En El Soberbio, los pobladores hablan un extraño castellano, mezclado con portugués -definido como “portuñol”-, difícil de entender para quienes pisamos por primera vez esa parte del suelo misionero.
En El Soberbio, los pobladores hablan un extraño castellano, mezclado con portugués -definido como “portuñol”-, difícil de entender para quienes pisamos por primera vez esa parte del suelo misionero.
Es que esta zona es fronteriza con Brasil. El río Uruguay, que suelen cruzar para uno y otro lado en apenas unos golpes de remo, es la línea divisoria de los dos países.
Allí el río es manso y no demasiado caudaloso, al punto que la gente de El Soberbio cuenta que la gurisada brasileña se larga a nado los fines de semana de verano cuando en el lado argentino hay baile. El cuerpo y la ropa se les seca rápido porque el calor es intenso para esa época. Pero los reconocen porque, como una marca indeleble, les queda el barro colorado adherido a las piernas, más abajo de las bermudas.
Eso es cuando el río es manso y no demasiado caudaloso. Pero en esta última crecida, la más grande de la que se tenga recuerdo en la zona, el río se embraveció y creció treinta metros. El agua sobrepasó los pilotes de las humildes casillas de madera levantadas a uno y otro lado de la frontera y se las llevó hacia abajo, sin que sus habitantes tuvieran tiempo de salvar nada.
Cuando eso sucedió, hacía más de una semana que llovía caudalosamente y sin parar. Cayeron más de 200 milímetros de agua, una cantidad de la que, hasta la fecha, no se tenía registro. Por la zona de El Soberbio, ya se notaba que el río venía creciendo. Pero fue durante la noche que se produjo la mayor crecida, de golpe.
En su raro castellano, Marcelo, uno de los “polaquitos” de la zona -gran parte de sus habitantes descienden de los primeros colonos polacos y alemanes-, cuenta que ya estaba acostado cuando se escuchó un gran ruido, un estruendo que iba creciendo y se aproximaba como una ola. Apenas tuvo tiempo de salir corriendo de la cama y asomarse a la baranda de su casa de madera, montada como todas las de sus vecinos, en altos pilotes al borde del río, para ver cómo una negra masa de agua, rugiente y cargada de ramas, palos y todo lo que iba arrastrando a su paso, levantaba como un castillo de naipes las casas de sus vecinos. En apenas unos minutos, lo mismo sucedía con la suya.
“El ruido era tremendo” recuerda con espanto todavía-, el río venía arrastrando de todo, arrancaba las casas de sus pilotes y la gente gritaba. Traté de ayudar a los vecinos, pero era imposible: las casillas, sueltas, fueron chocándose una contra la otra, hasta que los alambres que habíamos puesto para contenerlas cedieron y el río se las llevó aguas abajo, mientras se iban desarmando. Perdimos todo: muebles, ropa, colchones, garrafas, heladeras ¡todo!.
La emergencia hizo que la tradicional rivalidad entre la Argentina y Brasil -recrudecida en aquellos momentos por el Mundial de Fútbol-, se transformara en camaradería frente al dolor y la pérdida. Cuentan los inundados de El Soberbio que aun cuando del otro lado del río el agua embravecida también hizo estragos, sus habitantes se largaron en bote hacia este lado, para ayudar a sus vecinos, olvidando que horas antes, los argentinos se habían plantado a las orillas del Uruguay para celebrar a los gritos los goles de su selección Cantándoles el típico “Brasil, decime qué se siente”.
Una noche de espanto
“Una cosa no tiene nada que ver con la otra” dice Hugo, un empleado estatal que también resultó afectado por la crecida-, nosotros nos “cargamos” todo el tiempo unos a otros, pero somos vecinos. Nos conocemos todos por aquí. Y nos ayudamos entre todos.
Hugo trabaja en la casilla de Turismo provincial que se levanta en la entrada a la población de El Soberbio. Esa noche dormía con su mujer y sus dos chiquitos, Alan y Charlie, cuando sintió un fuerte cimbronazo y que su casa de madera crujía. Apenas tuvo tiempo de alzar a los hijos y tomar de la mano a su mujer, para alcanzar corriendo la zona más alta. Impotente, vio cómo su casa se perdía en un revoltijo de agua oscura, junto a las otras que también estaban cercanas a la orilla.
Días después, muchos kilómetros aguas abajo, allá por Entre Ríos, el río sorprendió a los ribereños ofreciendo extraños regalos en forma de maderas pintadas, cocinas, garrafas, muebles, que aparecieron flotando desarmados y rotos.
Mientras tanto aquí, en El Soberbio y la zona comprendida por San Javier, Panambí, Colonia Aurora, Itacaruaré, Alba Posse y 25 de Mayo, la crecida había dejado a más de tres mil personas sin casa o con apenas alguna parte de ellas.
Descalzos y con la mirada perdida en el río, los habitantes de este pedazo argentino de tierra colorada, entendieron que debían empezar de nuevo.
El gobierno provincial ya se puso en marcha y adquirió terrenos en zonas más altas, para relocalizarlos en nuevas casas. Pero como suele suceder en estos casos, los pobladores volvieron al lugar donde estaban emplazadas las suyas. Con el agua en baja y el río otra vez manso, pero ahora de un oscuro marrón rojizo, de tanto barro que levantó a su paso, cuando estaba bravo-, se ayudan unos a otros a levantar nuevamente sus casillas en el exacto lugar donde las tenían.
Los brasileños volvieron a su orilla, a reconstruir lo que ellos también perdieron y se reiniciaron las cargadas, como si nada hubiera ocurrido en el medio.
Varias colonias aún están intransitables y se sale sólo para comprar la necesaria “provista” (los alimentos), caminando entre el fangal.
La vida vuelve a la normalidad en esta zona de El Soberbio.
Sólo el río ahora de ese extraño oscuro marrón rojizo, el constante golpeteo de los martillos uniendo maderas y tendales infinitos de ropa tendida al sol, permiten entender que en ese lugar, hace unos días, el Uruguay fue por unas horas el peor enemigo.
La gente, confiando otra vez en él, vuelve a instalarse en sus márgenes, como si nada hubiera pasado. (Por Susy Scándali; La Capital – Mar del Plata)
05/08/14

