbalará el casco de la draga el día de su botadura. Los raíles se untarán de sebo, la marea alta inundará el muelle y el buque se deslizará poco a poco hacia la ría, frenado apenas por las cadenas de lastre. Le estarán esperando los remolcadores para escoltarle en su primer viaje y luego será devuelto al muelle de armamento, al abrigo del mar y de las tormentas, mientras sus orgullosos padres lo enjaezan como a un purasangre.
Reportaje fotográfico: Sergio García
26/12/07
EL CORREO DIGITAL

