Ellos cumplieron el sueño del biólogo: viajar a la Antártida y conocer a las especies vivas que sólo podían ver en los museos.
Ellos cumplieron el sueño del biólogo: viajar a la Antártida y conocer a las especies vivas que sólo podían ver en los museos.
Cuando Mara Schmid puso un pie en la base Marambio, sus colegas la arrojaron al piso y la cubrieron de nieve. Es el bautismo helado de esta bióloga de 30 años que en 2013 cumplió su sueño de vivir tres meses en la Antártida.
En la base Carlini a cada científico que llega a visitar su paisaje blanco, tras cuatro horas de viaje en barco, lo arrojan al mar a dos grados sobre cero. Así la recibieron a Lucrecia Longarzo, zoóloga de 29 años, en 2009, la primera de sus tres campañas. “Salís corriendo directo hacia la ducha caliente”, se ríe: “Está bueno porque la sangre empieza a circular rapidísimo, se te abren los pulmones, es un shock”. En 2002 la base Carlini se llamaba Jubany y las bienvenidas eran otras. A Leopoldo Soibelzon, 45 años, investigador del CONICET, tres campañas antárticas, le prepararon una tumba en donde lo recostaron y lo taparon de nieve. La lápida decía: Leo, neófito, muerte.
Estos biólogos platenses pasaron campañas de entre dos y cuatro meses en el fin del mundo. Soportaron temperaturas de -10ºC a -20ºC, que según como sople el viento se podían convertir en -35ºC, brrrrr, -40ºC. En la Campaña de Verano 2013-2014 el Instituto Antárquico Argentino (IAA) y la Dirección Nacional del Antártico (DNA) llevaron a 1500 personas. 250 eran científicos. Los objetivos: producir conocimiento y ganar soberanía. A cambio de tamaño sacrificio, los profesionales conviven con especies que, hasta el momento, sólo veían en museos.
Sueño cumplido
La Antártida es la Meca de los biólogos. Cuando estaba en tercer año, Mara escuchó a un ayudante de cátedra contar sus anécdotas en el paraíso helado. “¿Se puede ir hasta allá?”, le preguntó, incrédula, y desde entonces ese lugar siempre estuvo en su horizonte.
Lucrecia quedó fascinada por las fotos que le mostró un compañero de facultad. Todo eso era una aventura lejana hasta que se graduó y fue ayudante en el Cepabe, donde estudiaba los parásitos de pingüinos. Un día le preguntaron si quería viajar para buscar las muestras. Ella no tocaba el piso. Le dijeron: “Te pagan”, y seguía sin creerlo: “¡¿Qué?! ¡¿Me pagan por viajar?!” Sí: un suplemento mensual de once mil pesos.
Leopoldo lo soñó desde chiquito, cuando se le despertó la vocación. A los siete años ya dibujaba en su cuaderno de laboratorio. “Toda la vida quise ir. No fui antes porque no es fácil conseguir un proyecto que te una como miembro”, recuerda, y ejemplifica: “Todos queremos ir a Galápagos y bucear con los delfines, o visitar la sabana africana con sus elefantes. Son Mecas, porque es lo que estudiamos. Pero no hay nada más extremo que la Antártida”.
De todos esos sueños, el de estar en el continente blanco es el más irrealizable. Es cierto que se puede ir como turista: 5.000 u$s el crucero, pero sólo se quedan los profesionales con sus asistentes y los militares. El Tratado Antártico firmado en 1959 por los 12 países con bases en el continente, dispone que allí reinarán la paz y la libertad de investigación y cooperación científica. La Antártida es cosa seria.
Entre tanto glaciar, los únicos lugares habitables son las bases y los refugios. Mara pasó toda la campaña en Esperanza. Era como su hogar, y no es para menos: había wi-fi, dos antenas de telefonía móvil y le servían todos los días la comida calentita. “Hay poca verdura porque es enlatada, pero tenés de todo. También podés pedir provisiones y cocinar”, aclara, “varias de las esposas de los militares lo hacían”. Esta es la única base donde el personal de las fuerzas puede ir con sus familias. Por eso hay una escuela para los chicos que viven ahí durante un año como máximo.
Además de esas comodidades, Mara tenía algo básico que Lucrecia y Leopoldo no: un baño. Estos dos científicos realizaron sus estudios en refugios. El de Leopoldo se llamaba Casa de botes y era de cinco metros por diez, dos plantas y capacidad para cuatro gomones y diez personas. Contenía provisiones y dos grupos electrógenos, por si acaso. En la Antártida todo está por duplicado. Para lavar los platos calentaban el agua en la hornalla. La ducha no era necesaria porque con un promedio de -20ºC nadie transpira. Y las necesidades las hacían afuera. El biólogo comenta los últimos desarrollos en esta materia: “Ahora pusimos una carpa sobre una grieta. Antes hacíamos en cualquier lado, y llevábamos una pala para taparlo”.
