El riesgo de quedar aislados si se restablecen las fronteras inquieta a sus habitantes; España busca un régimen de soberanía compartida, que el peñón rechaza.
El riesgo de quedar aislados si se restablecen las fronteras inquieta a sus habitantes; España busca un régimen de soberanía compartida, que el peñón rechaza.
Parece un lugar evacuado de apuro en medio de una emergencia. Se ven carteles desparramados, tachos de basura sin recoger, las sillas movidas de lugar, alguna con ropa colgada del respaldo. “Gibraltar es más fuerte en Europa”, pone en la vidriera.
La oficina de campaña abandonada sobrevive en la calle principal de la ciudad casi como un símbolo del shock y la incertidumbre que invade desde hace tres semanas a los habitantes de este territorio británico donde el 95,9% votó en favor de permanecer en la Unión Europea (UE).
A escala humana, el Brexit puede ser aterrador. Aquí no evoca una “salida” si no la amenaza de quedarse encerrado dentro de esta lengua de tierra de 6,5 kilómetros cuadros que se incrusta en el Mediterráneo. Sin la tutela europea, la opción de que España restrinja el paso por la frontera dejó de ser una paranoia lejana.
“Nuestra bandera está más cerca de flamear sobre el peñón de Gibraltar”, anunció el ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel García-Margallo, la misma mañana en que se supo que la ruptura con la UE había triunfado en el referéndum del Reino Unido.
España ofrece a Gibraltar un trato de cosoberanía para mantener la libre circulación de personas y el acceso al mercado común europeo, los pilares que permitieron al peñón convertirse en un oasis de prosperidad.
La sola mención de esa oferta despierta una indignación unánime entre los 32.000 gibraltareños, orgullosos de su identidad. “Yo no soy ni español ni inglés. Me indigna que nos vengan con esas presiones”, dice John Gómez, sindicalista jubilado, sentado en un café delante del Parlamento gibraltareño. “Ahora, la cuestión es si sobrevivimos o no. Pero, mira, mis padres vivieron la Segunda Guerra Mundial. Yo pasé los años en que nos cerraron la verja. De todo hemos salido.”
La historia traumática se filtra en cada charla. En 1940, Gran Bretaña evacuó a los gibraltareños para usar el territorio como base militar. No terminaron de volver hasta los 50. En 1969, el dictador Franco decidió cerrar la frontera y no se reabrió del todo hasta 1985, cuando España entró en la UE y se hizo obligatorio el libre tránsito de personas.
Desde entonces, Gibraltar se transformó. Dejó de vivir de lo que gastaban los militares británicos a crecer como plataforma de negocios financieros, de la mano de un régimen fiscal beneficioso y de la opción de ofrecer servicios en toda Europa. En los últimos 15 años, florecieron las aseguradoras y sobre todo las compañías de apuestas online, que tienen aquí su principal plaza mundial.
“La frontera es crucial, incluso más que el acceso al mercado común. Nosotros importamos todo lo que consumimos. Un tercio de los trabajadores cruzan a diario desde España. El turismo también depende de la libre circulación”, resume Edward Macquisten, jefe de la Cámara de Comercio local. ¿Y ante el riesgo que plantea el Brexit qué probabilidad habría de aceptar la cosoberanía? “Un cero grande y gordo.”
La respuesta se repite. “Es impensable. ¿Qué se ofrece al pueblo de Gibraltar como perspectiva de una cosoberanía con España? ¿Cuáles son los beneficios? No es un planteo honesto. Es como si le dijéramos al español que acepte ser francés o alemán”, dice Peter Montegriffo, socio de Hassans, el mayor estudio de abogados del peñón.
El jefe del gobierno gibraltareño, Fabian Picardo, vive en alerta máxima desde el Brexit. “Si se produce la salida, hay muchas opciones para Gibraltar. Podría ser continuar como territorio asociado o cualquier otra vía que nos permita seguir accediendo al mercado común”, explica a LA NACION en la sala de gabinete de Convent Place 6, la sede del gobierno, construida en lo que fue una vieja escuela de monjas. “Todo está sobre la mesa. Todo menos la bandera de España”.
Califica de “tontería” hablar de cosoberanía: “Jamás lo aceptaremos. Se lo tienen que sacar de la cabeza”.
Picardo -socialista, 44 años- asume que a Gibraltar le costará mantener el ritmo al que venía. El PBI creció 49% en los últimos cuatro años, la renta per cápita fue de casi US$ 70.000 en 2015 (sólo por debajo de tres países, según el FMI) y tiene pleno empleo.
El contraste es notable cuando se atraviesa la verja y la avenida Winston Churchill pasa a llamarse Príncipe de Asturias. Allí, en la ciudad andaluza de La Línea de la Concepción, la desocupación ronda el 40%. Buena parte de la población vive del contrabando hormiga de cigarrillos, que en Gibraltar se consiguen a mitad del precio (y la caída de la libra hace el negocio aún más rentable).
Unos 7000 españoles pasan la frontera a diario para trabajar del lado británico. Se los identifica fácilmente en el control de pasaportes: se dan los “buenos días” con los oficiales de migraciones sin mostrar el documento. El cruce a pie es cuestión de segundos. En auto se forman colas de hasta una hora y que pueden eternizarse si España impone controles exhaustivos como hizo en el verano de 2013.
Lo primero que se ve al otro lado es una cabina telefónica roja que nadie usa, toda una declaración de principios. Flamean las banderas de Gibraltar, de Gran Bretaña y de la UE. Al sol, en las terrazas de los bares los gibraltareños se exaltan analizando qué les va a pasar ahora. Entre ellos hablan en una jerga a la que llaman “llanito”, un spanglish con acentos británico y andaluz.
“Es amazing. No puede ser que los ingleses nos echen de Europa y nos dejen tirados”, se queja Rob Casares, un joven que va con la camiseta del Lincoln Red Imps, el club de fútbol local que acaba de lograr una hazaña: pasó una ronda clasificatoria de la Champions League después de eliminar al campeón de Estonia. El martes pasado la amplificaron con un triunfo ante el Celtic escocés. Fue el evento deportivo de la historia en tierra gibraltareña; una buena excusa para evadirse al menos por un rato de las angustias del Brexit. (Por Martín Rodríguez Yebra; La Nacion)
20/07/16

