Decisiones políticas y presupuestarias han privado a nuestras Fuerzas Armadas del equipo y el entrenamiento indispensables.
Decisiones políticas y presupuestarias han privado a nuestras Fuerzas Armadas del equipo y el entrenamiento indispensables.
La información disponible pone en evidencia un marcado deterioro en la capacidad de nuestras fuerzas armadas para enfrentar cualquier eventual conflicto que les exija cumplir con su función específica: la defensa nacional.
Después de más de un cuarto de siglo de asignaciones presupuestarias insuficientes para reponer el material obsoleto o radiado, se ha llegado a un estado crítico en el que no sólo no se cuenta con el equipamiento necesario para enfrentar una mínima acción bélica, sino que además resulta imposible entrenar rutinariamente al personal militar.
El gasto en Defensa en la Argentina en 2009 fue de 2608 millones de dólares, equivalente a un 0,8 por ciento del producto bruto interno (PBI). En la década del ochenta había promediado un 2 por ciento y en la del noventa un 1,5 por ciento. En el mismo año, 2009, Brasil gastó 27.124 millones de dólares en sus fuerzas armadas, un 1,5 por ciento de su PBI, y Chile 5683 millones, o sea un 3,5 por ciento de su PBI. Pero estas comparaciones se agudizan cuando se observa que el gasto militar argentino se destina en más del 80 por ciento a sueldos y sólo el 3 por ciento a inversiones. Esta última proporción es bien diferente de la observada en nuestros vecinos: un 9 por ciento en Brasil y un 25 por ciento en Chile.
Después de varios años de esta distancia en los esfuerzos por equipar a sus fuerzas armadas se puede entender la enorme diferencia en las capacidades bélicas de cada uno de los países de la región. La aviación naval argentina sólo dispone de dos aeronaves de combate en condiciones de volar, y no por mucho tiempo. De los seis Super Etandart que lograron los más importantes éxitos en Malvinas, sólo uno sobrevive consumiendo las piezas de los demás.
La Fuerza Aérea también atraviesa las mismas carencias. Muy pocos y muy antiguos aviones están disponibles para entrenamiento o para una eventual acción. No se ha reemplazado ni sustituido el material perdido en Malvinas y la crónica hace saber frecuentemente de accidentes con caída de aeronaves mal mantenidas, en algunos casos con pérdida de vidas. Si se quisiera habilitar a los pilotos en el uso del armamento, se debería resignar su disponibilidad sin presupuesto para reponerlo. Lo cierto es que cada vez más pilotos de combate emigran hacia la aviación comercial, atraídos no sólo por mejores remuneraciones sino también desalentados por la falta de oportunidades en la fuerza. El adiestramiento de un nuevo piloto requiere mucho tiempo y dinero.
De una flota de 10 aviones de transporte Hércules C 130, no más de tres están en condiciones de operar. Puede así entenderse cuán afectada está la posibilidad de una movilización rápida de tropas y percibir las enormes dificultades de apoyo a las bases antárticas, agravadas por la inmovilidad del rompehielos Almirante Irízar debido a su reparación luego de su incendio.
La Armada ha reconocido que de una flota de 60 barcos sólo 16 están en condiciones de navegar y que frente a un ataque externo el poder total de fuego para replicarlo no superaría las dos horas. La antigüedad media de los barcos alcanza los sesenta años, siendo los más modernos las corbetas misilísticas construidas en la década del setenta.
El Ejército presenta las mismas o superiores carencias. Su armamento es antiguo y escaso y la cantidad de municiones es exigua. El material perdido en Malvinas tampoco ha sido reemplazado. El programa de fabricación del Tanque Argentino Mediano fue discontinuado hace casi dos décadas. Hoy sólo se exponen algunos desarrollos de gran interés tecnológico por parte del Instituto de Investigaciones Científicas y Técnicas para la Defensa, pero con impacto eventual de largo plazo y sujeto a futuras asignaciones presupuestarias.
Huelga exponer la comparación con el equipamiento militar de Brasil y Chile. Las distancias con la real capacidad defensiva de nuestro país son abrumadoras.
El gobierno nacional parece desconocer esta situación, mientras habla de un plan de modernización de las fuerzas armadas orientado a un mayor acercamiento con la sociedad civil. En los últimos años ha habido, además, una acción de adoctrinamiento ideológico dentro de los programas de estudio, tendiente a concientizar sobre este objetivo y a incorporar una visión de la historia reciente que aleje a las nuevas camadas de oficiales y suboficiales de cualquier planteo comprensivo o revindicatorio de la lucha antisubversiva.
El deterioro de la capacidad defensiva, prácticamente un desarme, se explica en relación con la afirmación escuchada de la ministra de Defensa aludiendo a que la Argentina no tiene hipótesis de conflicto. Sin embargo es más probable que la política de achicamiento militar responda en el fondo a la cuestión ideológica que una importante facción del poder arrastra sobre sus espaldas.
Si se acepta que el caso Malvinas puede ser una hipótesis de conflicto para el Reino Unido que asume el rol defensivo, pero no para nuestro país que ha descartado el uso de la fuerza, los objetivos de la defensa nacional quedan sólo comprendidos en la disuasión de conflictos territoriales frente a vecinos que se han equipado fuertemente. Si ellos lo han hecho es porque han asumido algunas hipótesis de conflicto. Probablemente éstas no se refieran a nuestro país, pero habiendo ellos elegido un camino opuesto al desarme, la Argentina debiera analizar la circunstancia de su propia indefensión con más detenimiento. En este análisis debiera prescindirse de sentimientos y revanchas, que en una materia tan importante no llevan nunca a buen puerto.
13/12/10
LA NACION
