Entre abrazos y lágrimas, se reencontraron con sus afectos; una odisea de más de 24 horas desde que el barco comenzó a arder.
Entre abrazos y lágrimas, se reencontraron con sus afectos; una odisea de más de 24 horas desde que el barco comenzó a arder.
PUERTO MADRYN.- Eran las 2.15 de ayer cuando los potentes reflectores del barco pesquero de ultramar San Cayetano comenzaron a verse con claridad desde el muelle Luis Piedra Buena. Minutos más tarde, 170 de los 238 pasajeros del rompehielos Almirante Irízar tocaban continente y le ponían punto final a una odisea que los golpeó donde duele más: el corazón.
Setenta y dos horas antes habían vivido momentos críticos cuando el buque en el que viajaban de Ushuaia a Buenos Aires empezó a incendiarse en alta mar. Hasta anoche, el fuego no había podido ser dominado (sobre lo que se informa por separado en esta página).
Lo primero que destruyeron las llamas fue el sistema energético de la nave, del que dependía el dispositivo principal de lucha contra el fuego, que quedó inhabilitado. Por eso, los pasajeros, entre ellos mujeres y niños, tuvieron que permanecer más de siete horas en balsas salvavidas, a la espera de que llegaran los barcos pesqueros que finalmente los rescataron.
Apenas pasadas las 3.20 de ayer, otro pesquero, esta vez el uruguayo Magritte, dejó en tierra a los 68 tripulantes que restaban llegar. Abrazos, apretones de mano, fuertes palmadas en la espalda, sonrisas y algunas lágrimas que no pudieron contenerse fueron algunas de las expresiones que unos y otros se prodigaron en el muelle. Los que estaban en tierra con los que llegaban y entre los mismos náufragos, que pudieron comprobar que sus compañeros estaban bien.
Un gesto de agradecimiento sincero fue el caluroso saludo de despedida que los hombres de la Armada dieron a las tripulaciones de los pesqueros que actuaron en las tareas de socorro. "Soy el hombre más feliz del mundo al saber que están en tierra sanos y salvos", les dijo con voz firme el vicealmirante Jorge Manzor, subjefe del Estado Mayor Conjunto, que, en compañía de otros altos mandos de la Armada, esperaba desde las 23 del martes pasado el arribo de los marineros.
En Puerto Madryn, un pequeño grupo de familiares esperaba a los suyos. Luis Alegría, de 23 años, se fundió en un abrazo con sus padres. Fue uno de los pocos privilegiados en llegar a tierra y encontrar la caricia familiar. Casi todos los demás debieron esperar a volar hasta Puerto Belgrano y Ezeiza. La mayoría bajó con camperas de agua y, los menos, con buzos térmicos. También estuvieron aquellos que se tiraron con lo puesto: sus overoles azules de Grafa.
Heridos 
De los 238 tripulantes -entre ellos, tres niñas de entre 9 y 14 años- dos permanecieron hasta el mediodía de ayer internados en el Hospital Andrés Isola de esta ciudad: uno por un caso de luxación y el otro por principio de asfixia por inhalación de humo, informó el capitán médico Fernando Pérez. Todos fueron dados de alta y, a las 13 de ayer, regresaron a sus hogares. Hubo un único caso de hipotermia leve.
La tripulación, cuyo promedio de edad no supera los 29 años, bajó de los pesqueros por sus propios medios pero con rostros cansados.
"Los hombres llegan con la frente alta y estamos orgullosos por el prolijo desembarco. El objetivo era priorizar la vida y aquí estamos con 238 personas sanas y salvas", señaló a LA NACION Carlos Ulloa, el capitán de fragata que estuvo a cargo del operativo del desembarco.
Aunque en ningún momento se quebró, uno de los más emocionados fue el segundo comandante del Irízar, Luis Romero, que cumplió su séptima campaña a la Antártida.
Romero viajaba enyesado por una fractura que le ocurrió antes del incendio. Cuando el fuego daba claras señales de que ganaría se olvidó de su pierna quebrada y se puso al mando del procedimiento de abandono de la nave, junto con el comandante Guillermo Alejandro Nelson Tarapow, el capitán del rompehielos, que fue el único que se había quedado a bordo de la nave. Ayer, Tarapow fue finalmente trasladado al buque Almirante Brown.
"Se hizo todo lo posible para combatir el fuego pero, cuando se tornó peligroso para las personas, por la posibilidad de una explosión, el comandante dio la orden de evacuar. Ya se había asegurado de que estuviéramos localizados; si bien hubo intentos de persuasión para que dejara el barco, su decisión de quedarse lo dignifica", dijo Romero a LA NACION en referencia al capitán del barco.
"Lo más terrible"
En la Base Aeronaval de Trelew, que se dispuso como centro de las operaciones, esperaban a los náufragos con comida y bebidas calientes y un cuerpo médico para realizarles la segunda revisión. A las 4.20 de ayer llegaron a Trelew los dos primeros ómnibus que se utilizaron para trasladar a los pasajeros. Y, así, por aire o por tierra, culminó para las 238 personas el último tramo de un viaje casi fatal.
"Lo más terrible fue estar en las balsas y ver cómo nos íbamos alejando del buque incendiado. Jamás pensamos que esto podría ocurrirle al Irízar", dijo Javier, un cadete que viajaba por primera vez en el rompehielos.
Por María Giselle Castro
13/04/07
LA NACIÓN
