Bandera nacional, capítulo 2

La Argentina marítima y portuaria (incluso naval) acostumbró a sus empresarios a una política sistemática de discursos vacíos de contenido, a una atmósfera sempiterna de anuncios. Se habla en exceso. Pasan los años. Y cualquier acción concreta está condenada a la insignificancia por la abrumadora carga del Debe. Nunca será suficiente porque nunca se hizo tan poco para contrarrestar los déficit en planificación sectorial.

La Argentina marítima y portuaria (incluso naval) acostumbró a sus empresarios a una política sistemática de discursos vacíos de contenido, a una atmósfera sempiterna de anuncios. Se habla en exceso. Pasan los años. Y cualquier acción concreta está condenada a la insignificancia por la abrumadora carga del Debe. Nunca será suficiente porque nunca se hizo tan poco para contrarrestar los déficit en planificación sectorial.Este clima marcó a fuego los juicios de valor de los empresarios del sector. Se generó una sintomatología similar a los reflejos estudiados por Pavlov: acción-reacción. Los prejuicios están más que justificados. Ejemplo: por años, una práctica sindical de hecho imperó a sus anchas, condicionando un servicio público impropio como el remolque en defensa de los derechos de los trabajadores del mundo.


La ausencia total y negligente de las autoridades caló hondo entre los damnificados, y el acto reflejo es atacar la práctica sindical.


Curioso: es el Estado quien debe velar por derechos y garantías, ser premiado o castigado por su eficiencia y probidad. Pero cuando el Estado “libera”, lo que logra es zafarse y transferir toda la carga de la responsabilidad. Cuestionada y repudiada la práctica sindical, el Estado queda en segundo plano. Debería estar en primer plano.


En esta línea, el ambiente naviero se revolucionó con un hecho que parecía preanunciar la legitimación de los métodos de presión. De nuevo, toda una reacción en cadena a priori. Acto reflejo ante tanto resignarse y ceder. En estos días, nacerá Abadía del Mar, una UTE conformada por Omar Suárez, titular del SOMU, y el empresario naviero y naval Ricardo Gastón Cazou.


Movidos por los antecedentes y entronizados los preconceptos, varios protagonistas precipitaron el rechazo. “Ya está, le abren el negocio a Suárez, va a hacer lo que quiera”, advirtieron cuando trascendió el acuerdo. La voz del río decía que Suárez pretendía ingresar en el agenciamiento, y apuntaba hasta un 20% del flete de granos. ¿Por qué pensar que no se repetirían prácticas desleales?


Se desató una presión que forzó una reunión con Cazou y ejecutivos “tramps” (buques no regulares) dedicados a este negocio. “Competir, sí. Pero, ¿compartir?”, dudaban. Compartir refiere a una práctica consensuada, cuasi cartelizada. Cazou, con su bagaje profesional a cuestas, enfrentaba la suspicacia que lo colocaba como vehículo propiciatorio de la intervención. Cazou debió serenar a sus pares y abrir un paraguas sólo porque en algún momento es probable que llueva. Probablemente, él no buscó el sayo. La estrategia de unirse a un empresario ya había sido tanteada por Suárez. Ahora, Cazou tiene la carga de representar las garantías que el sector no consigue en ningún lado. Tal vez el sayo lo buscó a él.


Por Emiliano Galli


04/12/12


LA NACION

1 comentario en “Bandera nacional, capítulo 2”

  1. F.OD.I.N

    esta es la solucion para el tranporte por agua y la industria naval , de esta manera se regula la actividad , todos contentos pero ojo con los vivos que quieran hacer negocios y no contruir en el pais y chartear a casco desnudo . las grandes multinacionales se quedan con nuestras ganancias y el trabajo de muchos argentinos.

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