Aún bajo presión, el presidente de Estados Unidos no debe actuar precipitadamente en el desastre ecológico.
Aún bajo presión, el presidente de Estados Unidos no debe actuar precipitadamente en el desastre ecológico.
Sin un final inmediato a la vista para la calamidad del Golfo de México, el presidente Barack Obama –que el viernes visitó por tercera vez la zona del desastre en cerca de un mes– y su equipo están cada vez más asediados por las críticas. Al tratar de contener el daño político, la Casa Blanca debe evitar ceder a las presiones y empeorar la situación.
Las críticas son, en gran medida, incoherentes e injustas. Hasta sus supuestos aliados atacan a Obama por mostrarse calmo en medio de la crisis. Muchos demandan más furia, aunque admitan que el gobierno está haciendo todo lo que puede resultar útil. La Casa Blanca debe dejar la ira impotente para los que escriben editoriales y para los gurúes de la televisión. Lo mismo vale cuando se habla de la empatía que, según dicen, Obama no muestra. Es difícil creer que llorar en público pueda hacer mucho por su posición, o por la zona costera del estado de Louisiana.
La idea de que “el gobierno debe hacerse cargo” –como si no estuviera ya supervisando las operaciones– es simplemente infantil. ¿Están diciendo seriamente que cualquier funcionario, o cualquier otra persona que esté en la nómina del gobierno, tiene mayor experiencia y conocimientos en perforación en aguas profundas que las compañías petroleras, o mayor interés en detener la pérdida?
Obama es censurado por un tipo de comentaristas que se regocija con su propia incapacidad de pensar de manera inteligente sobre el riesgo. El presidente puede tener esperanzas de que la opinión pública sea más sensata. De cualquier manera, puede estar seguro de que ceder a las demandas de mostrar una hiperactividad inútil no servirá para mejorar nada.
Una concesión de la Casa Blanca a los pedidos de que haga más cosas ha sido endurecer sus denuncias contra British Petroleum. Esto está justificado; la compañía fracasó y el costo de ese fracaso ya es enorme. Sin embargo, aquí también el presidente debe tratar de que el debate avance. BP no es una empresa notablemente incompetente o malintencionada. Si carecía de planes para la contingencia que surgió en el Golfo de México –un accidente grave, seguido por las fallas de la tecnología diseñada para cerrar el pozo– uno puede presumir que lo mismo puede ser cierto en otras partes.
Es evidente que Estados Unidos, lo mismo que los demás gobiernos, debe volver a considerar el tema de cómo regular la perforación en aguas profundas. Pero incluso en este momento en que aumentan los terribles perjuicios ocasionados por este accidente, la administración estadounidense debe cuidarse de una reacción mal orientada. El accidente en la planta de energía nuclear de Three Mile Island terminó con la inversión estadounidense en energía nuclear durante décadas, lo que dejó la política energética estadounidense seriamente desbalanceada, sobre todo en términos de protección ambiental. Es mucho lo que puede decirse a favor de una inteligencia que actúa con calma bajo presión, especialmente en momentos como estos.
07/06/10
CRONISTA.COM
