El capitán de navío (R) Vicente Manuel Federici, asesinado a los 78 años este martes, durante un asalto, era reconocido en la Armada y entre quienes lo trataron como un valiente, un hombre gallardo y de una templanza impar. Los delincuentes terminaron con la vida de un antártico al que las nieves acompañarán en su viaje espantando al rojo escarlata de la sangre.
El capitán de navío (R) Vicente Manuel Federici, asesinado a los 78 años este martes, durante un asalto, era reconocido en la Armada y entre quienes lo trataron como un valiente, un hombre gallardo y de una templanza impar. Los delincuentes terminaron con la vida de un antártico al que las nieves acompañarán en su viaje espantando al rojo escarlata de la sangre.
Instructor de instructores en la navegación sobre hielos, surcó 28 veces el mar hasta el continente blanco, invernó dos años en la base Orcadas y actuó en el rescate de entre los hielos del barco alemán Magdalena Oldendorff. Además, fue el primer comandante de uno de los buques más emblemáticos del país, el rompehielos Almirante Irízar.
El capitán de fragata (R) Guillermo Tarapow, que fue comandante del rompehielos en 2007, sintetizó al marino desaparecido de un sólo trazo: “Todo comandante tiene a su barco como a una mujer amada. Federici estaba casado con el Almirante Irízar”.
Este cronista tuvo la suerte de hacer el último viaje a la Antártida en el Irízar junto con el comandante. Fue justamente en 2007, cuando el buque se prendió fuego a 250 km de la costa de Puerto Madryn. En el exitoso abandono del buque sobrevivieron sus 241 hombres.
En ese abandono, el impetuoso Atlántico se llevó un cuaderno de anotaciones cargadas de frases de una larga entrevista con Federici, un hombre que sólo titubeaba para referirse a sí mismo, a su persona, a sus hazañas, de las que descreía. No se pueden recordar tantas páginas, pero nada mejor que el mar para atesorar las palabras de Federici.
Ayer, con tristeza, el general (R) Mario Dotto (antártico y ex combatiente de las Malvinas) hablaba de la templanza, de la prudencia, de la seguridad, del equilibrio emocional -hasta en las peores crisis- y de la actitud docente del comandante Federici: “Hablaba con tanta paz que inmediatamente transmitía algo así como un verdadero manifiesto de amor”.
No se equivocó en lo más mínimo el general Dotto. LA NACION observó entre los hielos cómo los capitanes del Irízar lo consultaban para seguir tal o cual rumbo. Allí, Federici solamente sugería y su palabra era tomada casi como una orden. Al gran comandante no le temblaba la pera ni encendía voces altas en su garganta aunque tuviese un témpano por delante.
Lo vi en la noche que evacuamos el rompehielos; lo vi en la balsa y en el pesquero Magritte, donde había capacidad para 16 tripulantes y entramos 141 náufragos. Desde un banco y alternando una cucheta con el capitán de fragata Romero (pie enyesado) y mi hermano Víctor Alberto Wullich Tomkinson, cuidó de ambos y hasta preguntó por mí, que tenía 30 años menos que él.
En la próxima campaña antártica sus cenizas se entreverarán con la nieve. Allí quedará, para siempre, el capitán Federici, el recordado comandante.
Por Mariano Wullich
27/07/12
LA NACION