En Casa de botes convivieron seis hombres que se despertaban a las 7:30 con un solo deseo en común: que sea otro el que se levante y prenda la estufa. Por la noche la temperatura podía bajar de -17 a -30 grados: “Dormía en una bolsa de dormir triple y con gorro. Si se me llegaba a salir, me despertaba del dolor de cabeza”.
Lucrecia reconoce con pudor que nunca fue la primera en levantarse. Para compensar a sus compañeros de refugio, cocinaba pan casero. En su primer viaje se trajo diez kilos más. No pudo quemarlos con los 7 kilómetros que recorría una vez por semana para regresar a la base.
En su última campaña fue la única mujer entre cinco hombres y durante un temporal quedaron encerrados por tres días. El aislamiento y el frío antártico pueden confundir al corazón solitario, pero ella siempre tuvo las cosas claras: “Estuve cuatro meses sin depilarme ni maquillarme, la nieve me resecó el pelo, no filtraba nada de lo que decía, era como uno más”.
Sea cual fuera la base en la que se encuentren, hay una tradición que une a toda la comunidad antártica argentina: los sábados de pizzas. Faltar es una afrenta. La estrella indiscutida: la cerveza. Lucrecia recuerda el mercado paralelo que se generaba en torno a esa bebida: “Los extranjeros que llegaban podían traer algunas, entonces ahí negociábamos: yo te doy tres chocolates, vos me das una latita”. Es que en las bases suele haber vino y lo reservan para ocasiones especiales.
Al igual que en cualquier latitud del planeta, el sábado a la noche es el momento para relajar, escuchar música y ¿bailar? “Y… depende, si somos 50 hombres y tres mujeres es un poco difícil que se arme baile”, se lamenta Leopoldo.
La inversión que sostiene todo
Los científicos que van de campaña forman parte de un proyecto principal, pero además reciben una lista de encargos para otros colegas. El IAA y la DNA destinan por año 40 millones de dólares en logística y 120 millones de pesos para ciencia antárquica. Con semejante inversión, hay que sacarle el jugo a su estadía.
Mara estudió de septiembre a diciembre las colonias de pingüinos de Adelia y Papúa. Lucrecia hizo lo mismo, en 2010 y 2011, pero en Carlini. Ambas formaron parte del Monitoreo del Ecosistema Antártico que se realiza desde hace 20 años, impulsado en gran medida por el biólogo platense Alejandro Carlini. Tras su fallecimiento en 2010, rebautizaron la base Jubany. De las seis bases permanentes y de las siete temporarias, es la primera con el nombre de un científico.
El monitoreo permite ver la evolución de las especies y detectar cambios climáticos globales. Para seguir a los pingüinos hay que salir a diario. En el campo, Mara soportó ráfagas de 20 km/h y temperaturas de -25ºC. A Lucrecia se le sumaba otro fenómeno: “Todas las semanas había lluvia, lloviznas y aguanieve. El sol salió una sola vez”.
Leopoldo viaja con proyecto propio, es jefe de grupo en una investigación que intenta explicar por qué cientos de focas mueren en el mismo lugar, año tras año, desde hace dos siglos. Un fenómeno extraño que afecta sobre todo a las hembras, casi siempre embarazadas.
Para hacer su trabajo el biólogo sale en sexticiclo, en grupos de a cuatro o de a seis. La idea es volver antes de que anochezca, pero siempre van pertrechados: “En los trineos llevamos provisiones para 10 días, dos carpas, bolsas de dormir, equipos de radio, combustible y repuestos. Si baja la temperatura de -8ºC a -50ºC hay que estar preparados. La Antártida no es chiste”.
Lograr los objetivos de campaña no es difícil, aunque todos saben que la última palabra la tiene el clima, el mismo factor que golpea duro a la vuelta. Mara y Leopoldo tardaron una semana en adaptarse al calor húmedo platense. A Lucrecia le llevó dos meses recuperarse del todo.
A pesar de haber soportado las demoras en los vuelos, las temperaturas debajo de los 30ºC, vientos de hasta 100 km/h, y tardar tanto en recuperarse, ante la pregunta: ¿volverían? Estos científicos no dudan: Lucrecia “Si no estuviera embarazada de mellizas, sí”. Mara y Leopoldo: “Este año”. Después de todo, el sacrificio es lo de menos cuando uno encuentra su lugar en el mundo. Por LAURA AGOSTINELLI (Quilmes Presente)
05/05/14

