Crece el interés por la pesca y el turismo. ¿También habrá petróleo?

Rusia anunció la reapertura de sus bases en la Antártida, Gran Bretaña no oculta sus ambiciones y otras potencias comenzaron a volcar mayores recursos sobre el continente blanco que, paulatinamente, deja de ser un confín con escasos atractivos para tornarse un importante imán geopolítico.

Rusia anunció la reapertura de sus bases en la Antártida, Gran Bretaña no oculta sus ambiciones y otras potencias comenzaron a volcar mayores recursos sobre el continente blanco que, paulatinamente, deja de ser un confín con escasos atractivos para tornarse un importante imán geopolítico.

En medio de esa puja sorda, pero sostenida, la Argentina busca no ceder terreno, mientras reivindica su condición de pionero en el acercamiento a un territorio que tiene enormes riquezas y un status especial en el sistema jurídico internacional.

El sexto continente está regido por el Tratado Antártico de 1959, suscripto en plena Guerra Fría –la contienda que animaron los EE.UU. y la hoy desaparecida URSS (1945-1989)–, que puso las disputas de soberanía en el freezer, aunque reconoció la condición de reclamantes de tierras a siete países.

Ahora, en el Año Polar Internacional –que concluirá cuando se cumpla medio siglo de la firma del convenio– parece que los países centrales vuelven a apuntar su mirada hacia el Polo Sur, donde se esconden fabulosas reservas de recursos naturales, especialmente en materia energética, pesquera y genética.

Si bien por el momento sólo está permitida la exploración científica, el límite es muy delgado a la hora de excavar: los sondeos de yacimientos de hidrocarburos son un secreto a voces en el concierto internacional de naciones.

Con un barril de crudo cercano a los 100 dólares, el agotamiento de recursos no renovables, los hielos antárticos en franco retroceso por el cambio climático y el desarrollo tecnológico, la exploración del oro negro en la mayor reserva mundial de hielo ya dejó de ser un planteo quimérico.

Más: pese a que está restringida en zonas para permitir la conservación de especies, la pesca es una de las explotaciones comerciales permitidas.

"Hay países que tienen muy desarrollada la actividad, no es el caso de la Argentina que prioriza otras cuestiones", explicó el titular de la Dirección Nacional del Antártico de la Cancillería, Mariano Mémoli.

Otra actividad comercial habilitada es el turismo. En este plano, Chile saca ventaja porque ya acondicionó sus bases para recibir a visitantes en clave de esparcimiento.

La Argentina, en cambio, posó su mirada en la tarea científica. Actualmente, cuenta con seis bases permanentes y siete transitorias; la principal es Marambio. Mémoli explicó que recientemente fue patentada una bacteria que se obtuvo en las inmediaciones de otra estación antártica nacional, la Jubany.

Aquí late un sentimiento patriótico, que toca fibras íntimas y está muy hermanado a la causa Malvinas. Por algo el país incorpora como propios ambos territorios al denominar Tierra del Fuego, Antártida e islas del Atlántico Sur a la provincia que hoy conduce Fabiana Ríos (ARI).

A la base Marambio, corazón de la presencia criolla en su región más austral, se llegó con un avión Hércules C-130 a hélice que funcionó como abastecedor en vuelo de la flota que combatió en 1982. Suele partir desde Río Gallegos (Santa Cruz), centro de operaciones del arma en la guerra del Atlántico sur.

Además, Gran Bretaña reclama la misma superficie que la Argentina y Chile, territorios que, en buena parte, también se superponen entre sí. Las dos naciones sudamericanas, sin embargo, desarrollaron una gran cooperación y se reconocen la soberanía en el sector cuyas demandas no coinciden.

Todos los actores vinculados en mayor o menor medida con la causa antártica coinciden en la necesidad de aumentar el presupuesto de 64 millones de pesos –58 millones para las Fuerzas Armadas que se ocupan de la logística de las operaciones y el resto volcado al desarrollo científico– y destinarlo a esta parte de un territorio aún no reconocido internacionalmente.

Los Estados Unidos invierten 250 millones de dólares anuales y Alemania, 60 millones de euros. Rusia no es ajena a este desarrollo, decidió plantar su bandera tricolor –rojo, azul y blanco– en un área antártica y, como dijimos al principio, reabrió dos estaciones cerradas en los ’80. La carrera volvió a comenzar. (NA)

24/02/08
LA CAPITAL – MAR DEL PLATA

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