(FNM) El verano pasado, Canadá tenía cuatro buques de guerra y más de un millar de marinos posicionados en el Cuerno de África. Contribuyendo a la estabilidad en aquella problemática región marítima, a través de la conducción de patrullados anti-piratería, y de la escolta de buques del Programa Mundial de Alimentos hacia Mogadiscio -para ayudar a alimentar a los hambreados somalíes-, la Armada de Canadá tenía un rol de liderazgo por cumplir en una de las crisis en desarrollo en el sistema internacional.
(FNM) El verano pasado, Canadá tenía cuatro buques de guerra y más de un millar de marinos posicionados en el Cuerno de África. Contribuyendo a la estabilidad en aquella problemática región marítima, a través de la conducción de patrullados anti-piratería, y de la escolta de buques del Programa Mundial de Alimentos hacia Mogadiscio -para ayudar a alimentar a los hambreados somalíes-, la Armada de Canadá tenía un rol de liderazgo por cumplir en una de las crisis en desarrollo en el sistema internacional.
Hoy, no hay ni buques ni marinos canadienses en el Golfo de Adén, donde la piratería amenaza con “coagular” una arteria vital para el comercio en un tiempo de agitación económica global, y donde Somalia amenaza en convertirse en el Afganistán de África. Tampoco hubo presencia naval canadiense en el Mar de Arabia, en el momento en que fuera secuestrado un buque comercial, y usado para transportar terroristas a Bombay y perpetrar un atroz ataque a la capital comercial de la India.
La razón es muy clara: La Armada de Canadá está desfinanciada, y carece de personal y equipamiento. A pesar de su profesionalismo y del respeto del que goza de parte de las armadas aliadas, en su propia casa no se valora lo que podría aportar para la consecución de los objetivos canadienses.
Con su carácter “trióceánico”, profundamente dependiente de la estabilidad y seguridad de las rutas oceánicas a través de las cuales viaja el 90% del comercio mundial, Canadá está obligado a colaborar con la tarea de mantener los mares a seguro de la piratería y el terrorismo. Esto incluye el envío de nuestros viejos cascos grises hacia aguas distantes para actuar como una presencia estabilizadora. Las siluetas de los buques de guerra en el horizonte es suficiente para hacer huir a los piratas en sus embarcaciones hacia sus escondites, y suficiente para hacer que los terroristas lo piensen dos veces.
A cambio de tener buques operando en aguas lejanas a su territorio, Canadá obtiene voz en las deliberaciones sobre las cuestiones del día en Nueva York, Washington y Bruselas. Para una nación del G-7, que comulga libremente con la voluntad americana, contribuir al bien público de la estabilidad global no debería considerarse una opción.
El bien público más esencial en esta era de globalización, es la infraestructura oceánica que permite el libre flujo de bienes comerciales de un país a otro. La estabilidad de las rutas marítimas es, consecuentemente, el elemento fundamental de nuestro orden mundial actual.
Si los políticos canadienses desean insuflar nueva vida a una economía lánguida, y aire fresco en el envenenado ambiente de una Casa de los Comunes dividida, deberían considerar hacer una importante reinversión en la Armada de Canadá, de modo de “matar dos pájaros de un tiro”.
Durante el año pasado, el gobierno pospuso dos importantes proyectos de construcción de buques, el del Buque de Sostén Logístico Conjunto (JSS), y el de los buques de patrullado. Aun cuando la industria local se mostró interesada en satisfacer los requerimientos, en ambos casos las ofertas superaron las previsiones presupuestarias, y el gobierno optó por suspender los proyectos. Los Conservadores habían utilizado al proyecto JSS como la piedra basal de la política de equipamiento de su Primera Estrategia de Defensa del Canadá, hace dos años.
Una de las razones primarias del incumplimiento de las ofertas para el JSS, fue que el precio del acero se había duplicado, lo que el gobierno juzgó como no realista. Sin embargo, las conversaciones entre el Tesoro y el Ministerio de defensa continúan, y el gobierno federal planea convocar a una conferencia de constructores navales próximamente, para ver qué puede hacerse.
Si se alcanzara un acuerdo, quedará por verse si la industria naval logra reunir el personal necesario para concretar una provisión tan compleja. Pocas cosas son tan complicadas como la construcción de un buque de guerra, y la mayor parte de los trabajadores necesarios han dejado Canadá hace tiempo, a raíz de la falta de empleo estable.
Si lo lograran, podría entonces hacerse también posible el reemplazo de la vieja flota de destructores canadienses, y la construcción de una nueva flota de rompehielos en el país.
Tales iniciativas ayudarían a paliar la pérdida de puestos de trabajo en el sector manufacturero, que llegará sin dudas como efecto de la reestructuración del sector de fabricación de autopartes, para adaptarse a las demandas de un mercado en rápido cambio. La inyección de miles de millones en estos particulares proyectos de construcción naval de corto plazo, y el establecimiento de un acuerdo entre partes para mantener un programa continuo de nuevas construcciones a largo plazo, estimularán la economía en lo inmediato y crearán trabajos perdurables para el mañana.
Asegurará también que Canadá continúe detentando las capacidades requeridas para contribuir al mantenimiento de la seguridad global de las rutas marítimas, sobre la que descansa la salud y prosperidad de la economía global. Y ayudará a Canadá a mantener su influencia en el mundo que viene.
Es hora de comenzar a reconstruir nuestra Armada. Ahora.
Por Dr. Patrick Lennox y Dr. Aaron Plamondon, investigadores de la Universidad de Calgary (Canadá).
Traducido por NUESTROMAR de National Post y Maritime News; 08/01/09.
12/01/09
NUESTROMAR
