Balleneros japoneses y ecologistas se acusan de un ataque a sus barcos.
Balleneros japoneses y ecologistas se acusan de un ataque a sus barcos.
Hace meses la guerra entre los ecologistas y los gobiernos fue en el Ártico y ahora el escenario se ha trasladado al Antártico. Primero fueron un grupo de treinta activistas de Greenpeace los que asaltaron una plataforma rusa para denunciar la extracción de petróleo en la reserva helada del norte y ahora los protagonistas son los tripulantes de dos barcos de la asociación Sea Shepherd los que han perseguido a una flota ballenera japonesa en el mar de Ross para evitar la caza de cetáceos. Este último episodio no se saldó con ningún detenido, pero sí con una colisión en alta mar que pudo haber acabado en tragedia y de la que ambas partes se culpan.
En el suceso de ayer, que culminó con nueve horas de enfrentamientos entre una flota ballenera nipona y dos barcos ecologistas, los protagonistas fueron el buque conservacionista Bob Barker y el arponero nipón Yushin Maru. En los vídeos de la batalla naval se aprecia que los navíos conservacionistas siguen al buque factoría japonés, mientras uno de los balleneros les intenta obstaculizar el camino cambiando incluso de curso. En uno de esos lances se produce la colisión. ¿De quién fue la culpa? Ambas partes se echan la responsabilidad encima.

Incidente previsible
«Nunca habíamos tenido un ataque tan despiadado y coordinado salido de la nada como este. Los arponeros entraron duro. Golpearon mi arco con cerca de 300 metros de cable de acero con la intención expresa de causar daño a mi timón y hélices», según denunció el capitán ecologista Peter Hammarstedt a la Oficina de Inspección Naviera de Holanda, quien se refirió a un ataque «no provocado, despiadado y premeditado».
Radicalmente distinta es la versión del Gobierno japonés, que presentó una queja formal al de Holanda, donde está matriculado el barco de Sea Shepherd. El secretario de la administración nipona, Yoshihide Suga, acusó a los conservacionistas de ser responsables de un incidente «imperdonable» y denunció un «acto de sabotaje extremadamente peligroso».
Este incidente entre ecologistas y gobiernos no fue ni el primero ni será el último, aunque el más trágico fue el hundimiento del Rainbow Warrior en 1987, que denunciaba las pruebas nucleares de Francia en Mururoa. Murió un fotógrafo brasileño.
Por R. Romar
04/02/14
LAVOZ DE GALICIA

