Se cumplieron, el pasado 22 de febrero, 111 años de presencia sin interrupciones de la Argentina en la Antártida y no es intención de esta columna que aniversarios tan significativos pasen desapercibidos. La importancia que las autoridades nacionales le brindaron a esos espacios tan distantes conoció mejores épocas. Por eso, corresponde a los humildes sitiales periodísticos poner de relieve la trascendencia que debería adquirir para el gobierno contar con una política antártica.
Se cumplieron, el pasado 22 de febrero, 111 años de presencia sin interrupciones de la Argentina en la Antártida y no es intención de esta columna que aniversarios tan significativos pasen desapercibidos. La importancia que las autoridades nacionales le brindaron a esos espacios tan distantes conoció mejores épocas. Por eso, corresponde a los humildes sitiales periodísticos poner de relieve la trascendencia que debería adquirir para el gobierno contar con una política antártica.
Hay que recordar que los reclamos sobre soberanía en la Antártida están congelados desde que se celebró el Tratado Antártico, que instaló un régimen jurídico especial al sur de los 60 grados de latitud sur. El sector nacional se extiende desde ese paralelo hasta el polo y está comprendido por los meridianos de 25 y 74 grados de longitud occidental. La inmensa área pasó a formar parte del Territorio Nacional de Tierra del Fuego desde 1957 y en la actualidad integra esa provincia, cuyo gobierno debe nombrar todos los años un delegado para la región.
El recuento histórico arroja que cazadores criollos de focas se aventuraban en aquellos confines, ya a comienzos del siglo XIX. Los buques partían desde el puerto de Buenos Aires para aventurarse hacia las lejanas Shetland del Sur, denominación que impusieron los británicos. Como el interés de los navegantes rioplatenses era otro, se abstuvieron de proclamar descubrimientos o de reclamar para las Provincias Unidas del Río de la Plata jurisdicción territorial sobre el lejano sur. Por eso, fueron otros los que pasaron a la historia como descubridores de archipiélagos que en rigor, ya figuraban en determinadas cartas náuticas.
Sobre fines del siglo XIX y a principios del XX, fueron varias las expediciones europeas que resultaron auxiliadas por marinos argentinos. Como consecuencia de aquellas incursiones, inclusive los extranjeros designan a determinados accidentes geográficos con nombres “nuestros”, como isla Uruguay (por la corbeta del mismo nombre), las islas Argentinas y Quintana, entre otras.
Pero fue el 22 de febrero de 1904 cuando se inició la presencia permanente de la Argentina en la Antártida. En aquella jornada veraniega, se izó el pabellón nacional en las islas Orcadas. Hay que destacar que por cuatro décadas, el nuestro fue el único país que mantuvo presencia permanente en esas latitudes.
Para el argumento argentino, es el mejor aval que se pueda presentar para justificar el reclamo de soberanía. Entonces, se contabiliza más de un siglo de actividades nacionales, de índoles científicas y administrativas.
En términos jurídicos, hay que decir que por disposición del Poder Ejecutivo, se estableció en 1904 el Observatorio Meteorológico Antártico Argentino. Otro decreto resolvió la creación del Instituto Antártico Argentino, ya en 1951. Más tarde se fijaron los límites del sector nacional y en 1969 se creó la Dirección Nacional del Antártico. Cabe tener presente además que desde la vigencia del Tratado Antártico, los sucesivos gobiernos adoptaron todas las recomendaciones que surgieron en el marco de las reuniones consultivas.
Para justificar sus pretensiones, el país esgrime como títulos la continuidad geográfica y geológica que existe entre la Antártida y la porción continental del territorio argentino. También menciona la herencia de la jurisdicción española al producirse la emancipación y la presencia de buques cazadores de focas en la región desde 1810 en adelante. Pero el argumento de más peso es el que mencionábamos párrafos atrás, es decir, la presencia del Observatorio
Meteorológico y Magnético de las Orcadas del Sur, desde 1904. Luego se instalaron y mantuvieron otras bases, tanto permanentes como temporarias. En definitiva, nadie puede soslayar la presencia nacional en la península antártica e islas adyacentes, como tampoco en la barrera de hielo. Además, hay numerosos refugios en diversas localizaciones del sector.
Con momentos de mayor desarrollo y otros de menor intensidad, la Argentina jamás interrumpió su gestión en la Antártida, a través de trabajos de exploración, estudios científicos y cartográficos. Además, instituciones nacionales instalaron y mantienen faros y otros dispositivos que ayudan a la navegación. Por otro lado, desde los tiempos de la legendaria corbeta “Uruguay”, se desarrollan en todo el área tareas de rescate, de las que se beneficiaron inclusive expedicionarios ingleses.
Al polo sur viajaron alternativamente aviones de la Armada de la República Argentina y de la Fuerza Aérea. También llegaron hasta allí expediciones del Ejército. En 1969, una patrulla de la aviación nacional construyó la primera pista de aterrizaje sobre el continente antártico propiamente dicho, instalación que permitió la operación de aviones de gran porte. En octubre de ese mismo año, se fundó la Base Aérea Vicecomodoro Marambio, bastión argentino en las latitudes más hostiles del planeta. En la actualidad, además se cuenta con las siguientes bases permanentes: Orcadas, Jubany, Esperanza, San Martín y Belgrano II. Otras siete instalaciones están ocupadas en forma temporaria.
En los últimos tiempos, no llegan buenas noticias desde la Antártida. No sólo de la porción que la Argentina pretende, sino de toda su dimensión. Las inmensas extensiones de hielo se reducen y el mar llega a lugares donde años atrás, sólo se encontraban inmensos campos blancos. El calentamiento global, que durante tanto tiempo las potencias se negaron a admitir, se hace notar en el continente helado. No sabemos si en algún otro lugar del mundo existen ambientes naturales prácticamente prístinos, como en la Antártida. Pero sí que su preservación es primordial.
No mucho tiempo atrás se produjo por primera vez el deshielo del Círculo Polar Ártico en toda su extensión, hecho que en sí mismo es una catástrofe climática pero para las grandes potencias, apareció como una nueva oportunidad de practicar negocios. Es que al quedar expedita su navegación, se acortan rutas comerciales de manera sustancial, aunque sea durante algunos meses. Por otro lado, también es posible acceder a reservas de hidrocarburos que durante milenios, yacieron por debajo de los hielos eternos. Es menester tomar precauciones para que idéntica carrera no se lance sobre la Antártida, ya que todo indica que el calentamiento global hará mella de idéntica manera sobre ese espacio lejano y argentino. (El Cordillerano)
24/02/15
