El continente más frío empieza a revelar sus fascinantes secretos, desde el origen de la vida al cambio climático.
El continente más frío empieza a revelar sus fascinantes secretos, desde el origen de la vida al cambio climático.
La Antártida, el continente más frío, más seco y más desértico, empieza a revelar sus fascinantes secretos, desde el origen de la vida al cambio climático. Este gran congelador que concentra el 90% de los hielos del planeta se ha convertido en un vasto campus científico formado por unas 40 bases, donde los expertos, sometidos a una temperatura de 60 grados bajo cero en invierno, escudriñan la atmósfera y se sumergen en las profundidades, portadoras de valiosa información sobre los fenómenos dentro de la Tierra y fuera de ella.
Enfundados de la cabeza a los pies con gruesos anoraks, los científicos recorren el hielo virgen de la Antártida en busca de «piedras» de valor incalculable, es decir, meteoritos y micrometeoritos procedentes de otros mundos. Con sumo esmero, analizan el polvo de asteroides y cometas que entrañan las respuestas sobre los albores del sistema solar, hace unos 4.500 millones de años.
Lejos de la contaminación humana y con lluvias poco frecuentes, la Antártida conserva mejor que ningún otro territorio los materiales procedentes de los confines del sistema solar. Por ejemplo, el hallazgo en el 1984 de un meteorito que impactó en la Tierra hace 13.000 años llevó a algunos expertos de la agencia espacial estadounidense Nasa a anunciar que se habían encontrado rastros de vida pasada en Marte, aunque su afirmación fue cuestionada por otros científicos.
También las extracciones de hielo permitieron recuperar ‘archivos’ climatológicos que datan de hace 800.000 años, puesto que en las profundidades del continente están atrapadas las burbujas de aire que cuentan la historia del pasado. Así, es posible ‘leer’ la sucesión de los diferentes periodos glaciales, la erupción del Krakatoa en Indonesia en 1883 o los ensayos nucleares de los años 1950-1960.
Química de la atmósfera
El objetivo, según los responsables del proyecto Épica, es establecer la relación entre la química de la atmósfera y los cambios climáticos en el pasado, en particular, los efectos del dióxido de carbono y del metano. Ese conocimiento resulta crucial en momentos en que la comunidad internacional trata de buscar una estrategia común para hacer frente al calentamiento climático provocado por los gases de efecto invernadero.
Protegida por el Tratado Antártico, que convierte a la región en un continente consagrado a fines pacíficos, la comunidad científica explora, reinventa y avanza. Por ejemplo, los astrónomos de la estación franco-italiana Concordia construyen en estos momentos las bases de lo que podría ser el observatorio del futuro. No en balde, las turbulencias atmosféricas que dificultan la observación de la bóveda celestial son muy inferiores a las del resto del mundo.
En el marco del proyecto Keops, el Laboratorio Universitario de Astrofísica de Niza (Francia) prevé instalar un interferómetro de 36 telescopios de 1,5 metros, distribuidos en un círculo de un kilómetro de diámetro. Los primeros telescopios podrían llegar el año que viene.
Pero a nadie se le escapa que vivir en la Antártida, una masa de hielo de unos 14 millones de kilómetros cuadrados que se extiende hasta 30 millones en invierno, no es tarea fácil. Sólo unos pocos países mantienen a algunos expertos durante todo el año, bravos científicos que se enfrentan a temperaturas inimaginables y a vientos despiadados de 200 kilómetros por hora, en compañía de grandes poblaciones de pingüinos y otras especies.
15/02/07
LA VOZ DE GALICIA
